Para el diario El País los civiles de la dictadura merecen el perdón, por haber sido de "tercer rango"

La derecha de corbata traiciona a los militares torturadores y los deja solos

La obsesión del diario histórico del Partido Nacional por impulsar el operativo salvataje a los civiles de la dictadura, lo llevó al extremo de decir que no hubo un proceso cívico-militar, porque esa es la mejor estrategia para lavarle la cara a los partidos tradicionales cuando difunden que la dictadura fue «exclusivamente militar» y para quitar contenido de clase a los golpes de Estado, esa categoría marxista y premarxista que les da asco y que dicen perimida.

En un solo acto, sin corte de luces y cambios de sonidos, Juan María Bordaberry y Juan Carlos Blanco (ambos colorados), así como el blanco Aparicio Méndez, quedaron «en libertad» y con honores de Estado por parte de El País.

Luego de considerar que los civiles fueron unos pobres idiotas que ocuparon cargos dictatoriales (se salvó Danilo Arbilla ), «nadie creyera en su calificación oficial de ´proceso cívico-militar`, eufemismo que era tomado a la chacota. Los civiles, incluido Bordaberry y más allá de la mayor o menor importancia de los cargos que ocupaban, eran actores de segundo o tercer rango. Más bien, meros partiquinos de los detentadores del poder».

No satisfecho con esto el editorialista –con el estilo de Gonzalo Aguirre, repito–, señala que «jamás los civiles» llevaban «gente detenida a los cuarteles» ni los «mataban». «No está probado, ni mucho menos, que los jerarcas del ejército hayan propiciado o instigado el asesinato de Michelini y de Gutiérrez Ruiz, los legisladores mártires. Tampoco, que lo hayan acordado con sus siniestros pares de la vecina orilla», agrega.

En el mismo texto de opinión, después de no estar contento con «salvar» a los civiles de la dictadura, el editorialista camina por el pretil de la ignominia y se lanza, sin agua a la piscina, para salvar a los jefes militares, que para la interpretación del gobierno y de la Justicia están fuera de la Ley de Caducidad.

Para ello nada mejor que elegir como responsable a un militar muerto, que no puede declarar, ni cantar, ni ladrar. «Lo más probable, en tren de asignar responsabilidades presuntas a jerarcas militares de aquel entonces, es que las mismas estuvieran circunscriptas al Servicio de Inteligencia de Defensa, cuyo jefe era el durísimo general Amaury Prantl, líder de una fracción ultra del Ejército, enfrentada, por ejemplo, a Gregorio Alvarez –a la sazón, Jefe de la Región IV–, a quien solían atacar en un diarucho o semanario de muy infeliz recuerdo». Con esta opinión, otra vez, en un solo acto, ahora «salvan» al Goyo Alvarez que es el próximo habitante de Cárcel Central.

Se les tira un salvavidas a los jefes militares que cuando saludan en el cuarto piso de la cárcel a Bordaberry, le dicen «Señor Presidente», confirmando que el civil blanco y colorado, al que tanto despreciaba Wilson Ferreira, fue y sigue siendo el jefe de la cadena de mando cuando resolvieron desatar el terrorismo de Estado.

En toda la nota editorial hay un claro desprecio hacia los militares, que no hace más que mostrar que los uniformados fueron utilizados por las clases dominantes, quienes declararon una guerra contra la izquierda con la condición de que los pertenecientes al instituto militar fueran los que pusieran el pellejo, la vida y hasta el alma.

Si los militares de hoy y de ayer se tomaran el trabajo –yo no tengo tiempo para esas investigaciones– de ir a las sociales y a los avisos mortuorios de El País de los últimos 30 años de la prensa de la época y de hoy, descubrirían que no hay lazos sanguíneos –matrimonios y concubinatos– entre los herederos del ejército de y las clases dominantes que residen en Carrasco, donde las calles tienen nombres de los niños que juguetean en la veredas.

Es que durante la dictadura los militares fueron invitados a las fiestas, pero se le prohibió ir ante el altar con las chicas «bian» de la alta sociedad. Podían ser conocidos y hasta frecuentarse, pero jamás ir a la cama porque los militares eran los recién llegados a las zonas del poder y no tenían pasaporte para conocer las mieles de los beneficios de la concentración de la riqueza en pocas manos.

La nota editorial de El País, del pasado domingo, tendría que ser incluida no solo en los cursos de la enseñanza secundaria, sino también en el Liceo Militar y en el Calen, para que los militares accedan a la información de que para las clases dominantes, ese pequeño pero poderoso sector oligárquico-financiero- latifundista improductivo que no tiene patria aunque se emocione cuando juega la celeste, que jamás se juega la vida, pero que utiliza a los militares para dar golpes de Estado, es el grupo que ha estado siempre detrás de todo quiebre institucional en nuestro país y en nuestra América Latina, el Caribe y zonas aledañas. *

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