Gracias por el Fuego
Julio es un tipo especial, distinto, de los que creen en el laburo. Es el mozo del bar Las Flores, donde nos soporta en cualquier circunstancia. En las buenas y en las malas. Sabe leer nuestra mirada. Nos interpreta el corazón, cosa que no es común entre los mortales, aunque debería serlo.
«En Nochebuena y Navidad el asentamiento fue fuego, aquí y allá, en todos los rincones, las parrillas brillaban en la noche», me dijo, sin sentarse a la mesa, aunque apoyaba sobre ella las dos manos, mientras me miraba a los ojos. Me estaba diciendo que en el asentamiento de Pando, que es su hogar, todos habían tenido la oportunidad de tirar un pedazo de carne sobre el fuego.
«Hace cuatro años –agrega Julio–, en mi casa cocinábamos para los vecinos que no tenían que comer, ahora no hay un solo vecino que no tenga trabajo, aunque sea malo o bueno».
Las palabras de Julio, un personaje que tiene fe desbordada en su futuro –posee mucha más fe que quien escribe–, mostraron que hay un Uruguay que camina, que anda, que busca rumbos con dificultades y que siente, por primera vez, que hay un gobierno que los tiene en cuenta.
Claro que no alcanza con los fuegos de las festividades, que se consumen en una noche, porque lo que importa es que sus muchachos puedan estudiar y que después de los estudios tengan un lugar en la sociedad, para poder construir las obras colectivas e individuales.
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