Después de 32 años metido en los hornos de ladrillos, pasó a ser "revisador" de alcoholes en la frontera seca

Colotuzzo: "Hoy en el BPS hay 50 mil cotizantes menos que hace un año"

–¿A qué edad trabajó por primera vez?

–Fue a los 12 años, en los ladrillos. En mi actual barrio, si usted estuvo, ¿se acuerda?, fue con Jorge Arellano. Trabajé 32 años en las fábricas de ladrillos. Abastecía a la máquina con la tierra.

–Su familia, ¿cómo estaba integrada?

–En ese momento eran mis padres, que nacieron en Cerro Colorado en Florida y yo. En la mañana iba a la escuela y de tarde trabajaba cuatro horas. Ganaba dos reales y medio por día.

–¿Con esa plata qué hacía?

–Y, un par de alpargatas valía un poco menos. Con eso no podíamos hacer nada, pero era una ayuda a la casa. Estamos hablando de 1930, en pleno campeonato mundial de fútbol, que se estaba jugando en el Centenario. Le ganamos cuatro a dos a los argentinos. ¿Entiende? En 1962 me fui a Ancap, donde estuve 17 años.

–¿Qué hacía en Ancap?

–Fui inspector de bebida. ¿Nunca vio a los inspectores con una probeta, que meten el alcoholímetro adentro para ver el alcohol que tiene la bebida? En aquel tiempo era la grappa, la caña y el Espinillar. Todavía no existía el escocés (se ríe).

–También había algún ron jamaiquino, el Negrita, que aún queda en algunos boliches…

–Claro, la Negrita que yo lo traía de Jamaica, porque estuve presidiendo en 1951 la ORIT, la Organización Interamericana de Trabajadores.

–¿Cómo era su relación con los bolicheros? ¿Le ponían agua o no lo ponían agua a la caña?

–Lo más bravo era en la frontera, que la recorríamos desde el Chuy a Bella Unión, casi como 600 kilómetros de frontera seca. Por ahí ingresaba la caña blanca, que venía en barriles de 50 litros. Le metían un marlo de desgranado como tapón. Fue una experiencia de 17 años. Pero había que ser cuidadosos. Como nosotros también éramos de campo, sabíamos que al hombre de campo no hay que llevarlo por delante. Si usted los avasalla, puede perder. Si usted lo tolera le puede ir bien. Es que ellos le tienen miedo a los revisadores, como nos decían. Ese era el lenguaje. ¿Don Mateo Legnani era abuelo suyo?

–Fue mi tío abuelo…

–Me acuerdo cuando instalamos en el sanatorio de Canelones los servicios de Chamsec. Perdone que me salga del tema…

–Adelante...

–En el año 60 hicimos la comisión honoraria de asistencia médica para los 50 mil trabajadores de la construcción. Eso lo hicimos con el otro alemán, ¿cómo era el nombre?

–¿Pudo ser Taube?

–Exactamente, ese mismo, ese mismo. Y Carlos Legnani, el que estuvo en el Cuartel de Florida, ¿qué es suyo?

–El coronel es primo de mi padre.

–Con él estuvimos juntos, cuando estaba en Ancap, en el combate contra el agio y la especulación. Carlos era comandante en ese tiempo. También recuerdo al ministro del Interior, Augusto, que es hermano de Ramón, el actual diputado socialista.

–Pero el entrevistado es usted, así que cuénteme un poquito más sobre esos recorridos como inspector de alcoholes.

–Ibamos a los boliches de la frontera, visitamos muchos por la Ruta 26 hasta la barra del Chuy. Y bueno, había que tener tacto. Una vez con un tal Puntigliano, Víctor Puntigliano, en la cuchilla de Caraguatá, allá en el paso Aguiar entre Tacuarembó y Cerro Largo, la cosa estuvo brava. Llegamos un día, a eso de las 12. ¿Se acuerda de los mostradores que se levantaban?

–Sí.

–Bueno, el hombre se puso malísimo. En ese momento estaba comiendo, agarró la fariñera y me dijo «si me avanzan los abro». Así no más, en la 14 sección del departamento de Tacurembó. Y eso que éramos unos cuantos. El asunto es domesticarlos de entrada. Puntigliano terminó dándonos, un vecino que sí tenía, en un camino de tierra vecinal, una cantidad de damajuanas y barriles. Pero lo que me dijo el hombre fue tremendo. Tenía siete hijos y me dijo: «Aquí hay dos cosas para ganarse la vida, contrabandear o robar, pero yo soy contrabandista, ponga lo que usted quiera». La mujer era de aquellas de pañuelo negro sobre la cabeza, de luto tendido. Ante eso uno tenía que bajar la bandera, no podía hacer otra cosa. Recuerdo que estaba la empresa Techín haciendo la carretera de la Ruta 26, la que le ponía algunos hijos para que pudiera cobrar la asignación familiar. Era otra época.

–¿Usted fue presidente de la ORIT?

–Sí señor, yo fui presidente para toda América Latina, a partir de 1951. Allí estaba la CGT de Argentina, la CTCH de Chile, la CTC de Colombia, la CTM de México

–¿Conoció a Fidel Velázquez, el líder histórico de la CTM de México?

–Era presidente vitalicio, cómo no lo voy a conocer. Conocí a otro gran mexicano, a Vicente Lombardo Toledano, el maestro de los maestros, que fue director de la Universidad Popular de México.

–Cómo olvidarse de aquella casa hermosa, la conocí en detalle.

–Estaba en la calle Bayarta 8 (se ríe).

–A la vuelta del Zócalo.

–Claro. El otro día fue Bruni a México y estuvo allí.

–En esa zona está el Zócalo, la Secretaría de Educación Pública, la Casa de Gobierno, la Plaza de Santo Domingo...

–Y la Universidad. Fue el presidente Miguel Alemán el que le adjudicó a Lombardo Toledano ese edificio. Veo que usted y yo hablamos el mismo idioma.

–¿Con qué personajes uruguayos tuvo los mejores encuentros?

–Yo me moví en el Sindicato Ladrillero, yo comencé a conocer los primeros sindicatos de oficios varios, porque no había industrialización. Eran artesanales: primero fueron los hornos de campo, después vinieron las fábricas. Recuerdo que pagábamos dos reales como cotización al sindicato. El sindicato de la construcción lo fundamos frente a la confitería Bonilla, en Ejido y Paysandú. Yo llgué a integrar el primer consejo de la inolvidable Unión General de Trabajadores (UGT), que fue anterior a la CNT. Su sede estaba en la calle Uruguay 1029, arriba de la «Bolsa de los muebles», en Uruguay y Río Negro.

En la cantera del Parque Rodó, con Vicente Lombardo Toledano presidente de la Cepal, hicimos el primer congreso de la UGT donde estaba Enrique Rodríguez, Héctor Rodríguez, Santos López, el gastronómico Santos Doval (duda de estos últimos nombres) y dirigentes de los Gráficos.

–¿No estaba Gerardo Cuesta?

–Aún no. Cuesta integró conmigo en 1949 la cuarta regional de la OIT en el Parque Miramar. Gerardo estaba en la Federación Uruguaya Metalúrgica, que estaba en la calle Uruguay.

En ese tiempo Marenales nos llevaba las publicaciones que teníamos en el Frente Autónomo Sindical que hicimos años después, en Uruguay 1518. El cronista de El Día, en ese tiempo, era el padre de Ricardo Lombardo, aquel que era de Defensor. El otro cronista de gremiales de El País, era Machiñena, un tío del Flaco.

Un conflicto duro, yo era casi un gurí, fue el de los tranviarios que duró 73 días de huelga, otro fue el del Sunca, que duró casi dos meses.

–¿Cómo fue su vida de muchacho?

–Era linda, era linda (pone cara de pícaro). Jugábamos a las bochas, alguna vez íbamos al circo. Hacíamos todas esas cosas, íbamos a ver a Nacional.

Ernesto Murro dice que usted es un bolso civilizado, ¿es así?

–(Se ríe) Ya me puso la patente, pero es cierto. Ernesto es un compañero tremendo.

–¿Cómo hizo para entenderse con Murro, un hombre con otros orígenes y más joven que usted?

–Es un amigo con una gran transparencia, un gran docente, con una gra
n inteligencia para afrontar estos duros e intensos ocho años en la conducción del BPS. Yo aprendí mucho de ese joven y él ha compartido mucho con quien le habla.

–A nuestro histórico sistema previsional, ¿cómo lo definiría?

–Nosotros fuimos exportadores de seguridad social a Honduras, en la década del 60, aunque puedo errarle en los años. Incluso el padre de Julio María Sanguinetti, el escribano don Julio Sanguinetti, que era director de la Oficina Nacional del Trabajo, allá en la calle Canelones 882, entre Andes y Convención, fue llamado para que diera aquel sistema solidario intergeneracional y de reparto, que ideara Lorenzo Carnelli, otro gran hombre.

Fue la Ley 6.962 del 6 de octubre de 1919, que fue la base del prestigio de nuestras leyes. Es cierto que después las realidades variaron sustancialmente.

–¿Usted de quién aprendió?

–El aula, a uno, le da la capacidad intelectual, lo prepara. Otra cosa es la dureza del trabajo. Se aprende con las temperatura de 45 grados en los hornos, produciendo 40 mil ladrillos cada 48 horas. Ganábamos en relación a la producción, después nos dimos cuenta que éramos esclavos.

–¿Qué personalidad lo marcó más?

–Aprendí, lo tuve de compañero, a Enrique Rodríguez. Yo era el secretario de Organización de la UGT y Enrique, el Ñato, era el secretario general. Otro fue Héctor, Héctor Rodríguez, un brillante dirigente.

Le digo más: ellos dos asistieron a mi primer casamiento el 28 de abril de 1945; hoy estamos a 55 años.

Me casé en la casa de mi suegra en la calle… esa que va hasta Colón, Sayago… Eugenio Grazón 1058. En ese tiempo el cura era uno del barrio Conciliación, el padre Francisco, quien llegó con su sotana de rigor y convalidó el acto, que ya se había hecho en la avenida Sayago casi Ariel. Ahí estaba el Juzgado de la 21. Ahí me casé.

–¿Usted es creyente?

–No, no.

–Recuerdo que en su casa vi una virgen, con una vela.

–No, no creo, ¿no sería en la casa de un vecino? Escúcheme: en casa muchas veces se pone una velita para reinvindicar alguna cosa y yo no me opongo, la respeto. Se pone una velita en el baño conmemorando o celebrando un acto de recordación. Mis hijos fueron confirmados.

–¿Tiene una hija en el exterior?

–Sí, en Atlanta. La fui a visitar una vez, pero es más fácil que ella venga. No es sólo en mi casa que hay una silla vacía. Hay muchas familias que están teniendo sillas vacías en la mesa familiar.

–Dentro del Partido Nacional, ¿qué personalidad lo conmovió más?

–Ya le nombré a Lorenzo Carnelli, puedo nombrar a Javier Barrios Amorín. Con ellos ya es suficiente. Creo que hubo grandes hombres en muchos sectores. Tuve una amistad con el doctor José Pedro Cardoso, con Frugoni. Con don Emilio nos reuníamos en el café Metro, también con Adolfo Tejera.

Uno de mis grandes amigos es el Pepe D’Elía y quiero que eso conste, porque en 1952 hicimos el discurso que presenté a la ORIT como delegado titular, donde justamente estaba Gerardo Cuesta, Juan Pereyra de la construcción. La señora de Cuesta trabajó con nosotros en Chamsec, cómo me voy a olvidar de Roma Chassale que fue amiga mía y de mi hijo.

–De la vieja época, ¿qué presidente de la República recuerda?

–Al doctor Amézaga, que era abogado del Ferrocarril, allá entre el 42 y el 46. En 1945 se hizo la concentración más multitudinaria en torno al Palacio Legislativo, por libertades públicas.

Yo respeto mucho a mucha gente y de todos los partidos, gente que a lo mejor eran conservadores, pero conservadores con la plata ajena

–¿Le gustaban los bailes?

–Para eso yo era medio abstemio. Claro que si alguna dama me daba el brazo no se lo rechazaba.

–¿Qué impacto reciben cuando ingresan en 1992 con Murro al BPS?

–Nos encontramos con el filo de la navaja. Llegamos con nuestras espaldas cargadas de planteamientos. Ya los nubarrones de aquel histórico sistema previsional solidario e intergeneracional, estaba siendo analizado. Uno de los primeros temas fue el de algunas privatizaciones intentadas en el ámbito de la recaudación. Ya se venían agudizando los problemas financieros en algunos sectores.

En los últimos años hemos sufrido exoneraciones de aportes patronales que han debilitado el monto de los ingresos. El Parlamento, previendo déficit de desequilibrio, vota que 7 puntos del total del IVA corresponde al BPS a los efectos de equilibrar los desequilibros prespuestales entre ingresos y egresos que se iban produciendo. Pero a eso, luego, se agrega que los ingresos siguen disminuyendo. Hoy tenemos 50 mil cotizantes menos que hace un año.

–¿Cuál es el cambio más positivo que ha tenido el BPS?

–Yo pienso que la opinión pública, pero muy particularmente los jubilados y los trabajadores, tiene un diagnóstico mucho mejor del interior del Banco.

Los distintos medios, las organizaciones, los sindicatos, han colaborado en hacer más transparente la gestión. Nosotros vinimos con planteamientos de salud del jubilado, porque en otros países el tabajador no pierde la asistencia médica al acceder a la jubilación. El otro problema era el de vivienda. Se ha logrado por la Ley 15.900 con la virtud de que es un sistema solidario. A 60 mil se les cobra el 1 o el 2% para que el resto pueda tener vivienda. La Ley fue del 87 pero increíblemente se demoró ocho años en ponerla en páctica. Hubiéramos preferido otros volúmenes de casas ocupadas. Esto está en el Parlamento que esperamos que en algún momento pueda tener una feliz culminación. En el régimen de pasividades tuvimos, en el último domingo de 1989, la reforma constitucional porque se logró que con el 82% se consagraran los ajustes cuatrimestrales y que el artículo 67 de la Constitución se extendiera en un valor de que llegara a que el índice medio de los salarios se trasuntara cuatrimestralmente a los jubilados. Claro que hoy el costo de vida es mayor que el índice medio de salarios.

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