Guarino: "No hay Ejército que combata al contrabandista; ni la dictadura pudo con él"
Por Raúl Legnani
–¿Melense de toda la vida?
— Nací y me crié en Melo, hice la escuela y el liceo, hasta que me vine en 1968 a estudiar a Montevideo a la Facultad de Agronomía. Ese año me marcó el futuro político, al ingresar a filas de la izquierda. Yo tenía una cuna batllista, porque mi padre venía de ese batllismo de origen italiano. El fue edil de la Lista 15, admirador de Luis Batlle, y nos educó en las ideas liberales.
–¿Batllista en un departamento blanco?
— Desde la cuna me vino una tendencia de rebeldía (se ríe) a lo estatuido. Mire que en Cerro Largo se vive un ambiente muy especial, donde lo normal es ser blanco.
–De jovencito, ¿vio alguna vez a Nano Pérez?
–Muchas veces. Nano era muy amigo de mi padre, con quien fui a mil comidas que eran de puertas abiertas. Siempre en el fondo había una parrilla con algo y el que iba llegando ponía un churrasco. En la casa había siempre caña blanca.
Después yo me hice amigo del Nano, además de que era amigo de sus hijos y de los nietos. Siendo un militante frenteamplista venido de Montevideo, me gustaba mucho ir a conversar con el Nano. Estábamos en el fondo de su casa, en los años 70, tomando algo y me dijo «¿Te gusta el tocino?, vamos a picar algo. Vos que sos más gurí subí al techo y bajate de la antena de la televisión el tocino». Colgaba el tocino de la misma forma que se cuelga el carancho del palo alto para que la mosca no moleste. Lo bajamos y picamos el tocino para acompañar la caña.
–¿Lo vio actuando en campaña electoral?
—Sí, me acuerdo de una campaña electoral, la que sale en la película «Elecciones», donde aparece al final una camionetita de un carpintero que vive frente a mi casa. En esos días estábamos en un bar, que era la sede del club Bahía. Nano llegó en una cachilita que la manejaba el teniente Zapata –nunca tuvo autos de lujo–, bajaron una bolsa de naranjas, de esas criollas, las exprimieron, hicieron jugos y repartieron jugos con caña durante dos o tres días seguidos. Nano hablaba con uno, con otro, se iba y volvía. Así trabajaba Nano.
–¿Usted fue arquero del Bahía?
–Fui arquero porque mi padre era el presidente (se ríe). El Bahía era un cuadro chico, de barrio, que jugaba en la B y ascendía a la A, pero siempre le hacía daño a los cuadros grandes, donde estaba todo el sistema, todo el poder departamental. El Bahía, con modestia, le sacaba un puntito al cuadro que iba a ganar el campeonato y así le amargaba la vida.
El deporte siempre me gustó, por eso hoy soy secretario de OFI, a propuesta de la Confederación del Este y ahora, en Melo, soy de Boca Juniors.
–¿Cuántos años tiene el Boca Juniors?
—Tiene cerca de 50 años.
–¿Cómo se entiende que un cuadro de Melo, ciudad que no tiene nada que ver con ese barrio de Buenos Aires, tenga un cuadro con ese nombre?
–Es un cuadro de barrio que se generó en torno a la pensión de los Morales. Poco a poco los muchachos se van organizando y resuelven escribirle una carta a Eva Perón, en pleno auge de Evita, para pedirle camisetas. Y Eva, que dicen que fue de River Plate, les manda un equipo completo de Boca y ahí resuelven ponerle Boca Juniors.
El Boca de Melo tiene otra historia interesante. No tiene identidad política, pero construyó afinidades en la vida de la gente. Durante la dictadura se transformó en el bastión del enfrentamiento al oficialismo aplastante y asfixiante. Fue el cuadro que no se sometió a las normas que la dictadura quería poner hasta en el fútbol.
En esos momentos, además, había un cuadro del Ejército, como hay hasta ahora, que era el Conventos –hoy tenemos muy buenas relaciones con ellos– con el cual teníamos nuestros enfrentamientos. Y en los partidos, con los gritos, nuestra hinchada se sacaba las ganas.
Pero cuando vino el período de Villanueva Saravia, donde también se generó un apoyo muy marcado a determinados equipos, Boca jamás aceptó ser comprado. Y en estos años se alcanzaron los mejores logros deportivos. Salimos dos veces campeones e ingresamos al campeonato de Ligas Mayores de OFI.
–¿Su hijo juega en Boca?
— Sí, claro. Comenzó en las inferiores de Boca. está en la selección y jugó en Defensor Sporting y después por razones de estudio pasó a jugar en Defensor Universitario.
Es muy amigo del «Loco» Abreu. En el Carnaval pasado Abreu «cayó» en Melo, fue por un día y se quedó una semana en mi casa. Uno era suplente del otro, en Defensor. De Boca salieron muchos jugadores conocidos, como Juan José Guerendiarín y el Tony Gómez, campeón del mundo en Japón con Nacional. También Yamandú Solimando, que volvió, fue técnico y además era de la barra. Una barra que era de todo: de pesca, de fútbol, de conversar y de pensar.
–Como se dice ahora: «Un espacio de socialización».
–Claro, es así. Nano me enseñó que en esas reuniones la gente no iba tanto a comer sino en busca de un ámbito de compartir, de hacer sociabilidad. Porque no es lo mismo tomar la copa en tu casa con el tema establecido, que lo imprevisto, donde el que llegó impuso un tema y todos discuten sobre él. Nano me decía: «Vos lo que tenés que hacer es armar una parrillita, ponés algo con un poco de grasa para que largue olor y la gente se arrima y en general no comen mucho y el que quiere trae algo».
Años después yo tenía un galpón que era de mi padre y se lo di a unos muchachos que tenían una carpintería. Empezamos los sábados a juntarnos naturalmente, aunque al principio éramos todos de Boca. El primero que llegaba ponía un pedazo de carne, empezaba el olor y así se iban arrimando otros. Esas reuniones se transformaron en tertulias famosas que se llamaron «El galpón de lo de Guarino». Ahí iba el ex diputado Humberto Pica, los directores blancos de la Intendencia de Rodolfo Nin, Enrique Viñoles, el director de Obras, el propio Rodolfo, el arquitecto Daners. Eran discusiones a calzón quitado, a corazón abierto, que facilitaron entendimientos políticos futuros.
–La barra de la pesca, ¿dónde para?
—Vamos siempre en esta época, al comienzo de la primavera, al río Negro. Uno de los lugares es la Colonia del Instituto de Colonización, Wilson Ferreira.
–¿Pescó alguna vez algo?
-Sí señor. Mire, en Melo había un campeonato de la tararira que lo organizaba y transmitía la radio. Los móviles iban por el río: «Móvil uno, acá, un partido de truco». Uribina y Arambillete transmitían los campamentos: «Está picando, está cocinando bien, está pasado en la pimienta» (se ríe largamente). En un momento, Arambillette, transmitiendo un partido de truco se puso tan emocionado que le cantó al aire el dos de la muestra a uno». Sobre esto el Nano decía «para qué tanto despliegue, mejor acampar en el fondo de mi casa». Por eso hacía los campamentos ahí, donde lo único que estaba prohibido era ir al baño o entrar a la cocina. Tenía un cañaveral que hacía las veces de baño. Cuando lo consultaban de la radio les decía: «Estamos pescando, acabamos de sacar una de diez, de diez litros» (se ríe).
A pesar de que el motivo principal es disfrutar del río Negro, también pescamos (se ríe). El río es la cosa más hermosa que he visto en mi vida. Cuando amanece en esta época el agua levanta un «humito», hay tranquilidad, los pájaros (entorna los ojos)…, siempre nos preguntamos con el Chorizo Martínez cuánto pagaría un japonés por ver esto.
–¿Cómo influyó en usted ese contacto natural con lo fronterizo?
–Se nace y se convive con puntos de referencias distintos a los del resto del país. Es la cultura del intercambio con el otro lado y no sólo por la conveniencia de precios. Esto es algo que nació con la patria. El flujo de cueros y cebo que hubo desde la Banda Oriental hacia Brasil, pero también de allá para acá, eso generó toda una forma de ser. La gente no visualiza al contrabando como un delito. Moralmente la sociedad no sanciona al contrabandista. Hoy los motoqueros, los que trasladan gas en las motos, traen hasta 16 garrafas y por eso del «cero quilo» cortaron las calles en protesta. Esta gente cumple una función capilar de distribución de la riqueza, porque ese gas que consume Melo, entre doce y quince mil garrafas semanales, la traen alrededor de cien motos y cada uno de ellos le gana 15 pesos por garrafa y las dejan en montones de almacenes que también les ganan otros 15 pesos. Si hubiera un solo distribuidor, seguramente la ganancia estaría concentrada en uno solo.
El contrabandista de ganado nunca ha sido moralmente sancionado por la sociedad, porque se le ve con agallas, sin temores. Y porque, además, muchas veces ha servido como un regulador de precios. Cuando un novillo valía el precio de un pollo ese hombre le compraba el ganado al estanciero, corría todos los peligros y el productor terminaba sacando un precio más o menos razonable. Y esto no es un día ni dos, es toda una vida y es parte de la economía.
Durante la dictadura hubo grandes operativos de Dicose, incluso con malos tratos, pero nunca consiguieron a nadie que fuera de testigo a un juzgado a declarar contra los contrabandistas. Esto genera la modalidad de la frontera, que es la modalidad de la palabra empeñada sin necesidad de documentos. En Aceguá, en Río Branco, los negocios se hacen con los autos moderando, mal parados, de ventanilla a ventanilla. Y salga bien o mal el negocio, siempre es palabra sagrada.
–¿El contrabando pudo haber traído la aftosa?
–El virus de la aftosa no entró por las garrafas del gas, ni por pelotas de fútbol, ni por ruedas de vehículos. Pudo ser por el ganado y sobre todo por el cerdo.
Para detener esto hay que apelar a la conciencia del productor y del contrabandista. Esto se genera en la diaria, hablando en el boliche, en la prensa y en todos lados, para que el contrabandista sienta la sanción moral porque está poniendo en peligro la seguridad económica del país. Hay que saber que a ese contrabandista no hay Ejército que lo combata, ya lo intentaron hacerlo en la época en que se podía llevar a un tipo preso y no ir al juez, y no pudieron.
–¿Cómo ve la posibilidad de sancionar al propietario de donde apareció la aftosa?
—Es una propuesta equivocada que no prende en la gente de la zona. Puedo garantizar que nadie sanciona a este hombre de Artigas que quemaron públicamente. Es un hombre de respeto, querido en la zona. Si se resuelve castigar a los productores va a pasar que mañana se encuentre otro foco y nadie se anime a denunciarlo o en el peor de los casos lo desparrame en los predios vecinos.
Además, no se sabe a ciencia cierta si fue el responsable. El ministro Gonzalo González no pudo decirnos, aquí en el Parlamento, si hay una sospecha cierta sobre cuál es el origen. Hasta ahora sólo hay hipótesis.
–¿La aftosa entró realmente por las raciones provenientes de Brasil?
–Ahora se dice que una de las fuentes de ingreso es la ración que trajo un productor, pero hace unos meses, más de cuatro o cinco, el Uruguay estaba autorizando en Cerro Largo y en toda la frontera, a que entrara cualquier tipo de ración o forraje sin ningún tipo de control aduanero, sanitario o del Ministerio. Bastaba ir al Ministerio de Ganadería, llenar un formulario y se te autorizaba a traer esa ración. Y eso se habilitó durante todo el período de la sequía. Es decir que el alimento para los animales entró sin ningún tipo de control, por eso todo es muy relativo.
—¿Va a dejar huellas esta crisis de la carne?
—Va a dejar profundas huellas; ya las está dejando en la producción ganadera. El ministro González manifiesta que los mercados se van a recuperar, que estamos recuperando el mercado de Brasil e Israel, pero le dije que tenemos que ser cuidadosos en no generar una expectativa porque los mercados de EEUU, Canadá y Japón van a demorar mucho en recuperarse. La industria frigorífica va a tener que renegociar parte de lo que ya tenía vendido, va a tener que buscar nuevos mercados para empezar a matar y se va a enlentecer todo el proceso comercializador.
Los productores tienen que estar alerta y cuidadosos en el gasto. Yo he ido a las ferias a comprar unos toros y me encontré con el rematador gritando «Vamo’ arriba que las señales son buenas, que Estados Unidos nos felicita, que la Europa y desde el Asia nos felicitan…», y la gente paga precios un poco altos que después, cuando tenga que vender ese ganado como gordo, no va a recuperar el dinero que pagó en una feria. No pretendo tirar a las ferias abajo, pero hay que saber que vamos a tener tres o cuatro meses muy difíciles, por lo menos.
— El ataque al foco aftósico, ¿se está haciendo bien?
— Creo que sí. Una buena señal es que el gobierno ha comprendido que hay que ir a un enfoque regional del problema. Es una propuesta que la vengo planteando desde hace tiempo, desde antes del foco, y esto lo plantée a la delegación uruguaya antes del Congreso Mundial de la Carne. Los otros legisladores no lo entendieron conveniente y, bueno, perdimos una excelente oportunidad de hacernos sentir. Lo que pasa que todos pensábamos que nunca más íbamos a tener problemas con la aftosa, pero el problema está y lo dicen los expertos. Lo dice el doctor Casas Olazcuaga, que sostiene que hay que estar siempre alerta y que hay que tener un enfoque regional. Este mismo experto uruguayo me ha dicho que si antes no apareció la aftosa fue gracias a la estabilidad que generó el Plan Real, que no impulsaba el traslado de cerdos y ganado de Brasil hacia nuestro país. Ahora existe la voluntad de crear, con Río Grande do Sul, con un grupo de técnicos de alto nivel, para monitorear los focos actuales y en el futuro. Creo que hay que trabajar en la región hasta tener un fondo común para la protección ante problemas como la aftosa («Me hizo cansar, conseguime agua para los dos», dice a Coco, su secretario, otro fanático del Boca).
-¿Qué apoyo necesitan los productores?
-Está el Fondo de Indemnización que se creó con el aporte de los productores, no con plata que ponga el Presidente de la República, ni el ministro ni el Poder Ejecutivo. Durante cinco años, cada vez que uno hacía una venta de ganado, se te descontaba para ese Fondo. Cuando se llegó a una cifra que superó los 12 millones de dólares se resolvió dejar de recolectar ese dinero. Este Fondo tiene el inconveniente, según la ley, de que sólo autoriza la indemnización del valor del ganado sacrificado, pero no tiene en cuenta el lucro cesante. Es el caso del productor de leche, cuyos ingresos no surgen de la carne, ni del cuero de la vaca.
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