"Yo conocí a Mengele en Auschwitz"
Ana Benkel de Vinocurt vive en Uruguay y es la secretaria general del Centro Recordatorio del Holocausto. También ella sobrevivió a Auschwitz, donde varias veces tuvo a Mengele frente a frente. No sin cierto orgullo es capaz de relatar cómo logró «engañar» más de una vez al médico, incluso en una oportunidad «para salvar la vida de mi madre», según dijo a LA REPUBLICA.
«Tengo muchos años» –asegura con una sonrisa– «porque festejo dos veces mi cumpleaños: el día que nací de 1926 y el 3 de mayo de 1945 cuando terminó la guerra. Soy de Lödz, segunda ciudad de Polonia. Ahí permanecí encerrada en un gueto durante cuatro años y medio. Después que mataron a casi toda mi familia, junto con mi madre fuimos detenidas y enviadas a Auschwitz. Allí estuvimos varios meses, no sé cuánto tiempo, y vi en varias oportunidades a Mengele, un hombre muy elegante, que no tenía pinta de ogro. Siempre usaba una larga bata blanca y caminaba muy elegantemente mientras se apoyaba en un bastón».
Benkel recuerda que los nazis contaban a los prisioneros todos los días. «Entonces aparecía Mengele y decía… hoy vamos a jugar de a cinco… y empezaba a contar… uno, dos, tres, cuatro y a la quinta se la llevaban. Cuando llegaban los soldados alemanes, heridos en el frente de batalla, usaban la carne de esas chiquilinas para hacerle injertos. Mi madre estaba muy mal, muy demacrada, sufríamos mucho. Habíamos perdido a toda la familia y en ese campo corría mucha sangre; todos los días veíamos fusilar o ahorcar a mucha gente y además estaban esos hornos».
Recuerda que un día apareció Mengele y les dijo que las iban a trasladar. Pero yo, que tendría entonces unos 16 años le dije a mi mamá que nos iban a sacar de la barraca 26 para matarnos. Entonces empezamos a caminar por el patio, por suerte yo había tirado unos suecos de madera que nos daban y estaba descalza. En eso, se me pegó en el pie una cascarita de remolacha. Yo intuí un milagro de Dios porque con esa cascarita iba a poder pintarle la cara a mi mamá para que no se viera tan mal y terminaran matándola. Y así fue, se salvó porque su cara estaba llena de color».
Los recuerdos y el relato surgen fluidos. No hay odio en la voz de esa amable mujer, pero al final de la charla dice con mucha seguridad: «Dios no quiso que me fuera al otro mundo, quiso ser bueno conmigo para dejar algún testigo. Siempre pienso que yo soy como una pequeña astilla que se desparrama cuando se corta un árbol. Estoy en este mundo para pinchar».
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