El estatuto del funcionario generó una sesión surrealista en Diputados
Todo comenzó de mañana, cuando, al iniciarse la sesión extraordinaria que debía considerar el Estatuto del Funcionario de la Cámara de Representantes, los directamente invo- lucrados o sea, los funcionarios advirtieron que el texto que, según ellos, había sido acordado en comisión, sería modificado por la mayoría.
Con una energía y rapidez envidiables, decidieron un paro. Pero su acto gremial, absolutamente legítimo, trajo consigo regalitos: se trancaron puer- tas del ambulatorio, se apagó y encendió las luces de la sala, fueron desenchufados los micrófonos y los diputados quedaron huérfanos de apoyo administrativo y de servicio.
Hay que explicar al lector, antes de que lo agarre un estupor que lo deje apopléjico, que, en realidad, se trata de un estatuto de ciento treinta y dos artículos y todo el problema está concentrado en sólo dos aspectos: uno que fija la forma de ingresos y ascensos, y otro que refiere a cómo deben tomar sus licencias los funcionarios.
La bancada del Frente Amplio, en conferencia de prensa realizada en una de las tantas interrupciones de la sesión, fijó su posición:
«Durante las anteriores administraciones, los ingresos y ascensos de los funcionarios han quedado librados a la discrecionalidad de los jerarcas. La instalación de la vía del concurso, resaltando el valor de las pruebas de oposición, ha sido uno de los caminos que ha producido controversias (…) La otra propuesta que ha suscitado fuertes discrepancias se refiere a la racionalización del otorgamiento y uso de licencias. El texto que hemos propuesto y que transcribimos nos exime de mayores comentarios: ‘Artículo 68, inciso final: La licencia anual ordinaria a que se refiere el inciso primero será otorgada durante el receso parlamentario. En caso que el funcionario solicite fraccionarla, se podrá otorgar hasta la mitad del total que corresponda ese año, fuera de dicho período, siempre que lo permitan las necesidades del servicio y funcionamiento de la Cámara a criterio de la Dirección General. No se podrá fraccionar la licencia otorgada durante el receso. La negativa al otorgamiento de la licencia en forma fraccionada deberá constar por escrito y ser fundada».
Poco antes, los funcionarios que pretendían fraccionar como hasta ahora su licencia en el receso entregaron un comunicado declarando, entre otras cosas, que «se sienten traicionados»; que habiéndose llegado a un acuerdo total en la Comisión de Asuntos Internos, han sido «avasallados en la buena fe»; que sienten que dejan atrás «años de trabajo en los cuales se han cosechado logros fundamentales» para su carrera funcional; que exigen «participar en cualquier modificación que se le quiera hacer al proyecto original»; y que «consideran una total falta de respeto la decisión de incorporar nuevos elementos al articulado».
Todos ellos siguieron la sesión desde las barras. Muchos en mangas de camisa (¿por el calor o por la rabieta?), pero, eso sí, en respetuoso silencio.
Una sesión surrealista
Sin micrófonos pero con luces a pleno y las puertas del ambulatorio libres para entrar y salir »antes parecía el Castillo de la Suerte», dijo Jorge Patrone (Asamblea Uruguay) , los diputados resolvieron, de todos modos, cumplir con la sesión.
Antes, fue admirada por casi todos obvio, también hay de los otros la estupenda corbata aurinegra que lució, con indescriptible babeo de infantil felicidad carbonera, el diputado Enrique Pintado (Asamblea Uruguay).
Sandra Etcheverry (Alianza Nacional), procurando la máxima erección de su voz, leyó el comunicado de los funcionarios y criticó al oficialismo por violar el acuerdo unánime al que se había llegado, sobre los puntos de fricción, en la Comisión de Asuntos Internos.
Sergio Botana (Alianza Nacional), con su registro de bajo forzado al límite por las circunstancias, pero, no obstante, estentóreo, dijo que esto «es una ridiculez» supongo que «esto» era la sesión , se sumó a Etcheverry en el apoyo a los funcionarios, pidió a la mayoría que depusiera su actitud y, para criticar como una contradicción la supuesta intransigencia del oficialismo, metió en el balde al presidente Vázquez, destacando su actitud de convocar al Partido Nacional para «mejorar la convivencia política».
Aquí hubo un subido murmullo que pasó enseguida al pataleo y a los chiflidos, coincidiendo casualmente con el ingreso a sala de Nora Castro (Espacio 609), quien exhibió (con el recato de un dama noble) una blusa verde resplandeciente como un farol. Tal vez impactado por tamaña efusión cromática, el presidente de la Mesa Ruben Martínez Huelmo (Espacio 609), manipulando como un especialista el megáfono, aunque no se le entendía ni jota dio la palabra a Guido Machado (Foro Batllista), quien concentró de inmediato la atención porque su verba surgió erguida de modo tan estrepitoso que se llegó a creer que había tomado alguna infusión desconocida de carácter estimulante (supuesto malicioso que fue disuelto por los probados antecedentes del colorado que, entre el contralto y el barítono, da el do de pecho como si tal cosa hasta en el baño).
Machado insistió «en el profundo error que se cometía», en que «se desconocía el acuerdo alcanzado en la comisión» y en que «correspondía devolver a ella el proyecto de estatuto».
En este preciso momento, con la verba también erecta, pero menos, emergió Víctor Semproni (Claveles Rojos), vociferando hasta quedar congestionado una críptica declaración: «Somos hijos de la ad- versidad y siempre la hemos enfrentado» (me hizo acordar a Francisco Petrone en «Todo un hombre»). Con los claveles de sus mejillas casi color granate, Semproni defendió la corrección hecha por la mayoría, afirmó que se estaba haciendo un escándalo por nada »Â¡no se escucha, no se escucha!», lo hostigaban, impiadosos, desde la oposición y que al plenario habían llegado muchos otros proyectos aprobados por unanimidad en comisión que, luego de debatidos, fueron modificados. Cuando estaba diciendo «esto es una ridiculez…», la voz se le quebró y se le escondió en el mismísimo fondo de la garganta; sabiamente, decidió callar al menos por un rato.
La esperpéntica votación
Alberto Perdomo (Alianza Nacional), montado en un espléndido y contundente tono de ocupante único de la cima de la cuchilla, intentó, ya al borde de la desesperación y «lamentando la intransigencia del oficialismo», que el proyecto regresara a la comisión.
Tuvo tanta suerte como el rengo Paparamborda cuando quería sacar a bailar a las mozas de Ecilda Paullier cabeceándoles como Spencer.
Alberto Scavarelli (Foro Batllista), también con su voz bien parada, aludió al peligroso precedente que se estaría sentando al aceptar que un acuerdo entre legisladores y funcionarios se pudiera modificar sin debate. Tuvo tanta suerte como el bizco Batista cuando quería mirar el vuelo de una gaviota con prismáticos.
Finalmente, Edgardo Ortuño (Vertiente Artiguista) mocionó para que se suprimiera la lectura del texto y se votara artículo por artículo. Pintado acompañó con tanta alegría que levantó los dos brazos y cuatro dedos de cada mano, mientras alentaba con su abdomen a ir para adelante a su corbata amarilla y negra. Fue aquí que Nora Castro reapareció nadie la había visto retirarse luciendo una blusa distinta (¡atención Argimón!), mano en alto por el voto y aceleradamente, coleando como una cometita en el viento primaveral.
Hay que decirlo sin vueltas: la votación fue un caos. No se escuchaba nada con claridad, todos querían hablar al mismo tiempo e interrumpir al otro a como diera lugar; la famos
a introducción de las modificaciones al texto original por parte de la mayoría no su letra, sino la forma en que debían votarse causó un esperpéntico espectáculo que llevó a más de uno a perder la compostura.
Semproni, en determinado momento, volvió emerger de su banca, se paró y quiso gritar. Fue ahogado sin remedio por multitud de voces más drásticas y claras. Pintado, desde hacía rato preocupado en convencer a Beatriz Argimón (Correntada Wilsonista) quién sabe de qué cosa, se dedicó de pronto cómodamente sentado en una banca del Partido Nacional a ayudar a la mesa a interpretar el reglamento. Esto sublevó al voluminoso Botana (porque tal vez sintió invadidas sus fronteras, vaya uno a saber), quien estremeció a la augusta cúpula de la sala, destrozando cuanto tímpano tuvo la mala fortuna de estar cerca, con un «Â¡No permita que le den clases, señor presidente!».
Finalmente, el Estatuto del Funcionario fue aprobado con los sustitutivos que quería el oficialismo. Cosas de mayoría, bastante más previsibles que el clima.
Cerrando la escena, se acercó la diputada Ana Cardozo (Partido Socialista), de quien yo sugerí, respetuosamente, que parecía la hermana menor de Celia Cruz. Me dijo que se había sentido honrada, me agradeció, puso al servicio del breve diálogo su propio sentido del humor y quedamos amiguísimos. (Pensé, en un momento, que podría haberme dicho, de golpe, «Â¡azuquitaaaa…!». Ignoro qué hubiera hecho yo). *
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