Larrañaga y Heber se oponen a una concertación tradicional, por miedo a que Lacalle se quede con el pastel

Blancos y colorados quieren asegurar el triunfo en la primera vuelta de 2009

Los dos guerreros piensan igual o por lo menos coinciden en aspectos sustanciales, fundamentalmente en lo estratégico. Tanto Luis Alberto Lacalle como Jorge Batlle comprenden que sacar a la izquierda del gobierno no es cosa de chiquilines.

Los dos son caudillos experientes, con muchos fracasos sobre sus espaldas pero también con la virtud de haber accedido al gobierno por una vez. Comprendieron que están ante una tarea titánica, que es desplazar a la izquierda del gobierno y cerrar el ciclo del progresismo en Uruguay, pues si en 2009 llega a triunfar, puede seguir muy campante.

Primero fue Lacalle que promovió, desde el diario El País, la posibilidad de que blancos y colorados votaran bajo un mismo lema, cosa que no le gustó nada a sus correligionarios.

Luego vino Batlle, quien relanzó la propuesta de un acuerdo programático de blancos, colorados, cívicos e independientes para construir una alternativa al Frente Amplio.

Lo sorprendente fue que el ex presidente Julio María Sanguinetti y el diputado-senador Washington Abdala, en principio acompañaron la iniciativa de Batlle con argumentos que los mostraban no muy convencidos de la iniciativa.

Otra actitud fue la de Pedro Bordaberry, quien rechazó la propuesta de Batlle por considerarla errónea en la medida en que polariza a la sociedad, cosa que el ex ministro de Turismo sabe que no le conviene porque el país va a estar siempre del lado de la democracia y no de los responsables de la dictadura.

Lo que no sorprendió fue la reacción negativa que se manifestó, de inmediato, por parte de los candidatos más jóvenes del Herrerismo, particularmente Luis Alberto Heber, quien sintió que Lacalle se había ido por la puerta ­cuando dijo que no iba a ser candidato «en las actuales circunstancias»­, pero que estaba volviendo por la ventana. Por eso aseguró que sería un «retroceso» que alguno de los ex presidentes volviera a ser candidato, porque pertenecen «a un tiempo que ya pasó».

Por su parte el presidente del Directorio del Partido Nacional, senador Jorge Larrañaga, tampoco pudo contener sus impulsos. «Nunca fui partidario de las familias ideológicas», dijo el sanducero, agregando que el Partido Nacional es «una alternativa en positivo, no en contra de nadie y no debe de entrar en un proceso de asociación con otros partidos». Con estas palabras Larrañaga se afilió a la tradición y de un solo tiro le dio a dos pájaros: Jorge Batlle y Luis Alberto Lacalle.

Lo cierto es que los dos guerreros ­Jorge el «Pluma Colorada» y Caqui el «Pluma Blanca»­ parecen dispuestos a retornar a la arena política por el solo hecho de ser buenos luchadores, pero a la vez porque comprenden que no hay renovación en sus filas, por lo menos no la hay con la suficiente musculatura.

Esto es tan así que seguramente Batlle siga marcando la cancha a través de los medios de comunicación, mientras que Lacalle se juega a recorrer todo el país llevando su palabra a cada pueblo a donde vaya Vázquez, aunque seguramente arranque su gira por Barriga Negra, como lo ha hecho siempre.

La reciente encuesta de Factum muestra que hay razones para que la interna nacionalista se crispe. El Frente Amplio cuenta con el apoyo del 47% de los ciudadanos, en medio de una creciente inflación, además de la aplicación de la reforma tributaria y de un cúmulo de reclamos salariales de todo tipo. El Partido Nacional, por su parte, llega al 31% y el Partido Colorado sólo alcanza al 9%.

Con estos resultados los colorados no corren, lo que explica que Sanguinetti y Abdala apoyen la concertación con los blancos. En cambio los nacionalistas, que han desatado una verdadera guerra de guerrillas contra el gobierno progresista, sienten que todos son protagonistas y tienen posibilidades de darle la gran pelea a la izquierda.

Si no hay acuerdo previo entre blancos y colorados para crear un nuevo lema que busque «adelantar» el balotaje ­que los partidos tradicionales voten juntos para ganar en la primera vuelta­, el Frente Amplio sigue de largo, por más malestar y malhumor que haya entre las capas medias altas.

Pero también puede pasar que si se produce ese acuerdo electoral ocurra que surjan desprendimientos de esas colectividades políticas, que terminen votando al Frente Amplio.

Por todo eso los blancos y los colorados también tienen sus dolores de cabeza, aunque disimulen. *

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