Al progresismo en avance le falta entender el factor nacional
El pasado 10 de enero tres hombres, tres presidentes de ojos «achinados», mestizos y de sangre autóctona, se juntaron en Managua para conmemorar que dos de ellos volvían a la presidencia de sus respectivos países, mientras el otro lo había hecho por primera vez hace pocos meses, recordando que su madre no podía caminar por determinadas veredas de sus pueblos porque las clases dominantes la despreciaban por el solo hecho de ser pobre e indígena.
Dos de los tres «achinados», que repiten son el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y el de Nicaragua, Daniel Ortega. El otro es el presidente boliviano Evo Morales.
Esta vez no se escuchó el canto de Daniel Viglietti con su «dale tu mano al indio, dale que te hará bien», pero sí «el pueblo unido jamás será vencido» que generalizaran los Quilapayum, quienes recogieran el grito de las multitudes chilenas y uruguayas en los dos primeros años de la década del 70, lideradas por Salvador Allende y Líber Seregni.
Los humildes y desheredados han irrumpido desde el río Bravo a la Patagonia Sur, han llegado al gobierno y desde allí comienzan a transitar por el camino de los sueños que quieren que se vuelvan realidad.
Allí está la Cuba de Fidel que los esperó para estrecharles las manos de gobierno a gobierno, la Nicaragua de Daniel Ortega, el Panamá de Torrijos, la Venezuela de Chávez, el Ecuador de Correa, el Brasil de Lula, la Argentina de Kirchner, el Chile de Michelle Bachelet, el Perú de Alan García y nuestro Uruguay de Tabaré Vázquez (y nos sacaron sobre la hora el gobierno a Manuel López Obrador en el México querido). Desde el centro a la izquierda, bajo el paraguas del progresismo, «todo mezclado», diría el poeta negro Nicolás Guillén.
Si todo esto está pasando, ¿por qué no sentirlo con alegría, tal como se lo habían imaginado los actores del cambio, si ahora «tengo lo que tenía que tener»?
La fiesta que no fue
Si el cuadro político actual de América Latina se hubiera presentado en la década del 60, seguramente la euforia popular hubiera sido generalizada. Es que en aquella década los pueblos no conocían las derrotas provocadas después de haber conquistado el gobierno en algunos casos hasta el poder , aunque se conocía la derrota permanente que es la que se sufre desde el llano. Quizás más grave, pero menos impactantes que aquellas que ocurren luego de haber conquistado el gobierno y haber comenzado a realizar las transformaciones.
Las fuerzas del cambio que encabezan estas gestas populares contradictorias, contienen menos certezas en sus mochilas que en aquellos años (hoy la economía mundial es mucho más compleja, a pesar de que el capitalismo sigue tan campante), cargan además con el peso del fracaso del socialismo real y las dudas sobre el futuro de Cuba (aunque no lo digan) antes sufrieron el crimen contra Salvador Allende y los errores de la Unión Popular, la explosión de la izquierda italiana, la derrota del sandinismo y el fracaso de los nuevos regímenes surgidos con la descolonización de Africa, continente sumergido en la miseria y gravemente herido por el VIH.
A pesar de todos estos elementos negativos, que generaron un cuadro cultural y político sumamente complejo, las multitudes latinoamericanas lograron abrirse paso por las fisuras que fue sufriendo el bloque dominante, ganado por la gula del enriquecimiento y por el pensamiento único que se expresó con el neoliberalismo.
En este marco contradictorio, por momentos tenso, frustrante y apocalíptico, la izquierda comenzó a ganar espacios en cada país, pero expresando procesos de acumulación muy distintos e interpretando diversas clases y capas sociales. Porque no es lo mismo el FA incorporando a sectores liberales, que al movimiento social de Bolivia.
El progresismo tiene en Latinoamérica historia, ideas y programas comunes, pero también presenta diferencias que no son menores. Por ejemplo, no es la misma historia democrática e institucional la de Uruguay que la de Perú, ni es el mismo desarrollo capitalista el que presenta Brasil, si lo comparamos con el que tiene Bolivia. Tampoco son iguales las urgencias de cada pueblo, ni los obstáculos que tiene que sortear, aunque existe una situación similar de subdesarrollo y de dependencia de los mercados globales, de los centros financieros mundiales y de las oligarquías nativas y en muchos casos racistas.
Reducir el análisis de las contradicciones que han surgido entre los gobiernos progresistas a solo un asunto de carácter ideológico, donde moderados y radicales o modernos y ortodoxos se enfrentan, es reducir el problema a una mala caricatura.
Los nuevos gobiernos progresistas llegaron con la carga de la historia, en medios de procesos de acumulación diversos, con culturas muchas veces diferentes (no es lo mismo un descendiente azteca a uno que bajó del barco), con economías, situaciones sociales, recursos naturales y puntos geográficos muy distintos y con intereses nacionales que son contradictorios y que fueron condicionados primero por el colonialismo y después por las relaciones de dependencia con Estados Unidos.
Además, con un elemento en común que puede ser determinante: a ninguno de los países latinoamericanos donde gobierna el progresismo tampoco donde gobiernan los conservadores, se ha logrado una equidad social más o menos aceptable. Todos esos gobernantes tienen como desafío prioritario darle de comer a su gente. Y dar de comer da trabajo.
Trabajar sobre la diversidad
Latinoamérica progresista tiene la responsabilidad de que la alegría de hoy no se transforme en la tristeza y desesperanza de mañana. A este continente no le puede pasar lo que ocurrió con el proceso independentista de Africa, que el nuevo mundo que pareció nacer desapareció como agua entre las manos.
Si bien la realidad social, económica, política y cultural de Latinoamérica es muy distinta a la de Africa, los graves errores pueden volver a repetirse por la ansiedad de cumplir en pocas horas con los sueños añorados, gracias a los vientos a favor que soplan.
Hoy hay dos líderes, ambos presidentes reelectos, que expresan a países fuertes en lo económico, que parecen disputarse el rumbo y el pulso de la integración latinoamericana. Ellos son Lula y Chávez, donde el brasilero preside una economía mucho más desarrollada y poderosa que la venezolana, pero tiene el limitante de que el resto de los pueblos habla español y no portugués.
Si la integración del continente y su incorporación al mercado mundial pasa por primero definir y acordar el contenido de los programas en cada país, lo más seguro es que el fracaso de la nueva época se coloque en el horizonte.
Si el progresismo no intenta transformarse en un pensamiento único de izquierda y acepta la diversidad y se proyecta al mundo con una carta básica de entendimientos, el éxito puede ser una posibilidad cierta. Para ello, la forma de cómo pararse ante los grandes centros de poder mundial como Estados Unidos y otros, es una definición importante e ineludible.
Uruguay, con un Frente Amplio que sabe trabajar la diversidad, tiene algo para aportar, a pesar de su pequeñez. Si no entra a la cancha a jugar, quedará solo como aquel ruso que quedó dando vueltas a la Tierra cuando la implosión de la URSS. Para ello tiene que dar señales claras de que se siente parte de los cambios latinoamericanos, que requieren de países y de fuerzas políticas que construyan diplomacia y más diplomacia, como dice el maestro brasileño Luis Alberto Moniz Bandeira, columnista de La Onda digital, inspirador entre otros del pensamiento de Itamaraty. Y una diplomacia positiva se construye conversando, conversando y conversando (tomando una grapa o una tequila entre mate y mate), tejiendo salidas comunes. No hay otra, macho. *
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