Interesantes reflexiones de otros llevan a preguntarnos cuál es la dirección del viento

¿Las capas medias dejaron de ser aliadas fundamentales de la izquierda?

Las palabras de Botinelli no son muy distintas a las que hemos venido sosteniendo desde hace semanas, aunque ellas ­las del politólogo­ puedan ser una mejor síntesis. El pasado 5 de agosto, por ejemplo, señalamos que «si las capas medias se caen la fractura social va a ser más grande y el abismo entre ricos y pobres puede ser aún mayor». Y agregamos: «¿Se previó el impacto de la reforma tributaria en las capas medias bajas? ¿Se tuvo en cuenta que esas capas son históricamente votantes del Frente Amplio? ¿Esas capas no eran hasta hace poco las que estaban consumiendo y con ello reactivando el mercado interno? La emigración no afloja. Se van los muchachos que tienen plata para pagarse el pasaje y con cierto grado de preparación. Los ultra pobres se quedan viviendo en su submundo de violencia, drogas y carencias de todo tipo». Mientras «los grandes grupos empresariales siguen apostando solo a su propia suerte».

 

¿Cambiaron los apoyos sociales?

El FA nació por la confluencia de partidos de izquierda y progresistas, pero también por la alianza de la clase obrera, asalariados de la ciudad y del campo, capas medias de la enseñanza y de la Universidad, al caracterizar lo que era el bloque del cambio social, para utilizar una terminología actual.

Fue esta concepción del cambio la que finalmente triunfó, concepción que además tuvo en cuenta la pluralidad ideológica y filosófica. No hubo lugar para los Chueco Maciel y no lo hubo porque se le cerraran las puertas, sino que como sector social no estaba objetivamente en condiciones de participar del sistema de alianzas y mucho menos «vanguardizarlo».

Un ejemplo es el subcomandante Marcos y su movimiento de Chiapas, que no logra, porque no se lo propone o porque no puede proponérselo, establecer alianzas con la clase obrera, el campesinado organizado y las capas medias ilustradas, comprometidas con el cambio y termina no influyendo en las decisiones políticas de ese país.

En el caso del Uruguay que dramáticamente surge insultante después de la crisis de 2002, no hay ningún elemento para pensar que la alianza de clases definida en 1971 deba ser cambiada sustancialmente. Eso no quiere decir que el gobierno progresista y la fuerza política no prioricen la inclusión de los sectores que quedaron fuera de la economía formal.

Desde el marxismo uruguayo (Arismendi o Trías) nunca se habló de clase media, sino de capas, entendiendo que sus diferentes estratos tienen comportamientos culturales, ideológicos y políticos diferentes: hay momentos que se radicalizan, hay circunstancias que se vuelven muy conservadoras. Por eso es justo reconocer que con el transcurso del tiempo y de las diferentes crisis sufridas por la sociedad ­neoliberalismo mediante­ esas capas hayan podido sufrir cambios en su comportamiento, pero no hay elementos suficientes para decir que han sido sustanciales. Electoralmente se mantuvieron fieles a la izquierda, desde 1971, en un porcentaje muy importante. Ser universitario, médico, maestro, estudiante, profesor o bancario era y es sinónimo de izquierda. En cambio el Partido Colorado comenzó a perder cuando votó, en 1958, contra la Ley Orgánica de la Universidad.

En el reciente conflicto con los anestesistas, movimiento con fuertes actitudes corporativas, tampoco se puede desconocer que hubo un lenguaje oficial que por momentos pareció englobar a otros sectores médicos. A todo ser que se paseara con una túnica y un estetoscopio, muchos sentían que se les gritaba: «Ahí va un corporativista».

Por momentos quedó la sensación de que quien logró un buen pasar económico gracias a sus estudios y al apoyo tributario de la sociedad, que invierte sus ganancias en campos pero no las saca del país, se transformó en un demonio egoísta, más carente de solidaridad que los dueños de la industria frigorífica, los grandes cabañeros y terratenientes o la banca financiera trasnacional.

Ahora el gobierno va a un nuevo choque con las capas medias, esta vez las vinculadas a la enseñanza. De ellas no se podrá decir que compraron terrenos o que viajan dos veces al año a Europa y Estados Unidos, porque en su gran mayoría no pagan IRPF o pagan poco. No van ni al Parque Rodó para subirse al gusano loco.

Quizás algunos o muchos de esos planteos de la enseñanza deberían ser revisados o ajustados a la nueva época, pero lo que no se puede hacer es revisar sin dialogar, sin persuadir, y sin intentar convencer a tiempo, antes que la bronca se desate. Reconociendo que el borrador de la reforma es un avance histórico, no se puede negar que a los estudiantes y docentes les molesta conocer los pasos del gobierno por trascendidos de prensa y no en forma directa.

Si no hay una política para los actores de la educación el desánimo puede generar faltas de empatía entre la sensibilidad vareliana y el pensamiento progresista, en el que José Pedro Varela es parte sustancial de la propuesta del cambio.

Se va a decir que a la enseñanza se le ha dado mucho y que las prioridades están en atender a los marginados. Las dos cosas son verdad, pero esos uruguayos que están en situación de indigencia no tienen futuro si no se mejora la enseñanza, si no retenemos en el país a los muchachos más capacitados que son los que van a abrir espacios, entre otros, para los que resultaron más perjudicados por los gobiernos neoliberales.

Preocuparse y actuar a favor de los más humildes no debe llevar a favorecer situaciones que terminen abriendo llagas entre el gobierno, la izquierda, la clase obrera y los diferentes estratos de las capas medias. Si el progresismo no repite en el gobierno, los más humildes van perder todas las esperanzas o buscarán acuerdos «planchas» para poder sobrevivir, como hicieron con el pachequismo y el peronismo.

Es de esperar que se analice el tema de la crisis de la Caja Bancaria, donde ya aparecen voces oficiales diciendo que hay que enfrentar al corporativismo bancario, olvidándose del papel de AEBU en la resistencia de la dictadura, en la solución de la crisis financiera de 2002 y que, a diferencia de las corporaciones, está en el PIT-CNT, tiene un programa de soluciones para el país, y ha sido nutriente fundamental del progresismo. Sobre la crisis de 2002 acaba de escribir el dirigente de AEBU Juan Pedro Ciganda, quien reclama subrayar «el rol de los trabajadores bancarios y su sindicato, la capacidad de articulación» del sindicato bancario, que enfrentó «los criterios de los técnicos del FMI que recomendaban el default y algo muy parecido a la desaparición del Banco de la República». (**)

En una sociedad desestructurada, con graves llagas sociales como la nuestra, no es sencillo mantener el equilibrio entre la atención a las capas medias y a los más humildes. El asunto es saber si hay un cambio o no en la estructura de las alianzas de clases y capas que sostienen al gobierno. Si lo hay, es necesario conocer si es consciente y elaborado o solo está influido por lo complejo que es tocar los intereses de las clases altas. Todo esto vale la pena discutirlo, de forma abierta y sin prejuicios. Para saber cuál es la orientación del viento. *

(*) Publicado en El Observador el domingo 1º octubre.(**) Libro «Sin desencillar…y hasta que aclare», de Juan Pedro Ciganda, Ediciones Cauce, de reciente aparición.

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