Reforma tributaria: discurso de los partidos tradicionales es apocalíptico, como el de Gualeguaychú

Blancos y colorados apuestan a ganar las capas medias perdidas

La idea de ambas dirigencias tradicionales –con el aporte de los medios de comunicación que las apoyan–, es librar una batalla política, ideológica y cultural entre aquellos uruguayos pertenecientes a los sectores sociales medios del país, que son históricamente constructores de una ideología centrista, muy sensibles a los cambios económicos y a las cuestiones del bolsillo.

Sectores que son capaces de pasar del gasto desmesurado en fuegos artificiales, a entrar en pozos depresivos agudos cuando llega la hora de pagar impuestos.

 

Estrategia con historia

El Partido Colorado, la colectividad que sólo conoce el poder por el poder mismo, fue el maestro de esta estrategia de trabajar sobre las capas medias en las décadas del 60 y del 70, cuando con inteligencia puso en el centro del debate la contradicción orden-caos, al aparecer distintas formas de la violencia.

Fue así que el «caos» terminó identificándose con el Frente Amplio, la izquierda, los sindicatos, la enseñanza, la cultura, la Iglesia, los pobres y hasta el propio discurso de Wilson Ferreira Aldunate. Mientras que el «orden» quedó en manos de los colorados y los «blancos baratos», a los que posteriormente se identificó con los militares golpistas. El golpe de Estado se concretó enarbolando la bandera del «orden», teñida de anticomunismo y de otros ideologismos.

Hoy la situación es otra ­ muy otra, aunque los colorados y el diario El País no hayan cambiado- , pero las destinatarias del mensaje siguen siendo esas capas medias temerosas ante toda novedad.

La idea de la dirigencia tradicional es meterle en la cabeza a los «medio tripa» (capas medias) que con la reforma tributaria no sólo van a perder poder de compra, sino también el estatus del que hoy gozan.

El discurso de blancos y colorados es apocalíptico: las capas medias van a pagar más impuestos, van a perder poder adquisitivo, los jubilados serán perjudicados, los alquileres subirán un 29%, la Contribución Inmobiliaria trepará hasta en un 500% en algunos casos y la inflación no podrá ser controlada. Lo único que les falta asegurar es que los niños nacerán con tres cabezas, cinco ojos y seis dedos, anuncio muy similar a los piqueteros de Gualeguaychú.

Quien mejor ha afinado el lápiz para aplicar esta estrategia, ha sido el doctor Julio María Sanguinetti, quien anunció que lanzará un plebiscito para impedir que las jubilaciones se vean perjudicadas por la nueva reforma impositiva. Ese plebiscito, además, será puesto a consideración de la ciudadanía el mismo día de las elecciones.

Una buena e inteligente jugada para captar votos y quitarle el centro social e ideológico a la izquierda, que en los últimos comicios nacionales logró morder parte importante de ese electorado siempre oscilante y, por lo general, conservador. También ha trascendido que blancos y colorados ya han tenido encuentros reservados para encontrar mecanismos que impidan que las jubilaciones paguen impuestos.

 

Batlle ganó en 1999

Jorge Batlle ganó las elecciones nacionales de 1999 asustando con la reforma tributaria del FA. En aquellos días las capas medias se volcaron a la derecha, cosa que no ocurrió en 2004 por dos razones: a) porque la izquierda tuvo una fina política para no asustar al centro político y social del país; b) porque la bancarrota de 2002 había sido tan grande que no había espacio para asustar a las ya aterrorizadas capas medias que querían abrazarse a algo creíble y nuevo. La izquierda, en ese año, fue creíble, serena, conservadora y estabilizadora en el mejor sentido de la palabra. Por eso ganó.

En los últimos días del pasado año la izquierda reaccionó rápidamente ante el anuncio de Sanguinetti, tratando de desacreditar al mensajero por su pasado negativo, según lo entienden los dirigentes del Frente Amplio y el propio electorado uruguayo.

Da la impresión de que esa línea argumental no tiene un largo aliento y que para el próximo 1º de julio, cuando se comience a aplicar la reforma tributaria, se necesitará otro tipo de argumentación, por cierto más elaborada y de mayor penetración ciudadana.

De esto hemos hablado con algunos dirigentes del FA, quienes parecen no comprender lo que está en juego. Se nos ha dicho: «Pero la reforma tributaria es mucho más justa que lo que existía, ¿por qué quejarse?». Por cierto que eso lo hemos reconocido, pero mareados por los buenos espíritus de fin de año no captan que la crítica no va por el carril de lo que es más justo o menos justo, sino que el asunto es saber cómo el gobierno va a dar pasos para seguir acumulado fuerzas ­ construir consensos- en la perspectiva de una mayor y más profunda justicia social.

Si se reduce el análisis al área de «lo justo», el planteo se puede llevar al extremo de que lo mejor sería repartir toda la riqueza existente en el país entre todos los uruguayos. Aunque al otro día, si esta locura se llevara adelante, todas las capas medias y pudientes (ricas y oligárquicas, si usted quiere hablar con ese lenguaje) se alzarían contra el gobierno. Y no sólo eso: al otro día quebraría el aparato productivo, lo que también provocaría el malestar de los sectores más humildes, después de que se gastaran las joyas de la vecina.

El tema entonces es otro y es el que está dentro del espíritu de la reforma tributaria: redistribuir la riqueza gradualmente, mientras que se deja un margen importante para que haya una reinversión en el aparato productivo. Pero este equilibrio de intereses lleva necesariamente a un aporte importante de las capas medias, donde los sectores menos pudientes ­ las capas más bajas – pueden sentirse heridas.

Se ha dicho también que el 80% de los contribuyentes se verá favorecido por la reforma, lo que muestra sus virtudes democratizadoras. Pero convengamos que el impacto de pagar mil pesos más por mes es mucho mayor que dejar de pagar 150 pesos.

De lo que no hay dudas es que en julio los uruguayos estarán haciendo cuentas y que habrá un sector de la sociedad seguramente pequeño, pero fuerte cultural e ideológicamente, que estará descontento y molesto. Si a ese sector, por lo general politizado, no se le alinea, no se le convence, no se le da argumentos, va a contribuir con el descontento montado desde las tribunas de blancos y colorados, más los lúcidos operadores periodísticos que les son afines.

 

Disparen contra Astori

Será una batalla muy dura la que tendrá a mitad del año en nuestro país la izquierda, cuando junto al calendario político se conjugará con la depresión tradicional de los días grises y el frío que aumenta los gastos en calefacción.

Una batalla en la cual la izquierda y el gobierno no tienen voceros sociales que los apoyen en esta materia, con excepción del PIT-CNT, que siempre pone un «pero» antes de decir «apoyo». No se necesita ser un lince para saber que la Asociación Rural, la Cámara de Industrias, la Cámara de Comercio, los sectores profesionales y bancarios se incorporarán al malestar, en el cual el ministro Danilo Astori será el centro de la crítica. El mismo ministro que en 2004 le dio a esas capas medias la necesaria tranquilidad para que prestaran su voto al doctor Tabaré Vázquez. La idea de los dirigentes de los partidos tradicionales es golpear duro a Astori, con la intención de separar al resto de la izquierda del ministro de Economía, provocando disonancias internas. Y si eso no se lograra, tienen un Plan B: desgastar a Astori y con él a toda la fuerza política, para separar al gobierno de esas capas medias componentes del centro político, el núcleo duro resistente al cambio.

Esta compleja situación puede llevar a que quienes quieren en el FA un ajuste de rumbos en la política económica, no encuentren espacio porque deberán rodear a Astori, que será el blanco fijo de todos los disparos de nacionalistas y colorados.

Una vez más Vázquez tiene la clave y la responsabilidad del éxito, para el que tendrá que demostra
r que está intacta su capacidad de diálogo con la población, sin requerir de intermediarios, además de ejercer el poder presidencial en toda su plenitud.

Como si esto fuera poco, 2007 puede ser el año de la reforma del Estado, de la enseñanza y de la salud (que en los próximos once meses no nos aburrimos, no nos aburrimos).

Bienvenidos al nuevo año. Y como me dijo un vecino de 82 años de edad: «Feliz entrada al 2007 y feliz salida». Su preocupación era la salida. Razones tenía. *

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