La bibliografía sobre la historia reciente está abierta a nuevos aportes

Brovetto: "No queremos historias oficiales; esta es una guía plural"

Ya había concluido la presentación oficial. Habían hablado largamente el ministro Brovetto y el presidente del Codicen, Luis Yarzábal.

El senador Francisco Gallinal (Correntada Wilsonista) pidió la palabra, aclarando que deseaba que se le diera más tiempo que los quince minutos estipulados, pues de lo contrario quedaba en inferioridad de condiciones. Sintió la cruda indiferencia de la Mesa y presentó una moción de orden pidiendo una extensión. Eduardo Ríos (Asamblea Uruguay) ­ejerciendo la presidencia de la Comisión Permanente del Poder Legislativo­ la puso a votación y se equivocó en el conteo: la comunicó aprobada por error, Gustavo Bernini (Partido Socialista) pidió una rectificación, se hizo la misma y, al final, la moción fue rechazada. A Gallinal le agarró una pataleta fenomenal.

 

Ríos: ­Cálmese… ¿Me permite, senador?

 

Gallinal: ­¡No le permito nada! ¡Me van a cercenar el derecho a la expresión! ¡Entonces levantamos la sesión y ya está…!

 

Ríos: ­A la Mesa sólo le interesa cumplir el reglamento…

 

Gallinal: ­¡Qué reglamento, ni reglamento! ¡Esto es un atropello de la mayoría! ¡Quédese con la palabra y haga lo que quiera!

 

El escándalo fue contenido a duras penas por otra intervención de Bernini, con una tierna alusión a un ilustre pensador compatriota, Alberto Kesman, a quien parafraseó sin pudor: «Una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa». Cuando todos se daban vuelta a mirarlo, temiendo que hubiese perdido la razón, Bernini pidió un cuarto intermedio. Al regreso, el diputado socialista dijo que el oficialismo aceptaba que hubiese debate libre ­de hecho se permitía extender el tiempo de Gallinal, como él quería­, aunque aclaró que una situación semejante no se daba desde 1838, año de redacción del reglamento de la Comisión Permanente.

Imperturbable frente a tamaña precisión cronológica, el senador blanco, a quien el entrevero no impidió seguir prolijamente peinado, hizo una pormenorizada exposición, básicamente política. A su juicio, todos los desencuentros acerca del tema que había motivado esta sesión comenzaron cuando, pese a los acuerdos programáticos de 2005 entre el gobierno electo y la oposición, colorados y blancos no pudieron acceder a cargos en el Codicen.

 

Antes: Lacalle y Abdala al ataque

Luis Alberto Lacalle Pou (Herrerismo) inició la sesión corrigiendo con talante severo a quienes han dicho que estas convocatorias son un «aburrimiento veraniego». El joven legislador dijo que la forma que tiene la oposición de participar del gobierno es ejercer el contralor de las acciones del Poder Ejecutivo.

Enseguida perfiló el ataque mirando fijo al ministro de Educación y Cultura ­a quien es notorio que la frente le está invadiendo la canosa cabellera y vestía un traje beige cuyo tono impedía inadvertirlo­: «Esto de la enseñanza reciente no es nuevo, no se inventa la pólvora con ella, ya se hacía en 1993″; el gobierno «siempre nombra en cargos clave a personas que le son afines política o ideológicamente»; en el concurso de historiadores Enrique Mena Segarra quedó en el lugar veintiséis y José Claudio Williman en el lugar nueve; la forma de redactar la guía para docentes a fin de enseñar la historia reciente «es un recorte y pegue, la filosofía de la fotocopia»; en la guía hay faltas de ortografía a mansalva y se inventan palabras; «es una visión patológica, miope y deprimente del pasado de la patria»; y la guía tampoco es imparcial porque, por ejemplo, «abunda sobre la dictadura y minimiza la acción guerrillera que desestabilizó al país».

Con un énfasis juvenil que ya es marca en el orillo, Lacalle Pou remató su exposición aludiendo a que no se profundiza en el Pacto del Club Naval: «Hay que mirar al pasado, sí, pero a todo, porque si se discute la Ley de Caducidad es porque antes hubo un pacto; no se puede enseñar para sacar réditos políticos entre adolescentes», sentenció, enojado pero sin perder la pulcritud.

Washington Abdala (Foro Batllista), histriónico y erizado como pocas veces, y muy pícaro para filtrarse antes de que Brovetto respondiera a quien lo había convocado, alzó su voz de barítono arguyendo que en la ya famosa guía «faltan documentos»: según su repaso, no están los discursos de asunción de los presidentes del período considerado, no están las leyes de presupuesto y no está la Ley de Caducidad. «Se arma el menú y después se navega por los autores predilectos», acusó. De pronto, gesticulando otra vez como Pavlovsky en sus unitarios, declamó: «¿Qué es esto? ¿Quiénes se ponen en la cima del mundo y con su dedo dicen ‘esto sí, aquello no’? Porque eso no corresponde. ¡Acá nos están declarando boleta! ¡Acá hay una dialéctica del poder! ¡La izquierda ha penetrado la educación en un copamiento intelectual!».

 

Convicción y monotonía

El ministro Brovetto ­al fin beneficiado por el uso de la palabra­ miró a Abdala como si lo viera por primera vez y aclaró que esta guía para docentes, preparada para la enseñanza de la historia reciente, pertenece a un proceso que se inició apenas asumido el gobierno. En esa época se propuso un plan para la educación y se convocó a los demás partidos. Tal acción, que inicialmente fue recibida con entusiasmo por la oposición, derivó en un documento titulado «Desafíos de la educación uruguaya» (el ministro leyó largos tramos, con una voz monocorde y grave, carrasposa, que hizo pestañear a más de uno; creo que fue entonces que Carlos Baráibar dejó la Mesa en manos de Eduardo Ríos y escapó).

Brovetto explicó que, a partir de ese documento, se plantearon varios ejes de discusión: educación para todos; educación y ciudadanía; educación en el desarrollo; y educación en la sociedad del conocimiento. «Ya entonces ­levantó el tono, pero el registro alto le duró poco­ se hablaba de la defensa de la laicidad, de alejarse del dogmatismo y de estimular la diversidad de opiniones y posiciones».

«Es de aquella discusión inicial ­reveló observando a la oposición con un aire de triunfo reprimido­ que salió una primera guía. Y se llamó a todos a proponer ideas, sin temor a disentir. Nunca se trató de lograr acuerdos unánimes, sino de resolver el complejo problema entre todos». Agregó que esa convocatoria dio origen al debate educativo, del cual pudieron participar quienes quisieron y que dejó tres documentos a considerar: el de las asambleas territoriales, los aportes documentales de organizaciones públicas y privadas y las recomendaciones del Congreso Nacional de la Educación.

«No queremos historias oficiales y esta es una guía plural», concluyó con una convicción que, pese a su monotonía vocal, conmovió como un trueno, dándole paso al presidente del Codicen.

Este buen hombre, calmadamente, elegante, inmune a la alta temperatura, paseó a los presentes por los antecedentes de la enseñanza de la historia a nivel universal. Su verba insulsa y la duración que iba teniendo la explicación dejaron paso, por un momento, a la impresión de que todos podríamos sufrir una apoplejía (incluso imaginé que los ventiladores giraban más lento y gemían). Por suerte no ocurrió nada grave, aunque a Carlos Moreira (Alianza Nacional) se lo vio extrañamente despatarrado en su banca y con un rostro de adorable incomprensión.

La cosa es que Yarzábal fue serio, profesional y, sobre todo, convincente. Algunos de sus dichos fueron una joyita: «El Codicen no piensa oponer ninguna barrera espacial, temporal ni ideológica en la enseñanza reciente»; «los historiadores seleccionados darán cursos a los docentes, no a los educandos»; «nunca se nos pasó por la cabeza que hubiese que elegir a un docente por su pertenencia política y no por su capacidad académica»; «el período estudiado en el programa de ‘la historia reciente’ va desde 1945 a 2004″; «Mena Segarra y Williman no han escrito ni investigado sobre ese período»; «la bibliografía
está abierta a nuevos aportes, en tanto aquí no hay objetivos políticos»; y finalmente, «la guía para los docentes no es excluyente, porque admite visiones diversas».

Por las dudas ­aunque Yarzábal estaba lejos de necesitar una mano­, otra integrante del Codicen, Lilián D’Elía, añadió, con más fervor, que la guía «es una selección bibliográfica y no un manual, y respeta la laicidad y la pluralidad de ideas».

 

Un cierre habitual

Ahora que lo pienso, el incidente que involucró a Gallinal y a Ríos ­contado al comienzo­ pudo haber sido influido por el calor. Igual creo acerca de ciertas fricciones que, al final, provocó Alvaro Lorenzo (Alianza Nacional) reprochándole al oficialismo el contenido ideológico que a su juicio tendrá la enseñanza de la historia reciente, así como sus procedimientos típicos de «partido único». Poniendo el pecho a esas balas se paró Bernini, que hoy parecía un boy scout ­aunque ahora sin recurrir a Kesman ni a Yannuzzi y su pastillita­, respondiendo, entre otras cosas, con la teoría del falso silogismo (¡tomá pa’vos y tu tía Gregoria!).

Pero, insisto, el calor era espantoso. Abdala lo soportó haciendo garabatos en una carpeta y sudando como un lama; Lacalle Pou, aflojándose la corbata a cada rato; Pablo Alvarez (Espacio 609)… ¡tomando mate! (¿con cubitos?) y Baráibar, ah, Baráibar, luego de clavar de cabeza a Ríos en la Mesa, siguió perdido en algún lugar con seguridad más placentero.

Eso sí: Brovetto y Yarzábal, cual dos nobles británicos discurriendo con sublime prudencia por los jardines de Holland Park, entraron y salieron hechos una pinturita. Ni transpiraron. *

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