Escrito por: PEDRO CRIBARI
Ayer, el diario El PaÃs hizo una amplia cobertura sobre el primer dÃa de prisión de Juan MarÃa Bordaberry en Cárcel Central. El articulista narró con lujo de detalles el encuentro que mantuvo con su familia en el patio abierto de planta baja. Se recordó su edad y su enfermedad, asà como la ayuda que recibió para trasladarse desde y hacia el cuarto piso por parte de los militares y policÃas allà encarcelados tras ser procesados por el caso de la desaparición de Adalberto Soba. El relato incluyó testimonios de los familiares visitantes hasta los gritos de aliento hacia Pedro lanzados por algunos de los represores.
Inevitablemente el trabajo del colega no dejaba indiferente al lector.
Confieso que la nota me dejó pensando en muchas cosas. También muchos uruguayos, yo entre ellos, conocimos ese patio abierto y el cuarto piso.
Claro que hubo algunas diferencias nada pequeñas.
No conocà preso alguno que antes de llegar al cuarto o sexto piso de Cárcel Central no hubiera recibido el “trato” que el régimen de Bordaberry estableció para los detenidos polÃticos.
A los decenas de miles de uruguayos que pasaron por Cárcel Central, por los cuarteles, por las dependencias policiales de Inteligencia, no se les dio la posibilidad de presentarse voluntariamente cuando brillara la luz del dÃa. Fueron arrancados con violencia de sus hogares a la hora que fuera, si era de noche mejor porque el efecto aterrorizante del allanamiento para el detenido y su familia era parte del manual.
Tampoco tuvieron la posibilidad de recibir visita con sus familiares en las primeras 24 horas, ni en las segundas, la mayorÃa en meses, algunos nunca.
El primer dÃa del dictador fue distinto al primer dÃa de todos “sus” detenidos por motivos polÃticos o ideológicos. Bordaberry no sufrió “plantones” ni “golpizas” de ablande, no se le aplicó “capucha”, tampoco “picana”, ni que hablar de “submarino”.
El dictador tuvo abogados que le acompañaron en sus comparencias judiciales, no fueron como “sus” detenidos a la sede del juzgado militar de la calle 8 de Octubre y Jaime Cibils luego de extensas e interminables sesiones de torturas, para regresar a los centros clandestinos o institucionales para nuevos tormentos que ayudaran a perfeccionar sus confesiones.
El dictador tuvo lo que no tuvieron los miles y miles de “sus” detenidos polÃticos. El, pese a sus convicciones religiosas, creyó en el desconocimiento absoluto de los derechos individuales del indagado. Los pisoteó, los despreció asà como despreció y terminó con el Parlamento, con la independencia de los jueces, con las libertades públicas, con los derechos ciudadanos, del primero al último que consagra la Constitución.
Por suerte Juan MarÃa Bordaberry fue y es tratado con el debido respeto que merece toda persona, más allá de los crÃmenes que haya cometido.
En un momento dado de la lectura de la crónica, impregnada de humanismo y compasión, me pareció ver en Bordaberry una posible vÃctima. Fue apenas un instante. Enseguida comenzaron a aflorar los recuerdos, de tantos viejos de 60 largos, de 70 y 80 años torturados y encarcelados sin piedad, se me aparecieron decenas y decenas de caras sufridas que ya no están entre los vivos, recuerdo los que se enfermaron o enloquecieron bajo los suplicios, y cambié de opinión.
El dictador no es una vÃctima. No, no lo es, a no engañarse con operaciones de maquillaje mediático.
Porque pese a los Bordaberry y los Alvarez, con mucho esfuerzo, a pequeños y muy trabajosos pasos, los uruguayos hemos consolidado la democracia, ésa en la que él no sólo no creyó, sino destruyó.
Hoy, la democracia es lo suficientemente fuerte como para, en el marco del Derecho, dar al dictador las máximas garantÃas en sede judicial y en el centro de reclusión que le toque en suerte.
Las que él negó sistemáticamente. *
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