Enrique Pintado, de Asamblea Uruguay, presidirá este año la Cámara baja

Diputados abrió una nueva legislatura con una sesión extensa que tuvo de todo

Si uno tuviera que describir la solemne ceremonia realizada por el plenario de la Cámara de Representantes para abrir una nueva legislatura ­y obviamente simplificando un poco- diría que fue contradictoria. Tuvo momentos capaces de provocar un disfrute intenso y otros, en cambio, capaces de inducir un desarreglo psicológico, hormonal o venoso.

Por ejemplo, el discurso del nuevo presidente de la Cámara, Enrique Pintado (Asamblea Uruguay), fue una pieza oratoria de alto vuelo, que logró superar la intensa emoción que embargaba al legislador e incluyó una referencia inesperada a este humilde periodista, a raíz de una corbata que no apareció. Pero del discurso de Pintado me ocuparé como se debe, más adelante.

Otro aporte gratificante correspondió al género femenino, que, al menos en el ámbito parlamentario, no deja de sorprender.

Comencemos por una de las invitadas, que llegó temprano y muy alegre: la ministra de Salud Pública. Miró hacia arriba, me vio y se dispuso a regañarme. Sin embargo, observándome aplastado, lívido en la promiscua bancada de prensa donde me obligaron a convivir con demasiados colegas entre cables, cámaras y monitores de televisión, tuvo piedad: agitando sus deditos y mostrándome sus uñas, me hizo saber, a la distancia y entre sonrisas, que no las tiene pintadas de «moderno tono oscuro» como yo dije el martes, sino tan claras que hasta hacen juego con su lánguida cabellera rubia. Resignado, acepté el error y le pedí disculpas apelando a señas como las que haría un esquimal si hubiese estado este verano en La Pedrera.

Luego fue el turno de los modelitos. Silvana Charlone (Asamblea Uruguay), Adriana Peña (independiente Partido Nacional) y Sandra Etcheverry (Alianza Nacional) ­ésta con un bronceado que difícilmente haya logrado recorriendo asentamientos­ irrumpieron… ¡todas de blanco! Y tan radiantes como la novia a la que cantaba Antonio Prieto hace mil años. Pero entonces, Beatriz Argimón (Correntada Wilsonista), quien debe tener un servicio de inteligencia propio porque siempre sabe cómo hacer la diferencia, emergió con un vestido acampanado de un verde (¿esperanza?) realmente estremecedor, acompañado por unos sublimes zapatitos dorados de taco fino; y también bastante quemadita, hasta donde se pudo ver.

 

La sesión

Las barras se llenaron de invitados: ministros de gobierno ­Bonomi taciturno, Astori quieto, Mujica aburrido, Rossi canchero, Arana nervioso y María Julia vivaracha, entre otros­, representantes de entes autónomos, servicios del Estado y Suprema Corte de Justicia, autoridades nacionales y departamentales, embajadores e invitados especiales. Entre éstos destacaron toda la familia de Pintado, don Alberto Volonté exhibiendo un pañuelo blanco de turfman cuyo caballo pagó placé, la viuda de Seregni, digna, serena y atenta, y Oscar Magurno, a quien un enorme saco gris (que en su enormidad parecía sobretodo) le impidió pasar inadvertido; además, se sentó al lado del intendente de Maldonado Oscar de los Santos y enseguida pareció que entre ambos alguien, muy compasivo, había colocado un tabique invisible.

Como se sabe, los diputados de todos los partidos, que lo han acordado previamente, votan al nuevo presidente y lo saludan, al tiempo que despiden con elogios a quien deja el sillón. Así, Enrique Pintado, entrante, y Julio Cardozo, saliente, fueron alabados en reiteración real durante horas. Por cierto, ambos fueron violados (perdón) por la redundancia.

Pablo Abdala (Herrerismo) se expresó con gran entusiasmo al hablar de la tarea de Cardozo, su correligionario, y dijo que a Pintado «lo voto gustoso y cómodo porque es un hombre de bien». Washington Abdala (Foro Batllista) afirmó que «Cardozo se puede ir tranquilo porque trabajó como debe ser»; al valorar a Pintado, precisó que «es una buena representación del Uruguay, porque se hizo de abajo y llegó aquí con dignidad»; empero, fiel a su picardía y aludiendo a la pasión peñarolense del nuevo presidente, sugirió que «alguien puede creer que tiene alguna patología personal».

Gustavo Borsari (Herrerismo) decidió hacerse notar. Inició su exposición recordando el primer parlamento británico de 1215, de ahí pasó a Héctor Gutiérrez Ruiz y luego llegó al presente. Achicharró a la retórica, si es que esto es posible.

Jaime Trobo (Herrerismo) cumplió con el trámite prolijamente, pero se permitió una incursión por la política con críticas a las trabas que el oficialismo pone a las iniciativas de la oposición. A su turno, Alvaro Vega (Espacio 609) le recordó que en dos años de mayoría frenteamplista se han aprobado más proyectos de blancos y colorados que los que logró la izquierda cuando estuvo del otro lado del mostrador. Esto obligó a la Mesa a leer el artículo del reglamento que establece la prohibición, en estas sesiones, de hacer alusiones personales o políticas. Los contendientes, que ya manoteaban algo en la cintura, se llamaron a la calma, comprendiendo la formalidad del momento: no era tiempo de escaramuzas.

 

Daisy, una reina

En un momento determinado ingresó a sala Daisy Tourné, todavía diputada aunque ya designada ministra del Interior.

De inmediato, una concentración de abrazos, sonrisas, palmoteos y buenos deseos estuvo a punto de detener la sesión. Hubo un abrazo particularmente emotivo con Nora Castro (Espacio 609), que conmovió a los presentes.

De todos modos, hay que decir que fue como si hubiese entrado a la Cámara, cual desprendimiento del temporal de lluvia y viento que se padecía afuera, el «huracán Daisy». Una divina, la flamante ministra. Le dio nota a todo medio que se lo pidió. Ligó hasta la Hoja Parroquial de Sauce.

Recobrada la serenidad, se reanudaron los saludos y halagos para Pintado y Cardozo. Es posible destacar la intervención de Carlos Gamou (Espacio 609), quien, hablando del nuevo presidente, dijo: «Le admiro el sentido del humor, la capacidad de reírse de sí mismo. Y ha madurado, ha madurado mucho. Vean que el otro día mi cuadro perdió 3 a 0 y no me baboseó».

 

El discurso de Pintado

Con la emoción pintada en el rostro, Enrique Pintado agradeció a Astori por haberle permitido participar del proyecto político que desde 1993 comparten. A renglón seguido, recordó al general Seregni al decir que «la democracia es un pacto para resolver pacíficamente las diferencias y un puente para ir al encuentro de aquellas realizaciones que nos trascienden».

Sobre la actividad legislativa de este año fue muy enfático y claro: «Somos conscientes de que la gente le pide al Parlamento más de lo que constitucionalmente puede resolver. A ello tenemos que agregar una creencia muy difundida en la sociedad acerca de que todo se arregla con una ley. Prefiero pocas leyes que se cumplan y no muchas leyes de aplicación flexible. También se pide al Parlamento una ejecutividad propia de otros poderes y ajena a un poder donde lo que predomina es la diversidad y la representación de cuerpos ideológicos. Nos esforzaremos para aclarar a la ciudadanía que el mejor producto legislativo es hijo del debate, del intercambio de ideas y que no siempre rápido es sinónimo de bueno, porque a veces puede ser de apuro, nomás».

Más tarde procedió a describir las principales iniciativas que se propone impulsar, que fueron ya discutidas con todas las bancadas y que se agrupan en acciones destinadas a la promoción de ciudadanía: programas destinados a los niños, del tipo de «Si yo fuera diputado o diputada» y «Aprendemos y decidimos en democracia», que fomenten la participación infantil; programas para adolescentes como «La feria de estudios terciarios y universitarios»; programas para el público en general al estilo de «Corre caminata ciudadana y solidaria», a fin de recaudar fondos para noventa y nueve escuelas públicas; y muestras en el Salón de los Pasos Perdidos para que la gente sienta que el Palacio Legislativo es su casa.

 

Una alusión personal

El diputado Pint
ado ­perdón, el señor presidente de la Cámara de Representantes­ me había conminado a no faltar a esta sesión. Me explicó que traería una corbata con los colores de Peñarol, el club que ama, absolutamente inusual. Digna, dijo, de entrar al libro de Guinness o de ser reproducida al óleo por Hugo Nantes. Y me pidió un comentario acorde.

Cuando lo observé ingresar al recinto con un sobrio traje oscuro a medida y una corbata a rayas blancas y grises de estilo italiano ­de Milán, ni siquiera de Roma­ casi me da una pataleta.

¡Con lo que estamos sufriendo con Gregorio Pérez, cómo me pudo hacer esto, señor presidente!

Pero el tipo no se escondió, al contrario. Demostrando la clase de hombre que es, tan lleno de humor y benevolencia, destinó un improvisado párrafo de su discurso a tal situación y, por tanto, a mi minúscula persona.

Declaró ante sus pares, en plena ceremonia formal a sala llena, que se disculpaba conmigo por no haber cumplido su promesa. Y explicó que había acatado la unánime y enérgica decisión familiar. Me quedó la impresión que en casa le dijeron, con la patrona a la cabeza: «Todo bien, papá, con Peñarol y los chistes sobre las corbatas. Pero no jodas. Es un momento institucional que exige una mayor formalidad».

La familia tenía razón, Enrique. Además, estaba usted tan elegante, tan parecido a un duque de Herefordshire, una suerte de Bertrand Russell ya tocado por la reina pero todavía joven, que valió la pena. Créame.

La corbata de Peñarol la trae otro día. No va a faltar oportunidad. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje