Con la memoria de las víctimas, voy al Nunca Más del 19 de junio
El doctor «P» era un médico de pueblo, al que un día por ser del Frente Amplio lo detuvieron y los procesaron bajo la dictadura. Su anatomía y fisiología, no era de la mejor en el momento de la detención. Tenía una acumulación de enfermedades «crónicas, progresivas e irreversibles», desde hace años.
El organismo del doctor «P» era un desastre. Solo le funcionaba el cerebro, lo que no es común en muchos de los mortales de estos días. Por eso los militares, con la complicidad de algunos civiles colorados y blancos, lo tuvieron detenido en distintos lugares vagones, hospital y en un cine junto a un cura progresista a su lado, con quien después se hizo amigo.
Como tosía como nunca antes tosió alguien en su vida, se asustaron. Es que al doctor «P» le faltaba un pulmón entero o medio, mientras el otro parecía un acordeón viejo. Todo por culpa de la tuberculosis y de la estupidez del cigarro.
La tos asustaba hasta los carceleros, por ello los militares resolvieron que al doctor «P» no había que darle la oportunidad de morirse entre las paredes de sus cárceles. «Este muerto no es nuestro, que sea el muerto de la familia», dijo, seguramente, uno de ellos.
Lo que no previeron fue que al doctor «P» le iba a venir un problema de vesícula. En esos días el Pelado «C», que era actuario de la Justicia Militar un militar frenteamplista de la Fuerza Aérea se comunicó con la familia. «Si hay que operarlo de la vesícula, háganlo ahora, porque lo van a procesar por asistencia a la subversión y su estado físico puede influir positivamente en un futuro».
De inmediato, su hijo mayor que también era médico, organizó una inmediata intervención quirúrgica. Consiguió cirujano y anestesista de confianza, y al doctor «P» lo intervinieron siendo preso político con éxito. Con doble éxito, porque el juez o el fiscal militar, no recuerdo bien el cargo que tenía, tuvo que anunciarle que había sido procesado, pero recibiendo el impacto de tener ante sí al doctor del pueblo que se ahogaba por falta del pulmón y los efectos de la anestesia.
Fue así que el doctor «P» estuvo detenido por varios días en un sanatorio que había fundado. La feroz dictadura asustada por la suerte del doctor «P», no pudo controlar la situación. El relajo fue total. Tuvo momentos hasta cómicos. Es que los guardias policiales que lo controlaban, terminaron durmiendo la siesta en la cama del enfermo, mientras el doctor «P» hacía guardia para que los superiores no descubrieran el acuerdo logrado. El milico duerme, mientras el preso vigila (seguramente fumando a escondida de las enfermeras), fue el pacto.
Al poco tiempo el presidiario fue puesto en libertad condicional. Fue así que otra vez volvió a caminar por el pueblo, a visitar amigos y hasta parar en el boliche del «T», para hablar de política en voz baja. A pesar de tener enfermedades «crónicas, progresivas e irreversibles», el doctor «P» no se murió en esos meses. Lo hizo más adelante.
Como tenía a su esposa, hijo menor, nuera y un nieto después llegó el otro en el exilio, solicitó permiso para visitarlos. El mismo juez militar, que no quería al futuro muerto en sus cárceles o cuarteles, pero tampoco en el pueblo, autorizó a que el doctor «P» pudiera salir del país durante 28 días, pero una vez al año. Claro que con algunas condiciones: que dejara unos dinerillos en el BROU por si no volvía quizás se iba por ahí a toser y a denunciar lo que pesaba en el país y en algún momento se dijo que debía dejar a un familiar como rehén, con la intención de que no hablara o por si no volvía.
No recuerdo si llegó a hacer dos o tres viajes, pero en el último le reventó la aorta. Como el cerebro le duró hasta el final, tuvo la deferencia de relatar como la sangre se le distribuía por el cuerpo, explicando que la ruptura era definitiva. Fue una muerte atea, que tuvo de fondo las luces de la noche del Popo y de la Mujer Dormida. Me hizo acordar a la muerte de Aníbal Ponce, cuando se accidentó en una carretera de México y a quien lo visitó en el hospital le dijo que le quedaban 20 minutos de vida. A los 20 minutos exactos se murió.
El juez militar, me lo dijeron o me lo supongo, dicen que respiró porque el candidato a muerto no la había quedado en sus cuarteles. Había pasado a ser un muerto de casa de familia, pero siendo un preso político.
Su esposa, que volvió al país con la democracia, trajo una cajita con las cenizas de su marido a fines de octubre de 1984. Ya en democracia cobró aquellos dinerillos y hasta los intereses. Después se murió.
El doctor «P» era mi padre: «Preso político muerto por causas naturales en su casa y en el exterior del país», debería decir el parte con música de las FFCC, olvidando que de natural no tenía nada el hecho de ser preso político y morir en otro país.
Con su memoria y la de tantas otros víctimas por cierto muchas muertes en actos más crueles voy al acto del Nunca Más el próximo 19 de Junio, con la bandera de la reconciliación, también exigiendo memoria, verdad y justicia. Voy, además, porque el Presidente, que es del mismo cuadro que yo, nos convocó. *
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