La columna de Sherlock

Lacalle a Tabarecito: «No me toques»

Martes en la noche, Canal 11 de Las Piedras, tres pollos frente a frente: Tabarecito Hackenbruch, Luis Alberto Lacalle Pou y Juan Carlos Mahía.

Pozo que va, pozo que viene, denuncia que sobrevuela, Juntas Locales que no aparecen, fue más o menos el temario.

Sherlock esperaba que en algún momento pasara algo, porque el aire se cortaba con la mirada. Y se cortaba por el ala derecha, donde Hackenbruch y Lacalle Pou estaban casi tocándose.

–Su padre debe ir a sala, exigía Lacalle.

–No te preocupes, papá está por encima del bien y del mal, le respondió sobrador Tabarecito, quien afectuosamente intentó tocarlo con la mano.

–No me toques, respondió Lacalle apretando los labios, justo cuando la conductora del programa agradecía la presencia de los diputados y los invitaba a apagar tres velitas con motivo del tercer aniversario del programa.

–Bufff…., soplaron los tres como cuando iban a la escuela.

–Divinos, sólo faltaron las piñatas, atinó a decir Sherlock, quien siguió el programa desde la Confitería Las Palmas.

¿No lo vieron al doctor?

«Señor, se puede retirar, esto es un consultorio», se escuchó decir a un hombre de blanco, que no era médico, a otro con cara de distraído que portaba una libretita, debajo de ella un grabadorcito, y una cartera masculina. Llevaba, además, una gabardina como la de Columbo.

Sherlock, que estaba en un bar cercano al lugar de los hechos, disfrutaba de un té en vasito de medio y medio para que los conocidos no pensaran mal. Fue ahí que se enteró de lo ocurrido en el consultorio por una dama que había estado presente.

–Era un periodista que se hizo pasar por un paciente con la intención de hacerle una pregunta al oncólogo, dijo la señora muy indignada.

¿Y qué pasó?, preguntó el gallego dueño del boliche, con toda la intención de que Sherlock escuchara.

–Lo invitaron a irse, nada más, explicó la dama.

En eso el sabueso vio salir al colega que partía raudo para su redacción porque era miércoles, día de cierre de su semanario.

–A este también le fue como en Juanicó, dijo Sherlock, para pasar a mojar sus labios en el té y sentir que por el cuerpo le corría una sensación extraña.

Brezzo, ¿se va o se queda?

Un grupo de periodistas discutía sobre el futuro del ministro de Defensa Luis Brezzo, en el túnel del Palacio Legislativo. Que hay votos para censurarlo y Batlle no lo mantiene, que no hay votos y no pasa nada, eran los extremos de la conversación.

Sherlock se arrimó para aprender de tanta gente «leida» y para ver si pescaba algo. Opiniones había de sobra, pero información nada de nada.

En eso se arrimó un colega, puso cara de asco, los miró a todos y habló, luego de escuchar que seguramente Brezzo iría a otro ministerio, ya que tiene un amplio dominio de los mismos. Antes estuvo en Trabajo y en Ganadería y Agricultura.

–Si Brezzo cae, no se va del gabinete, dijo el periodista muy seguro.

–¿Y?, preguntó el investigador.

–Nada, que por eso le dicen «punguista».

–No se lo permito, eso es algo fuera de lugar, dijo Sherlock increpando al colega.

–Estamos hablando en broma, le van a decir «punguista» porque va de cartera en cartera, le dijo el periodista al sabueso que quedó, en muchos años y por primera vez, con la boca abierta.

Ramírez, el profe de los policías

«Los muchachos están fundidos», dijo un viejo policía a otro un poquitito más joven, mientras miraban cómo los alumnos de la Escuela de Policía desalojaban a los estudiantes de un centro de estudios.

Sherlock se arrimó al diálogo, intercambió humo de pipa por humo de cigarros, y preguntó la causa del deterioro físico de los futuros policías.

–Mire, el problema es que están estudiando mucho. Los tiene locos el doctor Juan Andrés Ramírez con sus clases de Derecho. Habla una hora y media y les tira con todos los códigos, comentó el guardiacivil más veterano.

–Ajá, atinó a decir el investigador.

–Me dijeron que Stirling está pensando en extender un año la carrera, porque los profesores de la Universidad no bajan el nivel y los muchachos llegan muy cansados a clase con la gimnasia y las otras materias, concluyó el policía, mientras el otro lo miraba con cara de preocupado.

Taquígrafos al borde de un ataque de nervios

Sherlock se entretenía mirando las recién pintadas molduras de los pasillos del Palacio Legislativo, cuando se enfrentó a dos demacradas mujeres que, caminando con dificultades, casi se arrastraban en dirección de una de las salidas.

–¿Qué les pasa? –preguntó nuestro sabueso a un funcionario que con una bandeja se dirigía a uno de los despachos–. ¿Estas mujeres están enfermas?

El hombre miró a Sherlock, hizo un movimiento de cabeza y, se acercó cómplice.

–Esas señoras son taquígrafas, a las que les hacen cumplir jornadas de hasta 30 horas seguidas de trabajo.

Pero –balbuceó nuestro sabueso– hace cuántos años se estableció el régimen de ocho horas. ¿Qué está pasando…?

–Es que se está discutiendo el Presupuesto, y los encargados de taquigrafía para resolver la falta de mano de obra, hacen que los taquígrafos que están todavía en el Palacio, cumplan estos récords de horas de trabajo.

–Pero, supongo, ¿le pagan horas extra?

–Nada de nada. Las horas extra desaparecieron en la reestructura que hizo Fernández Faingold y hasta ahora los pobres taquígrafos tienen que trabajar el tiempo que se les ordene, cobrando lo de siempre.

–A la pucha –dijo Sherlock– y siguió mirando las molduras a las que les comenzó a ver defectos. Se acercó y no eran chorretes de pintura, se dio cuenta que era sudor de los taquígrafos.

Arana en el 60 lugar

Sigue el malestar en el equipo de gobierno de la IMM, con algunas declaraciones de Adeom, le contaron a Sherlock en el bar de Club Español.

–Es por el tema de los sueldos y porque algunos dirigentes de Adeom dicen que el intendente gana mucho, dijo el informante.

–No entiendo el enojo, dijo el investigador que estaba molesto con la IMM por la demora de un trámite.

–Mire que es para enojarse, no puede ser que digan sólo un parte de la verdad, agregó la fuente, mientras que con movimientos lentos de su mano derecha trataba de sacarse de arriba el humo de la pipa. Gesto, que por cierto, es de los que más molesta al sabueso.

–Hable y diga toda la verdad o salga que el día está lindo, respondió el investigador.

–Mire, por encima de Arana hay 59 funcionarios de la IMM que ganan más que él y hay 200 funcionarios que ganan más que un director de División, ¿qué el parece?

–A la pipeta, dijo Sherlock, quien tuvo que agradecer la información a pesar de que su interlocutor seguía espantando el humo con su mano derecha.

«Que venga Nin»

Miércoles pasado. Reunión de «Los notables», como le dicen algunos de los delegados de las bases al grupo creado para reflexionar sobre la actualización de la izquierda.

Estaban todos o casi todos. Tabaré Vazquez, los senadores y algunos otros. El clima era distendido y reflexivo. Eduardo Ríos, suplente en el Senado de Rodolfo Nin Novoa, era el más saludado y felicitado, debido a que estaba ocupando la banca del titular de la Cámara Alta.

De golpe, como quien no quiere la cosa, se hizo un silencio de película. Tabaré Vázquez miró a Ríos con ojos de ternura y le lanzó sin av
iso: «A estas reuniones yo quiero que venga Rodolfo».

Sherlock, que se había disfrazado de mozo y que estaba repartiendo café con ojitos, registró el aviso.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje