Tato López: "Lo saben los militares, la guerrilla no mató al coronel Trabal"
¿Por qué el libro?
El libro tiene cuatro instancias bien marcadas. Cuando dejo de jugar la básquet me voy a viajar con mochila, poca plata y mucho tiempo. Voy a la India con mi libro de viajes. Toda la noche escribía un poco. Fue así que descubrí el placer de escribir. Otra instancia fue un amigo que me pidió escribir mi historia, lo hizo muy bien, pero me di cuenta que en ese momento dejaba de ser mía, porque era contada por otra persona. El tercer momento fue a la salida de una nota, donde me encuentro con Joel Rosemberg, quien me dice que le gustaría escribir mi biografía. A partir de ahí empecé a soñar como escribiría una biografía mía. Así empecé a armar en mi cabeza «La vereda del destino», el título del libro.
La última instancia fue que un periodista deportivo me hizo una nota, que llevó dos horas. Al otro día me llama y se va a casa, dos horas más. A la semana me invita a ir a un bar y allí me muestra una cantidad de libros de su autoría. Me dice que le gustaría escribir para un concurso un cuento con una historia que yo le contara. Le dije que eso no podía ser, pero le propuse que me ayudara a hacer un libro sobre mi vida. Fue así que Joselo González terminó ayudándome. El libro, que es de mi autoría, me llevó 19 meses. Fue la editorial Santillana quien terminó publicándomelo.
¿Qué se tiene jugando al basquetbol?
Fue la pasión de mi vida durante muchos años, Yo siempre digo que no solo jugué basquetbol, sino que viví basquetbol. No solo fue un deporte, fue un arte. Así lo sentí.
¿Quiénes fueron sus referentes en aquella época?
Yo tuve suerte de empezar a salir al exterior con la Selección uruguaya, siendo muy joven, apenas tenía 16 años cuando jugué el primer candidato sudamericano. Por eso tuve la oportunidad de tener referentes de otros países.
A nivel local el gran referente de mi generación fue el «Chumbo» Arrestia. Yo no tuve la oportunidad de ver jugar a Oscar Moglia ni a Adesio Lombardo, dos monstruos. De esa época son Heber Mera, Blixen, el «Guanaco» Costa. También fueron referentes jugadores que fueron compañeros como Carlos Peinado, Daniel Borrón, «Caqui» Barizzo, Germán Haller.
Los integrantes de mi generación fueron un grupo de gente talentosa, muy bien dotada físicamente. No dábamos ventaja físicamente frente a los equipos tops del mundo. Por ejemplo Heber Núñez tenía más de dos metros cuatro, que jugaba en la posición de cuatro. Además durante tres años tuvimos una competencia interna muy exigente, de altísimo nivel. Creo que en Sudamérica, en ese momento, la liga uruguaya era de un nivel tremendo.
Pero no tenían a la televisión de hoy para ver a los grandes de Estados Unidos…
No, no teníamos. El básquet del mundo era un gran misterio, era algo que existía pero que nadie conocía.
¿Qué significó llegar a las Olimpíada de Los Angeles?
– Yo ya conocía el básquet de Estados Unidos, porque había ido a ese país a jugar becado. Ya había jugado en dos universidades. Pero ir a jugar en la Olimpíada fue algo tremendo, aunque era un mundo que yo conocía.
En el libro hay referencias a la vida cotidiana del Uruguay en esos años juveniles…
Hablo mucho de la vida familiar, de lo que era la dictadura. Hablo de la cotidianidad de la dictadura, que el horror de los cuarteles y de las cárceles dejó escondido el miedo que había al andar en la calle. Algo de eso cuento.
¿Qué fue lo que quedó más registrado de esa época?
(Se escucha de fondo una sirena). Salir a la calle era un tema muy complejo. Te pedían documentos, te molestaban por lo largo del pelo, por tu apariencia. Sabías que era difícil, que te podían llevar… Había que convivir con ese miedo, tener mucho cuidado que eran muy frágiles. Es que se hacía lo que el poder decidía.
El coronel Ramón Trabal, quien fue asesinado en París, era primo hermano de su madre. ¿Usted lo conoció?
Sí, sí. Ramón era aquel tío, que a todos los primos nos impactaba por su uniforme. Era un tipo muy cariñoso, muy afectivo, un hombre que se hizo querer. Cuando él pasa a ser el jefe de Inteligencia Militar, empieza a ocupar un rol fundamental en el desarrollo del país. Recuerdo que en el mundo de los mayores se hablaba constantemente de lo de Ramón, siempre con ese cariño familiar que perdura hasta el día de hoy.
Leí, hace pocos días, que usted fue a esperar el cuerpo de Trabal en el Aeropuerto de Carrasco. ¿Qué recuerda?
Para nosotros era muy raro, muy confuso, sobre todo para los primos menores. Lo que pasaba era que siempre habíamos mamado que los responsables de su muerte, eran los mismos que lo estaban trayendo al país. Era algo muy particular. Fue algo muy anunciado por los cuentos familiares y los comentarios de los mayores que decían que Ramón Trabal, ya cuando se iba París, se despedía de la vida.
¿Al irse a París corría peligro su vida?
Exacto. Eso es lo que decían en mi casa.
¿Con el tiempo esa sensación se le confirmó? ¿Su muerte fue provocada por los que lo rodeaban?
Este tipo de cosa no solo ha ocurrido en nuestro continente. Todo el mundo habla del Plan Cóndor, pero un plan similar se ha presentado en diferentes continentes. Seguramente se sigue presentando ahora en Irak y Afganistán, donde hay una especia de Plan Cóndor funcionando. Siempre se ha eliminado gente que se considera peligrosa para el funcionamiento de un imperio. Eso fue lo que pasó con Ramón, una persona considerada peligrosa, integrante de una lista de personas a eliminar.
¿Para usted no fue la guerrilla uruguaya la que terminó truncando con la vida del coronel Ramón Trabal?
No, de ninguna manera. Eso lo saben los militares y la guerrilla. La guerrilla no mató a Ramón. Yo creo que todo el mundo está claro en esto y sabe lo que sucedió.
Ahora que se está logrando parte de la verdad sobre esos años ¿cómo se siente?
Es una apuesta a punto con la verdad, con la Justicia. Es un momento del país muy importante que le da bases a nuestra sociedad para crecer, para creer en sí mismo, para asentar su cultura, en un país que desde hace 30 años vivía en la impunidad. Creo que es justicia, que es justicia para todos. No se puede señalar que todos los militares son malos. José Artigas fue un militar, no fue una persona negativa, la historia de nuestro Ejército no era sucia. Creo que también es justicia para el Ejército uruguayo. Estamos, con la verdad y la justicia, creando nuestra identidad, escribiendo nuestra historia y esto enriquece al país, nos enriquece a todos y nos eleva. *
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