Posdata renunció a la SIP presidida por Arbilla
Tal como lo había anunciado, el director de Posdata, profesor Manuel Flores Silva, envió a la SIP su carta renuncia a raíz del nombramiento del ex director de Prensa de la dictadura militar, Danilo Arbilla, como presidente de esa organización, renuncia que ya había anunciado el diario LA REPUBLICA, con la solidaridad del director de El Diario de la noche, Jorge Otero.
En su misiva, el director de Posdata, les dice a los directivos de la SIP que «ustedes pueden estar bajo la presidencia de un colaboracionista del autoritarismo. Yo no. Lo que la SIP les está diciendo a las democracias de América es que el jefe de Prensa de una dictadura puede ser luego paladín de la organización de la prensa continental».
Les está diciendo que los sirvientes de los dictadores un día pueden ocupar los altares libertarios. Luego de enumerar todas las atrocidades contra la prensa (63 clausuras, cierre definitivo de Marcha, prisión de Quijano y Onetti, asesinato de Julio Castro, encarcelamiento de periodistas) cometidas durante los tres años que Arbilla fue director de Prensa, Flores Silva afirma que el apoyo a la tiranía por parte del actual presidente de la SIP continuó durante muchos años después que dejó el tenebroso cargo dictatorial: «cuando la dictadura había comenzado a morir pues un plebiscito popular la había derrotado, la pluma mercenaria de Arbilla seguía sirviendo los intereses de los militares», en referencia al encendido elogio de Arbilla al dictador Goyo Alvarez, cuando el periodista era editor general de la revista Hoy.
También se refiere el director de Posdata a la disculpa que da la SIP al afirmar que en el currículum de Arbilla figura que «trabajó en el Centro de Difusión e Información de la Presidencia de la República hasta 1975″ (error: fue hasta 1976). Al respecto Flores Silva dice: «Ustedes inventan una nueva expiación, la curricular. Razonando así llegaríamos a la conclusión de que si Goebbels presentara un currículum fidedigno ante la SIP, dese por expiada toda culpa».
El profesor Flores luego de señalar la «dedocracia» con que fue elegido Arbilla en la SIP sin debate ni injerencia alguna de los delegados en una decisión adoptada previamente «con años de anticipación», dedica buena parte de su misiva a demoler al diario El País, «ferviente partidario de la dictadura militar» y apoyatura central de Arbilla.
Al respecto enumera la historia negra del matutino caganchero en favor de la más cruel de las tiranías soportadas por los uruguayos.
He aquí el texto completo de la carta de renuncia del director de Posdata a la SIP:
«Montevideo, 26 de octubre de 2000
Sr. ex presidente de la SIP, Sr. Tony Pederson; Sr. Presidente del Comité Ejecutivo de la SIP, Sr. Andrés García Gamboa; Sr. Director Ejecutivo de la SIP, Sr. Julio Muñoz; Sr. Director del Instituto de Prensa y Coordinador de Libertad de Prensa, Sr. Ricardo Trotti.
Presente
De mi consideración:
Como ustedes saben, no he tenido ocasión de conocerles porque jamás he participado –en los seis años de vida de la revista Posdata que dirijo, ni antes– de asamblea, reunión de tipo alguno, seminario o evento de la SIP. Ni siquiera de la reunión realizada no hace mucho tiempo aquí, en Uruguay. Una vez –por aquellos años yo dirigía un semanario llamado Jaque–, en 1985, fui distinguido con la invitación a clausurar un seminario en Madrid organizado en conjunto por el Instituto de Cooperación Iberoamericano y la agencia EFE, donde creo que había un patrocinio de la SIP, o por lo menos una numerosa delegación de la misma. Fue, tal vez, mi único y débil contacto. Nada tengo contra la SIP. Más bien todo lo contrario, la simpatía que surge en la medida en que ella ha revertido su oscuro pasado. Justamente esa es ahora mi preocupación: que ella no vuelva a la regresión. Lamento no haber tenido oportunidad de brindar algo de mi esfuerzo al colectivo de la SIP, pero he tenido otras prioridades. Estoy seguro de que ustedes me entenderán, porque conocen lo absorbente y fascinante que resultan las tareas propias de los proyectos periodísticos nacientes.
Mi relación con la SIP es absolutamente accidental y pasa por la iniciativa que un día tomó Arbilla, con quien yo tenía una leve relación de colegas, que había heredado por lo demás de mi padre, quien tenía con Arbilla una relación más leve todavía, pero en cuyo amplio hombro dicho señor un día había llorado sus desatinos.
Déjenme decirles de comienzo, sin embargo, que en mi país, desde la escuela primaria, se nos enseña una expresión de José Artigas, fundador de nuestra nacionalidad en 1811. Dice Artigas desde entonces simplemente: «La cuestión es entre la libertad y el despotismo».
Tengo hoy cincuenta años. Es decir que mi juventud fue combatir el autoritarismo y la dictadura. Yo era un simple profesor de Literatura –esa fue mi formación académica– que daba clases en el nivel terciario con bastantes pocos años y, seguramente, bastante ignorancia. Fui arrastrado por el ímpetu libertario que en los últimos años de la dictadura uruguaya tomó frecuentemente forma periodística, de modo que llegada la democracia, en esos especiales momentos de transición, tres directores de semanarios fuimos electos senadores de la República (todos menos Arbilla). Yo dirigía Jaque y tengan ustedes por cierto que no pocas veces pusimos en jaque a la dictadura. Mientras Arbilla era director de Información de la dictadura uruguaya, yo estudiaba a Homero y conspiraba. Desde entonces estamos en carriles diferentes de la sencilla y binaria sentencia de Artigas: la libertad o el despotismo.
La vida quiso que se me encargara –siendo un legislador muy joven, tal vez– presidir por cuatro años la Comisión de Ley de Partidos Políticos del Senado (en algún año debí presidir en simultáneo la Comisión de Economía del Senado, lo que también sirvió a mi experiencia), razón por la cual estudié más en profundidad, en términos ahora teóricos, el problema de la democracia. Y como todos los que pasan cerca del tema, me apasioné con él y perpetré, junto con un colega, un libro sobre la gobernabilidad de América Latina (Fondo de Cultura Económica, México, Colección Política y Derecho, 1997), en el que, luego de realizar nuestros intentos de aportes teóricos, entrevistamos a catorce jefes de Estado a propósito de ese tema.
Lo que quiero decirles es muy simple. Mi vida ha sido la lucha, primero; la preocupación, después, por la democracia y por la libertad. Es decir que desde ese espacio les hablo. El presidente Mitterand, muy probablemente con equívoca generosidad, me otorgó la Orden Nacional del Mérito de su país por servir a la democracia en el mío.
Y mi camino para servir a la democracia es el periodismo. Por elección, porque a no pocos ofrecimientos políticos renuncié para servir a mi sociedad desde allí donde creía que podía ser más útil.
Tengo hoy, seguramente, la misma preocupación que ustedes por la libertad y la democracia en América Latina. Hace tan sólo cuatro o cinco años todo parecía más linealmente democrático. Hoy, los sucesos de Paraguay, Perú, Venezuela, Colombia, nos ponen ante una nueva realidad en que percibimos que el animal autoritario no ha muerto y toma nuevas formas. Y sentimos, luego, que el papel de la prensa –un elemento más dentro del arco fiscalizador de la sociedad sobre el Estado, imprescindible a toda democracia– tiene que estar a la altura de los nuevos desafíos.
Creo que es un profundo error que la SIP haya elegido a Arbilla como presidente. No es algo personal y ojalá lo haga bien, contra lo que nos sugieren todos sus antecedentes. Pero lo que la SIP les está dic
iendo a las democracias de América –la señal que les está enviando– es que el jefe de Prensa de una dictadura puede ser luego ‘paladín’ de la organización de la prensa continental. No voy a ahondar en sus antecedentes. Bajo su gestión se produjeron 63 clausuras de prensa escrita, cinco radiales, requisas de prensa extranjera. Durante su gestión la dictadura torturó a miles de uruguayos, desaparecieron decenas, fueron al exilio y a la cárcel miles de uruguayos. Se cerró el semanario Marcha, se puso preso a su director Carlos Quijano y a su columnista Juan Carlos Onetti (Premio Cervantes de Literatura). Fue la barbarie. No cesó en 1975, sino en 1976 –año en que desaparece para siempre el subdirector de Marcha, Julio Castro, educador y alfabetizador en muchos países de América– y en 1981 (ya integraba Arbilla la Junta de Directores de la SIP), cuando la dictadura había comenzado a morir pues un plebiscito popular la había derrotado, la pluma mercenaria de Arbilla seguía sirviendo los intereses de los militares en la revista Hoy, según se acaba de publicar en Montevideo, editando elogios a los liberticidas. Como numerosos editoriales de Búsqueda de la época. Arbilla, luego, manejó con cierto desparpajo su triste papel. Declaró así en el diario El Día, el 6 de junio de 1993, ocho años después de la caída de la dictadura y en plena democracia, sin ninún remordimiento: «Yo ocupaba un cargo importante realmente, era director de Difusión e Información de la Presidencia… tuve la disyuntiva y me quedé… aquello fue notoriamente un quebranto institucional, pero el ánimo era cumplir el período de gobierno, sin Parlamento, pero en el período de gobierno todo no fue malo». Afirmó, luego, el 9 de diciembre de 1995 en el diario El Observador: «Volvería a hacerlo».
Mi preocupación no es Arbilla. Es que a una América Latina de neoautoritarismos no se le puede señalar que los sirvientes de los dictadores un día pueden ocupar los altares libertarios.
Les encarezco que no tomen a mal mi siguiente razonamiento. Parece del todo inocente señalar que todo esto no es importante porque en el currículum del libro de autoridades de la SIP, como ustedes me dicen, figura que desde 1972 hasta 1975 Arbilla trabajó en el Centro de Difusión e Información de la Presidencia de la República. La imaginación del hombre ha inventado muchas formas de expiar las culpas, sea de modo religioso, sea de modo jurídico. Ustedes inventan una nueva expiación: la curricular. Razonando así llegaríamos a la conclusión de que si Joseph Goebbels presentara un currículum fidedigno ante la SIP, dése por expiada toda culpa. ¡Por favor!
No tomen a mal, les ruego, tampoco mi segundo razonamiento. Vuestra explicación de cómo se elige un presidente de la SIP presenta una Asamblea de la SIP sin ninguna injerencia en tan importante resolución; solamente ratificatoria de elecciones previstas con años de anticipación. Yo nunca he visto confesar tanta ‘dedocracia’. Un distinguido presidente uruguayo de principios de siglo dijo: «La historia de las asambleas es la historia de la democracia».
Pero permítaseme volver a lo principal: el problema del autoritarismo y las organizaciones de prensa.
He mencionado más arriba la época oscura de la SIP, cuando ella apoyaba todas las dictaduras. ¡Cuánto le ha costado a la SIP revertir esa imagen y lograr credibilidad! ¡Qué poco la cuida! De las épocas negras de la SIP –de las épocas que hay que evitar que revivan– tal vez uno de los mejores testimonios que ha quedado sean las reflexiones de un verdadero demócrata presente en las Asambleas de la SIP pro dictaduras. A propósito de la Asamblea de la SIP de octubre de 1951 de Montevideo, decía, así, el propietario del diario El Nacional de Caracas, Miguel Otero Silva, miembro de la SIP desde su fundación: «A mí se me planteó un grave problema de conciencia. No me podía retirar. Preferí quedarme y hacer constar mi inconformidad salvando el voto, al presentarse el informe sobre la libertad de expresión, informe que fue una especie de definición política de la Asamblea, tendencioso, plagado de falsedades y elaborado con una ingenuidad que colindaba con lo ridículo. Allí aparece el tirano Somoza como un ángel tutelar de la libertad de pensamiento; allí se ponen como arquetipos de democracia al chileno González Videla y a los dictadores bolivianos, y al llegar a Santo Domingo, el informe emplea el monstruoso eufemismo siguiente: ‘Las condiciones no son propicias para la libertad de expresión’. Como si los determinantes de esas condiciones fuesen los periodistas y no el déspota que los encarcela, los tortura y los asesina. Daba vergüenza ver en aquella asamblea en Montevideo a los esbirros intelectuales de Rafael Leonidas Trujillo bramando en la tribuna para decir que en su país, en cambio, se disfrutaba de una absoluta libertad de pensar».
Luego la SIP apoyó los golpes contra Goulart y contra Allende.
En esta América parturienta de nuevos autoritarismos no se convierta la SIP en la vergüenza que fue.
Aquí, en Uruguay, toda la labor de Arbilla ha sido apoyada por el diario El País, ferviente partidario de la dictadura militar.
Vayamos a los ejemplos. La dictadura uruguaya duró entre 1973 y 1985.
Dijo en su editorial principal el diario El País el 21 de julio de 1974, página 10: «El concepto de seguridad y de visión de lo ocurrido entre nosotros a lo largo de muchos años es lo que justifica, jurídicamente e históricamente, la participación que hoy tienen las Fuerzas Armadas en la vida nacional y sus nobles y elevados objetivos». Y el 11 de junio 1976 en la página 5 se burla del régimen constitucional y afirma en su editorial central: «No compartimos la tendencia a sobreestimar las virtudes de la estricta institucionalidad democrático republicana».
Días después, el 24 de junio de 1976, agrega en su página editorial: «¿Cómo explicar a nuestros jóvenes el proceso que vivimos, la suspensión de algunos principios constitucionales y la decisión de construir una democracia superior a la que fue abatida por la sedición? ¿Cómo convencerlos de que las Fuerzas Armadas no salieron a la calle para dar su cuartelazo sino como último recurso, reclamado por la ciudadanía sana del país para salvar la esencia misma de nuestro sistema?»
Y el 21 de agosto de 1979, afirman editorialmente en la página 6: «… abandonaron los cuarteles, no impulsados por bastardas ambiciones de poder, sino cediendo al imperativo de liberar a la nación de la inminente amenaza del caos y de la ruina».
No sólo apoya a la dictadura uruguaya de esa época, sino también a la dictadura argentina. Así El País del 27 de agosto de 1976, página 5, dice: «Se explica y justifica que el gobierno del general Videla no haya establecido fecha ni plazo para dar por terminada su misión. No se puede abandonar la tarea emprendida sin antes estar absolutamente seguro que los profundos males que carcomen a la sociedad han sido radicalmente extirpados. De no actuar así se estaría ante un caso de irresponsabilidad histórica y de pusilanimidad personal. Y por cierto que en la argentina aún no se han dado, ni siquiera remotamente, las condiciones que permitan esperar un futuro de estabilidad, de orden y de paz. Mal puede entonces abandonarse el timón de la nave y entregarla a quienes la pueden llegar a cualquier puerto. La hora para el descanso no ha llegado todavía».
Y bajo el título de «El bumerán de los derechos humanos», este paladín del genocidio editorializa el 23 de junio de 1978, página 9: «En caso de que prospere en la Asamblea de la OEA la tendencia a juzgar la pureza, desde el punto de vista de los Derechos Humanos, de los regímenes que más contribuyeron a la pro
scripción del totalitarismo marxista en América, se habrá consumado una de las mayores sinrazones en la historia de la organización, como instrumento de unidad y de promoción de la democracia en el continente».
Y el 27 de junio de 1978 en su página 11, El País afirma: «De ahí han surgido las versiones de que en el Uruguay soportamos una de las dictaduras más crueles y repugnantes de América Latina, burda especie a la que se procura dar patente de verdad en el exterior por medio de datos estadísticos ridículos sobre uruguayos asesinados, presos, torturados o forzados a abandonar el territorio nacional».
E insiste sobre este tema el 2 de marzo de 1977, página 5: «Todos los derechos son pasibles de suspensión o limitaciones legales cuando corren riesgo el orden público y los bienes preciados de la colectividad».
Para terminar, y volviendo a la carta que ustedes me han dirigido. Se agravian allí de que Posdata haya dicho que el presidente Sanguinetti fue a la reunión de Miami a ‘darle una mano’ a Arbilla para su elección. Les paso a informar. El pedido de Arbilla a Sanguinetti fue suplicante y el argumento que usó fue que podía perder la chance presidencial de la SIP, vistos los sucesos en que se vio envuelto, o mejor dicho, el manejo prepotente que hizo de su poder. En este país, eso descalifica a la gente. Es más, Sanguinetti volvió de Miami con reservas sobre algunos excesos que cometió Arbilla en sus conversaciones con él. Mis fuentes, puedo asegurarlo, son muy directas. Tomen nota, por lo demás, que el particular uso y abuso del poder que viene haciendo Arbilla en relación a algunos casos de notoriedad en Uruguay, le están restando apoyo nacional. Averigüen en la embajada uruguaya en Chile y sabrán que por dos veces suspendió su ida a vuestra Asamblea el presidente Batlle, que sólo fue a impulsos del presidente De la Rúa, con quien habían quedado en resolver asuntos de gobierno en esa cita.
Tomen nota asimismo que por su elección como presidente, Arbilla recibió un homenaje en el que fueron más notorias las ausencias que las presencias. No fue nadie de los representantes de relieve del partido mayoritario del país, el Encuentro Progresista. Este está en la oposición. Gobierna una coalición entre el Partido Colorado del presidente Batlle y el Partido Nacional cuyo presidente es el doctor Lacalle. Ninguno de los dos concurrió al homenaje a Arbilla.
No quiero extender más estas líneas. Ustedes pueden estar bajo la presidencia de un colaboracionista del autoritarismo. Yo no. Por la presente, pues, quiero presentar renuncia a la membrecía en vuestra organización.
Saluda a ustedes muy atentamente
Manuel Flores Silva
Director de Posdata»
Compartí tu opinión con toda la comunidad