Las armas, ¿dónde fueron a parar?
El caso del robo de las armas de guerra obliga a las autoridades a informar a la ciudadanía sobre los controles que se practican en el conjunto de las unidades militares del país. No es poca cosa ejercer la responsabilidad de gestionar el cuidado y eventual uso del poderoso armamento de guerra que disponen nuestras Fuerzas Armadas.
Y esa potestad la tienen por disposición constitucional las FFAA del país.
Han pasado varios días desde que se conoció el episodio que implica por el momento a cuatro uniformados y cuatro civiles, pero es de sentido común presumir que la cadena de responsabilidades debe ser más extensa e incluye a aquellos que hicieron posible la consumación del delito y a quienes hicieron desaparecer las armas que aún no se logró recuperar.
Siempre y cuando se convenga que éstas son las únicas armas robadas en unidades militares.
La ciudadanía debe sentirse segura de que el extraordinario poder de fuego y destrucción de esas y otras armas está en manos de quienes debe estar.
Lamentablemente no se visualiza una actitud de alarma de las autoridades del área. Todo se quiere superar en silencio. «Cuanto menos se hable, mejor», pensarán.
Por suerte no es la misma la actitud del juez penal Migues y de la Dirección Nacional de Información e Inteligencia. Ayer, su titular, el inspector Luis Urrutia, dejó en claro la determinación del organismo de «llegar hasta el hueso» en la investigación.
Las palabras de Urrutia traslucen bastante más que la voluntad de esclarecer la truculenta trama. Denotan preocupación por las ramificaciones, por las posibles conexiones con otras modalidades delictivas, por las rutas de salida de las armas del país y, en suma, reivindica la atribución de continuar con los interrogatorios para seguir llenando los casilleros vacíos del organigrama del delito.
Bienvenida esa disposición, bienvenidos todos los pasos hacia la máxima transparencia.
Ello fortalecerá la credibilidad de entidades que la sociedad civil en el acierto o en el error miran aún con no poca desconfianza. *
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