Lacalle: Enfrentamiento de guerrilla y militares "fue una guerra, terminada en 1972 con la victoria de la legalidad"

El ex presidente Luis Alberto Lacalle consideró que quienes promovieron la guerrilla en la década de 1960 «lo hicieron desde la actitud de minoría soberbia que creía que sabía más que el pueblo que se expresaba libremente en las urnas» y que el enfrentamiento «fue una guerra, terminada en 1972 con la victoria de la legalidad, y es así aunque no guste a algunos».

El punto de vista del líder herrerista está contenido en su columna titulada «El 27 de junio» en el semanario digital Patria www.patria.com.uy.

«No se descuelga sobre el país el episodio del golpe de Estado como un rayo inesperado que restalla en un cielo sin nubes. Es consecuencia de otros actos y será causa de otros sucesos. Los orígenes de este episodio hay que buscarlos en un pasado cercano al mismo, en el inicio de la acción subversiva que emprendieron los violentistas en 1963″, señaló Lacalle.

Recordó que «en 1962 se celebraron elecciones nacionales y triunfó en ellas el Partido Nacional. Comparecieron, en ejercicio de las plenas libertades de que gozábamos todos los orientales, muchos partidos. Allí estaban blancos y colorados, comunistas, Unión Cívica, anarquistas, la Unión Popular y otros. Destaquemos a la UP constituida por quienes seguían al señor Enrique Erro, separado del Partido Nacional. En ese partido militaron muchos de los que luego formarían los cuadros del MLN y demás organizaciones subversivas».

Sostuvo que en Uruguay «se podía escribir y decir lo que se quería como en ningún otro país de América. Podrían haber situaciones difíciles en lo económico pero la nuestra era una sociedad justa y solidaria que tampoco tenía igual en el continente».

Para el ex mandatario «no es cierto pues que los que atentaron contra la Constitución lo hayan hecho combatiendo por la libertad o rechazando una injusticia. Lo hicieron desde la actitud de minoría soberbia que creía que sabía más que el pueblo que se expresaba libremente en las urnas. Lo hacían por vulgar y frívola imitación a lo que ocurría en otros lugares del extranjero y que entre nosotros hasta el propio Che Guevara había desaconsejado para el Uruguay, cuando en la Universidad recomendó a sus compañeros la vía electoral en vez de la revolución».

«Así se empezó a matar, robar, secuestrar y torturar durante una década», agregó.

Estimó que «fue una guerra, terminada en 1972 con la victoria de la legalidad, es así aunque no guste a algunos. La Policía y las FFAA cumplieron con su deber en una circunstancia desconocida, difícil y compleja. La violencia subversiva fue ilegítima desde su origen, las ilegalidades eventuales de las fuerzas convocadas a su tarea son supervinientes, sin perjuicio de que sean igualmente condenables».

Y luego, «lo que siguió fue otra acción de una minoría también soberbia que creyó saber más que la gente opinando en la urna y que encontró en el entonces presidente una persona de convicción antidemocrática que se prestó a un plan dictatorial. Una acción minoritaria soberbia siguió a la otra. Así entramos en otra década de violencia y terror. Unos y otros similares, más allá de su signo contrario. Lo que las une es el haber sido inútiles, el haber sembrado semillas de odio y resentimiento en una nación que no las quería ni las quiere».

A su entender, «mientras que los causantes de estas desgracias no hagan pública condena de sus propias acciones, no se podrá llegar a un mínimo común denominador de concordia. Y por tales tenemos a los individuos, no a las instituciones».

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