El primer día

Escrito por: PEDRO CRIBARI

Lunes 20 de noviembre de 2006 | 10:12
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Ayer, el diario El País hizo una amplia cobertura sobre el primer día de prisión de Juan María Bordaberry en Cárcel Central. El articulista narró con lujo de detalles el encuentro que mantuvo con su familia en el patio abierto de planta baja. Se recordó su edad y su enfermedad, así como la ayuda que recibió para trasladarse desde y hacia el cuarto piso por parte de los militares y policías allí encarcelados tras ser procesados por el caso de la desaparición de Adalberto Soba. El relato incluyó testimonios de los familiares visitantes hasta los gritos de aliento hacia Pedro lanzados por algunos de los represores.

Inevitablemente el trabajo del colega no dejaba indiferente al lector.

Confieso que la nota me dejó pensando en muchas cosas. También muchos uruguayos, yo entre ellos, conocimos ese patio abierto y el cuarto piso.

Claro que hubo algunas diferencias nada pequeñas.

No conocí preso alguno que antes de llegar al cuarto o sexto piso de Cárcel Central no hubiera recibido el “trato” que el régimen de Bordaberry estableció para los detenidos políticos.

A los decenas de miles de uruguayos que pasaron por Cárcel Central, por los cuarteles, por las dependencias policiales de Inteligencia, no se les dio la posibilidad de presentarse voluntariamente cuando brillara la luz del día. Fueron arrancados con violencia de sus hogares a la hora que fuera, si era de noche mejor porque el efecto aterrorizante del allanamiento para el detenido y su familia era parte del manual.

Tampoco tuvieron la posibilidad de recibir visita con sus familiares en las primeras 24 horas, ni en las segundas, la mayoría en meses, algunos nunca.

El primer día del dictador fue distinto al primer día de todos “sus” detenidos por motivos políticos o ideológicos. Bordaberry no sufrió “plantones” ni “golpizas” de ablande, no se le aplicó “capucha”, tampoco “picana”, ni que hablar de “submarino”.

El dictador tuvo abogados que le acompañaron en sus comparencias judiciales, no fueron como “sus” detenidos a la sede del juzgado militar de la calle 8 de Octubre y Jaime Cibils luego de extensas e interminables sesiones de torturas, para regresar a los centros clandestinos o institucionales para nuevos tormentos que ayudaran a perfeccionar sus confesiones.

El dictador tuvo lo que no tuvieron los miles y miles de “sus” detenidos políticos. El, pese a sus convicciones religiosas, creyó en el desconocimiento absoluto de los derechos individuales del indagado. Los pisoteó, los despreció así como despreció y terminó con el Parlamento, con la independencia de los jueces, con las libertades públicas, con los derechos ciudadanos, del primero al último que consagra la Constitución.

Por suerte Juan María Bordaberry fue y es tratado con el debido respeto que merece toda persona, más allá de los crímenes que haya cometido.

En un momento dado de la lectura de la crónica, impregnada de humanismo y compasión, me pareció ver en Bordaberry una posible víctima. Fue apenas un instante. Enseguida comenzaron a aflorar los recuerdos, de tantos viejos de 60 largos, de 70 y 80 años torturados y encarcelados sin piedad, se me aparecieron decenas y decenas de caras sufridas que ya no están entre los vivos, recuerdo los que se enfermaron o enloquecieron bajo los suplicios, y cambié de opinión.

El dictador no es una víctima. No, no lo es, a no engañarse con operaciones de maquillaje mediático.

Porque pese a los Bordaberry y los Alvarez, con mucho esfuerzo, a pequeños y muy trabajosos pasos, los uruguayos hemos consolidado la democracia, ésa en la que él no sólo no creyó, sino destruyó.

Hoy, la democracia es lo suficientemente fuerte como para, en el marco del Derecho, dar al dictador las máximas garantías en sede judicial y en el centro de reclusión que le toque en suerte.

Las que él negó sistemáticamente. *

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