Escrito por: Raúl Legnani

Me contaron, esos viejos bolches que las saben todas, que Carlos Marx estuvo de visita por Montevideo. Dicen que llevaba una libretita, donde iba haciendo apuntes.
El viejo, siempre atento a los porfiados hechos, trataba de analizar cada detalle de la realidad social y preguntaba cómo funcionaba la economía.
Preguntó aquí, preguntó allá y en su recorrido comenzó a sentir que había nuevos elementos para su análisis. Fue así que entendió que dentro de la subjetividad de esta sociedad, en este país del sur, se presentaban nuevos fenómenos sociales.
Uno de esos viejos bolches le contó a Marx, mientras se acariciaba su barba y Federico Engels le cebaba el mate, una anécdota ocurrida en un barrio del Cerro, casi a los pies de La Fortaleza, donde el camino que lleva y te trae es de piedra, de pura roca.
“Mire don Carlos, hay fenómenos nuevos en esta sociedad, que usted no los tuvo en cuenta en El Capital”, dijo el hombre al veterano alemán, quien hizo gestos de que su interlocutor siguiera.
Fue así que le contó sobre la experiencia de una mujer, de unos 50 años y votante colorada, que solicitó integrar al Plan de Emergencia, pero no pudo hacerlo. “Eso la molestó y mire que la doña es brava”, le dijo a Marx, quien casi se quema con el mate. “¿Qué pasó?”, preguntó don Carlos, quien no le sacaba los ojos a los pan con grasa.
A la señora no le correspondía los beneficios del plan, porque si bien estaba desocupada, su marido tenía sus changas y la casa era de buen aspecto.
Una funcionaria del Mides fue clarita cuando la encaró: “Señora, a usted no le corresponde acogerse el Plan de Emergencia, pero si quiere puede aprender un oficio y después desde el Estado se le va a ayudar a conseguir trabajo”.
La mujer aceptó el reto, fue a una dependencia del Estado que es un conjunto de letras que conforman una sigla y que nadie se acuerda como ordenarlas, de donde salió titulada como “soldadora”.
A los pocos días la señora consiguió trabajo y como de tonta no tiene nada, logró que su esposo ingresara al mismo lugar de trabajo. En pocos días la vida de la pareja cambió.
Las “brujas” del barrio, que son en su mayoría frenteamplistas, fueron a felicitar a la señora y a darle sugerencias. “Tenés que afiliarte al Sunca, porque eso te va a dar beneficios y protección”, le dijeron a coro, como si fueran la hinchada de Rampla Juniors.
La mujer las miró, dio dos pasos atrás, pasó su mano izquierda por el cabello, y les zampó en la cara: “En un sindicato, jamás”. Ante tremenda reacción las “brujas” no entendían nada, mucho menos el viejo Marx quien trataba de recordar de memoria el Manifiesto Comunista, mientras Engels revisaba el trabajo sobre la propiedad privada, la familia y el Estado, sin encontrar respuesta.
“Mire, don Carlos, esto no es común ¿usted no tendrá una explicación?, preguntó el viejo comunista. “Ni idea”, dijo Marx muy suavecito para que nadie lo escuchara. Pero igual atinó a preguntar: ¿Y la agraciada mujer, no dijo más nada?”.
Un veterano del frigorífico agregó: “La mujer dijo que los sindicatos hacen paros contra Tabaré y que ahora ella está con Tabaré”.
Marx, miró a Engels, le pidió otro pan con grasa, a la vez que le proponía extender las vacaciones en Montevideo para entrevistarse con la ministra Marina Arismendi, hija de un viejo conocido de don Carlos.
“Los esquemas se nos han caído, don Carlos”, fueron las únicas palabras que pronunció el Fede al finalizar la conversación. Por su parte Marx, quien ya estaba desesperado por una cerveza, solo atinó a decirles: “A la señora solo habrá que expresarle felicitaciones porque consiguió trabajo y a la vez bienvenida a la lucha de clases”.
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