Con el grado de teniente se recibió en la Fuerza Aérea la primera mujer instructora
Natali Bonifacini Fatalini ostenta el grado de teniente 2ª del arma del aire y es la primera instructora de vuelos militares del Uruguay y de los países de la región. No hay ni aquí ni allá, antecesoras en la materia.
Es además joven y atractiva. Tiene 25 años y lleva tres de casada. Vive con su marido –que también es militar– en una vivienda que le concede la misma Fuerza Aérea y que por ella paga tres mil pesos al mes por concepto de alquiler.
«Es una casa como para empezar y con mi marido esperamos más adelante comprarnos una a través del Banco Hipotecario… no sé», dijo.
No tiene hijos y tampoco apuro para ello, aunque sueña más adelante con criar varios.
Como se sabe, nació en el año 1982, en las ya postrimerías de la dictadura militar. Fue en Montevideo en una casa ubicada en la intersección de las avenidas Instrucciones y Belloni, «y por haber nacido en eso año sé muy poco y casi nada de lo pasado en aquellos tiempos. En lo personal, prefiero no hablar de ese tema», dijo la instructora con una sonrisa casi cómplice al ser consultada acerca de la información que podría manejar de los años de la dictadura uruguaya y del papel que jugó en aquel período la fuerza militar que hoy integra ella.
«Claro que nos informamos y en algunas oportunidades hablamos entre nosotros de lo que pasó en esos años. Pero de política (sic) prefiero no hablar», subrayó. Listo, suficiente para mí.
Nuestra intención de entrevistarla pareció que fue una sorpresa, tanto para ella como para los comandantes de la Escuela Militar de Aeronáutica, cuyo titular es el teniente coronel (av.) Alejandro Arocena. Se llegó a creer en principio de que estábamos allí para recabar información sobre la masiva presencia de visitantes a esa escuela en el recientemente pasado Día del Patrimonio o por el período de inscripciones (ver recuadro) que está en curso.
Nada de eso. La primera instructora militar de vuelos era nuestro objetivo.
Nos recibió con la clásica indumentaria camuflada y con dos casi imperceptibles estrellas que lucían a manera de caravanas, cada una en su lóbulo, como único elemento femenino y que llegaban, con mucho esfuerzo, a diferenciarla del resto de la tropa mayormente conformada por hombres.
–¿Sos consciente de que vas a ser recordada como la primera mujer militar en la instrucción de vuelo que tuvo el país y la región?
–Sí. Pero es más que nada una responsabilidad. Así como las primeras mujeres que ingresaron a la Fuerza Aérea nos abrieron el camino para las que vinimos después para que todo nos fuera más fácil y no existieran tantos rechazos. Creo que entre nosotros ya es algo natural sobre la presencia de mujeres en la Fuerza Aérea.
–¿No hubo discriminación de tus compañeros hacia vos por el hecho de ser mujer?
–(duda)… no… estamos diciendo que en 1997 ingresó la primera mujer a esta Fuerza. Entonces como que la escuela está más adaptada a la presencia de efectivos femeninos.
(Aquí la entrevista se interrumpió brevemente debido a una llamada que ella recibió. El ringtone del móvil casi obliga inmediatamente a atenderlo. Tiene el sonido monocorde cargado de suspenso usado en la película Psicosis de Alfred Hitchcock, aquella que sobreviene cuando una mano con puñal irrumpe en la bañera de una inminente víctima).
–¿En qué año ingresaste a la Escuela Militar de Aeronáutica?
-En el año 2000 y el curso teórico y práctico lo hice a fines del año pasado. Para ser instructora debo tener, además, un mínimo de 450 horas de vuelo. Es la experiencia imprescindible para enseñar.
–¿Qué cosas advierte el piloto militar que no nota el piloto civil? ¿Cuáles son las diferencias?
–Nosotros tenemos una misión distinta. Para mí, como instructora, lo más importante es que el alumno aprenda, ver reflejado en él lo que le enseño. El piloto de línea o civil tiene como meta llegar a destino y transportar pasajeros sanos y salvos.
Es lo mismo, pero hacemos cosas distintas… tenemos metas diferentes.
–Sospecho que debe haber muchas limitaciones presupuestales para los entrenamientos ¿no es cierto?
–Ahora estamos un poco mejor. En los años de la crisis fue muy difícil. Lo importante es estar profesionalmente preparado en tierra y después mantenerse entrenado y habilitado.
–Vos sos muy joven y seguramente recordarás poco de lo ocurrido en Uruguay durante los años de la dictadura militar, cuando, entre otros, la Fuerza Aérea tuvo un papel protagónico.
–Mirá… yo nací en 1982 y lo que pasó, pasó. Yo pienso más que nada en mi futuro y en mi carrera.
–¿Sabés que todavía hay heridas que no se han cerrado sobre lo sucedido?
–Sí, lo vemos todos los días. En mi opinión, prefiero callar sobre esos temas. Claro que tenemos referencias de lo ocurrido pero de eso, de política, prefiero no hablar
–¿Cómo estamos comparativamente en la región en materia de infraestructura aérea?
–Los que están afincados en la base aérea número 2, en Durazno, hacen mucha labor en conjunto con tropas de la región. Nosotros no. Si bien no tenemos todos los medios, profesionalmente estamos muy bien capacitados con el resto de las fuerzas de la zona. Eso se nota cuando hacemos maniobras en conjunto con argentinos o brasileños.
–¿ El adiestramiento que recibiste vos como mujer es idéntico al que reciben los hombres?
–No. Hay diferencias en la parte física, como por ejemplo cuando hacemos abdominales, barras… no sé… En cuanto a los horarios de vuelo y lo teórico, ahí no hay diferencias.
–¿Qué aspirás a ser en el futuro, en tu carrera?
–Mirá, recién acabo de cumplir con el deseo de ser instructora de cadetes. Eso es lo mejor para mí. Para el futuro … (duda)… tener familia… pero ahora, ser instructora y enseñar a los cadetes. En esto, tengo para años.
–¿Por qué elegiste esta fuerza y no la Naval o el Ejército?
–Creo que dentro de las Fuerzas Armadas el vuelo es lo que más nos llama. Está bueno esto.
No me gusta el mar… me gusta el vuelo.
–¿No es más riesgoso volar?
–(Se ríe)… no… claro, al avión no podemos atarlo con alambre, pero, está, es lo único riesgoso que tiene.
–¿Provenís de familia de militares?
–No. Soy la primera en esto. Yo ingresé al Liceo Militar a los 14 años. Allí hice los tres años y se me despertó el deseo de volar.
–Claro, no te pasó como a algunos que dicen «cuando chico jugaba con avioncitos y por eso»…
–(Se vuelve a reír) No, para nada. Cuando estás en vuelo, te das cuenta de lo que sos capaz de hacer.
A pesar del uniforme camuflado, de las botas, del andar, del gorro y del arma, la teniente Bonifacino es tímida. «Menos mal que ustedes no son de un canal de televisión», dijo al confesar tener reparos en salir en cámara, aunque al advertir al fotógrafo del diario preguntó: «¿Me van a hacer fotoshop?».
Del lugar donde se hizo la nota hasta donde están los hangares con los aviones hay una distancia de unos 50 metros. El predio de la Escuela es enorme. Además de la pista de aterrizaje, allí «descansan» unos 12 aviones italianos de instrucción, traídos a Uruguay en el año 2000 y pintados con colores blanco y naranja que los identifican exclusivamente para esa tarea.
La primera mujer instructora de vuelo militar llamó a un cadete para que la acompañara en algunas tomas fotográficas. Para eso, ambos
se cambiaron el clásico camuflado por el uniforme correspondiente de vuelo, algo que únicamente advierten los ojos adiestrados.
En ese centro de adiestramiento convive casi un centenar de alumnos, aunque a la hora del reportaje no se vio a ninguno de ellos fuera de clase. Sólo se escuchaban algunos motores de aviones o el canto de algún pájaro.
Los cadetes tienen un régimen de clases que va de lunes a viernes de 9 a 18 horas. Luego de las seis de la tarde y hasta las 21, los cadetes pueden dedicarse a lo que se les plazca. «Antes no era así. Antes los alumnos tenían tareas asignadas como por ejemplo, gimnasia, lectura… ahora no. Hasta las 21.00 horas pueden hacer lo que quieran», dijo la instructora, aunque salir del establecimiento está restringido a obligaciones como cumpleaños, visitas a parientes enfermos, etc.
El estricto rigor castrense no impidió que nos retiráramos de la Escuela de Aeronáutica con un efusivo saludo de sus responsables. «Estamos a sus órdenes» y «vuelvan cuando quieran», eran las frases más esgrimidas por parte de los militares.
El tiempo allí pasó volando. Quizá fuera el lugar. *
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