Para algunos intendentes

Me he enterado, en mi hasta ahora placentero retiro veraniego, que dos señores intendentes ­Amaral y Pintos, el primero de Treinta y Tres y el segundo de Paysandú y presidente del congreso de jefes comunales­ se han molestado profundamente porque, en su percepción de dichos míos recientes, yo les habría llamado mentirosos. ¿La razón de mi supuesto agravio personalizado? Decisiones adoptadas por algunos intendentes sobre la patente de rodados, que violarían el acuerdo suscrito el 4 de diciembre en Paso Severino.

Primera cosa: hablemos del agravio que entienden personal.

No voy a inferirles ahora otro, éste real, acusándolos de que no han sabido leer. A veces ocurre, cuando uno no está habituado a las críticas con humor o ironía (y no hay mejor servicio que se pueda hacer a un servidor público que criticarlo de ese modo), que se dramatiza y por tanto se desproporciona el alcance de lo que ha sido leído.

Cuando yo digo «los intendentes son unos mentirosos», no se lo estoy diciendo a Amaral, a Pintos o a Vidalín, por citar uno más que no sé si está enojado.

Es un concepto expuesto general, institucional e históricamente; numerosos intendentes, a lo largo de décadas, siempre han tenido un problema serio con el respeto de los acuerdos a los que, no con la frecuencia deseada, llegan tras escarceos varios. Esto es así, lo prueban los tercos hechos y va más allá de Amaral, de Pintos o de Vidalín.

Hablando de Vidalín ­y permítanme los ofendidos una digresión­ recuerdo que hace unos meses tuvimos un ligero desentendimiento, que él resolvió con un humor mucho mejor y más saludable que el mío, razón por la cual sumó y no restó, entendió sin enojarse y aportó a que todo fuese más claro para los lectores (los ciudadanos). Pero, obviamente, no todos tienen la personalidad de Vidalín.

De todos modos, como soy devoto del postulado y no del dogma, y siempre estoy preparado para asumir que he errado en algo, pido disculpas a los señores Amaral y Pintos porque mis dichos, que no buscaron eso y que creo no fueron comprendidos en su intención histórica y generalizadora, los hayan ofendido.

Segunda cosa: ¿las decisiones de algunos intendentes sobre la corrección de la patente de rodados viola o no el acuerdo de Paso Severino? Ah, yo creo que sí, aunque los señores Amaral y Pintos digan que no.

Y me refiero al espíritu de ese acuerdo, similar al de tantos otros acuerdos frustrados antes, que no busca más que eliminar diferencias hacia la búsqueda de una patente nacional, único modo real, no virtual, de evitar el verdadero problema: que la gente siga tratando de empadronar sus vehículos en los departamentos donde el tributo es más barato. ¿O a qué le han llamado los propios intendentes, durante años, «la guerra de las patentes»? Esta es mi interpretación, y no por la letra fría del acuerdo del 4 de diciembre, sino porque hace decenios que lo vengo constatando en las declaraciones de muchísimos intendentes con los que, a lo largo de ese tiempo, he conversado el tema. Tengo la absoluta convicción moral de que el quid del asunto es ése.

Pero, como digo siempre, puedo estar equivocado; es más, prefiero que los señores Amaral y Pintos tengan razón. En general, prefiero que los otros tengan razón. No saben lo liberador que resulta. Por otra parte, mi misión periodística, como libre pensador crítico que practica la ética del postulado, no es tener razón. Es ayudar a pensar; es contribuir con mis ideas, aunque no sean acertadas.

El trabajo de persuadir a los contribuyentes que nadie ha violado nada y que todos están cada vez más unidos en procura de la mejor solución, no es mío. Es de los señores Amaral y Pintos, entre otros.

Y de eso sí, yo no tengo la culpa. *

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