De la cervecería de Munich al campo de concentración
Wisenthal sostuvo que el nombre de Joseph Mengele era familiar a cuantos estuvieron en campos de concentración, «incluso si nunca pasaron por Auschwitz». En 1944 fue él quién determinó si miles de húngaros presos en ese campo de concentración debían vivir o morir. «Odiaba especialmente a los gitanos y ordenó la muerte de miles de ellos» relata Wisenthal en su libro «Memorias».
Mengele, el menor de tres hermanos (Karl, Hallois y Josep), había nacido el 16 de marzo de 1911 en Günzburg, una pequeña ciudad de 12.000 habitantes ubicada a orillas del río Danubio en Baviera. Su padre, Karl Mengele, era fabricante de maquinaria agrícola y el mayor industrial de la ciudad, tanto que la mayoría de los residentes en el lugar estaban directa o indirectamente vinculados a la empresa. Aún no había cumplido 20 años cuando conoció a Adolf Hitler de quién se hizo un fanático seguidor. Era la época en que los fundadores del Tercer Reich eran apenas siete extremistas de derecha que se reunían en una cervecería de Munich. Uno de ellos era Mengele por lo que, cuando Hitler accedió al poder votado por millones de alemanes, ocupó un lugar de relevancia en las Waffen SS y prestó servicios en Francia y Rusia durante la segunda guerra.
Además de médico graduado en la Universidad de Frankfurt, Mengele había obtenido un título como doctor en filosofía de la Universidad de Munich dónde estudió especialmente a Kant y al ideólogo hitleriano Alfredo Rosemberg.
Con el apoyo de Himmler, el sanguinario jefe de la GESTAPO, fue nombrado en 1943 como doctor en jefe de Auschwitz. Allí acuñó el nombre de «ángel de la muerte». Su aspecto físico no le provocaba satisfacción ya que tenía más tipo de gitano que de un «orgulloso ario», con lo que soñaba y para lo que trabajó.
Mengele se hizo miembro del cuerpo de elite Waffen SS, una organización que exigía pureza racial en sus miembros, cónyuges y familiares, preferiblemente hasta la cuarta generación. Se había enamorado de Irenna Schumbaimm, de quien más tarde afirmaría: «Era hermosa y bien educada… fue el amor de mi vida». Cuando él decidió casarse con Irenna, hubo una interrogante acerca de sus antepasados, porque uno de ellos fue hijo extramatrimonial y existían dudas acerca de sus ancestros. Por eso, debió redactar documentos afirmando que no habían rastros de impurezas raciales ni sangre judía, algo que sería un pecado imperdonable para un oficial nazi de su jerarquía, proveniente de una familia aria pura y, además, católica. Por otra parte Irenna provenía de una familia luterana, lo que hacía su situación extremadamente incómoda.
El escritor Gerald Astor en su libro «El último nazi» sostiene que Mengele siempre decía que debía hacer algo especial para, definitivamente, probar su capacidad académica. En tanto que Julius Disbach, un ex compañero de clases, lo definió como «un estudiante brillante y extraordinariamente ambicioso. Siempre intentaba hacer algo fuera de lo común, para ser un gran científico». Otras personas que lo conocieron dijeron que «era muy agresivo y fanático patriota».
Por su parte el investigador Enrique Solís sostuvo que «por entonces la medicina y la música florecían y Berlín era considerada una de las ciudades más refinadas, incluso más que París. Nuevos conceptos sobre la evolución de la raza humana se discutían.
Las teorías de Darwin eran contrastadas con los nuevos descubrimientos y una nueva ciencia causaba revuelo: era la Eugenia o Eugenesia, el estudio de los cruces genéticos».
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