Un militar de vertiginosa carrera, con fuertes ambiciones políticas

Gregorio Conrado Alvarez Armelino cumplirá 82 años el 26 de noviembre. Alcanzó el generalato en 1971, con apenas 45 años, luego de una veloz carrera militar en la que a los 19 era alférez, a los 29 capitán, a los 33 mayor y a los 39 coronel. Asumió como jefe del Ejército a los 53 años.

Nacido en una familia de intensa tradición militar, su padre fue el general Gregorio Alvarez Lezama, quien se desempeñó como edecán del dictador Gabriel Terra. Sus tres hermanos varones siguieron la carrera castrense y alcanzaron el grado de coronel.

A lo largo de toda su vida estuvo vinculado a la represión. En 1971, Jorge Pacheco Areco lo nombró jefe del Estado Mayor Conjunto (Esmaco), desde donde controló al Servicio de Información de Defensa (SID).

Desde que ascendió a general y en los 13 años en los que ejerció puestos de mando, se registraron al menos 142 desapariciones, 30 ejecuciones, 26 muertes en la vía pública, 31 muertes por tortura y 10 «suicidios» en prisión, además de un caso de muerte por omisión de asistencia médica.

Desde la División de Ejército I Alvarez tuvo una activa participación en la gestación del golpe de Estado del 27 de junio de 1973. También fue jefe del Organismo Coordinador de Operaciones Antisubversivas (OCOA).

En 1975 Alvarez presidió la Comisión de Asuntos Políticos (Comaspo) de las Fuerzas Armadas, que planificó el «cronograma» que establecía el plebiscito de una reforma constitucional, elecciones internas y llamado a elecciones.

Esa posibilidad de salida democrática generó serios conflictos en la interna militar. Desde la revista clandestina «El Talero», impulsada por el general Amaury Prantl y el coronel José Nino Gavazzo, se lo acusó de traición a la patria y corrupción económica.

El 1º de febrero de 1978, al momento de asumir el cargo de jefe de la fuerza de tierra en remplazo de Julio César Vadora, el «Goyo» se encontraba al frente de la División de Ejército IV, con asiento en Lavalleja, dependencia que quedó bajo la responsabilidad de su amigo Abdón Raymúndez.

Luego de su período como jefe del Ejército, Alvarez pasó a retiro. Recién dos años más tarde, el 1º de setiembre de 1981, luego de una intensa negociación interna del proceso «cívico-militar», asumió como presidente de la República hasta 1985.

Durante su gobierno hubo otras tres desapariciones, seis muertes en prisión y otros tantos «suicidados», además de la muerte por torturas del médico Vladimir Roslik en San Javier, que se sumaron a la extensa lista de violaciones a los derechos humanos que se sucedieron desde 1973.

Gregorio Alvarez le entregó el gobierno el 12 de febrero de 1985 al presidente de la Suprema Corte de Justicia, Bruno Addiego, porque el mandatario electo, Julio María Sanguinetti, no aceptó recibir la banda presidencial de manos del dictador.

Si bien Alvarez se jubiló como «patrón de pastoreo», al momento de computar sus ingresos para el cálculo de su pensión incluyó las remuneraciones percibidas como general y como presidente de la República, a lo que se sumó el enriquecimiento ilícito durante la poco transparente «Operación Conserva».

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