"Es un héroe derrotado al que nuestro imaginario celebra"
Errandonea consideró que es una necesidad de todas las comunidades tener un héroe, en particular para el Uruguay, porque surgimos a la vida independiente a través de la Convención Preliminar de Paz, en 1825, cuando la Provincia Oriental era la manzana de la discordia entre el Imperio de Brasil y las Provincias Unidas del Río de la Plata. Por la Ley de Unión, se había declarado la independencia y autonomía del Brasil y al mismo tiempo se incorporaba la Provincia Oriental a la Argentina.
Al emerger a la vida independiente, no como consecuencia de una conciencia nacional independentista y autonomista sino de un arreglo de intereses, era imperativo que se operara algún tipo de reconstrucción. Esta comienza a edificarse en la década del 80 del siglo pasado, cuando empieza a gestarse un sentido de pertenencia y una memoria común de los habitantes de nuestro suelo.
Acá surge la figura de Artigas como la única capaz de lograr un consenso, porque ni Rivera, ni Oribe, ni Lavalleja podían cumplir esa función, ya que eran representantes partidarios. Justamente Oribe y Rivera habían sido quienes instalaron las turbulencias y conflictos de los orientales, Guerra Grande mediante. Habían sido quienes separaron a los orientales y no los que los unieron.
Entonces, sostiene Errandonea, «no podían funcionar como los coagulantes de un sentido de pertenencia nacional. Tenía que ser alguien que tenía que estar más allá del bien y del mal y, además, atrás en el tiempo. Quién mejor que Artigas».
Si bien la Guerra Grande había finalizado unas décadas atrás, en el decenio del 80 todavía los uruguayos se sentían primero blancos o colorados y después uruguayos, razón primordial que motivó la creación del sentido de pertenencia a una nación, la creación del mito artiguista.
Esta tarea comienza a realizarse, sostiene el sociólogo, no sólo a través de los historiadores, sino también y fundamentalmente a través de los gobiernos, de la escuela pública que era apartidaria, de artistas como Juan Manuel Blanes, que un tiempo atrás comenzó a pintar a Artigas no como histórico sino como historiográfico, es decir a través de lo que la historiografía dice de Artigas.
El «protector de los pueblos libres» le da una narrativa de los orígenes al estado uruguayo, neutraliza además las pasiones partidarias y, al mismo tiempo, las legitima trasladándolas a un segundo nivel de conflicto. Dejan así las pasiones partidarias de ser peligrosas pues tienen ahora, con la presencia de Artigas, un sustento nacional, analiza Errandonea.
De perdedor a ganador
Artigas funciona como un mito fundacional. Como personalidad histórica tuvo un protagonismo de 9 años, entre 1811 y 1820. «Es un caso muy extraño, tener un héroe perdedor y que al perdedor se lo resignifique como ganador, que a un líder carismático se lo haga ver con carácter democrático».
«En esta reconstrucción mítica se seculariza lo profano» –sostiene el investigador– «porque en un país cuyas élites fueron muy tempranamente secularizadas (Berro lo hizo con los cementerios, Latorre con los registros de estado civil, etc.), se eleva el concepto de Artigas, quien es casi intocable pues tocarlo es tocar la fibra íntima de pertenencia nacional», aclaró.
Entonces, dijo, tenemos por un lado al personaje real de carne y hueso y por otro, la construcción que historiadores, artistas, escuela pública, elencos gubernamentales hicieron de esa figura de Artigas.
En esa construcción que se hizo del personaje, hubo diferentes miradas, diferentes pero convergentes, pues son todas positivas. A este respecto, la historiadora Yvette Trochón sostiene que «hay algo que se le agrega y algo que permanece, pero hay un disco duro que tiene que ser respetado».
Voces disidentes silenciadas
A partir de la década del 80 del siglo pasado, todas las interpretaciones que se hacen sobre Artigas tienden a resaltar los lados aspectos positivos de su obra e ideario, de su pensamiento y de su gesta. Actualmente, sostiene Errandonea, existe unanimidad sobre la figura de Artigas, en el espectro político, en todos los sectores sociales y en las confesiones religiosas. Nadie discute la obra de Artigas y a quienes han discutido, desde las postrimerías del pasado hasta hoy, la personalidad, obra y gesta de Artigas le han puesto algún pero o han tratado de poner alguna mediatización a esa construcción. Esas voces fueron silenciadas.
El investigador observó que se habla del éxodo como símbolo de los orígenes de la nación o los gérmenes del sentimiento de pertenencia nacional, cuando en realidad, todo el mundo lo sabe, el proyecto de Artigas a partir de 1815-16 es el pacto federal, no es la fundación de un estado-nación uruguayo. No tiene absolutmamente nada que ver. Sin embargo, a partir de la construcción que se hace en el siglo pasado, Artigas surge como el héroe nacional. «Se están confundiendo las cosas, él era una cosa y se lo representa de otra forma», manifestó el sociólogo, ya que el pacto federal era con Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe, Misiones, Córdoba y todos tenían sus caudillos provinciales (Estanislao López, Pancho Ramírez, etc.), que si bien eran de una estatura menor que la de Artigas, eran caudillos provinciales como él.
La gran diferencia entre Artigas y los otros líderes radicaba en que Artigas pretendía liderar todo el pacto federal, pero desde su territorio: la Banda Oriental. Tenía, además, un proyecto alternativo al de Buenos Aires, ya que proponía la autonomía de las provincias, la descentralización del puerto bonaerense, mantener y reforzar las milicias provinciales y defendía el gobierno republicano con separación de poderes, todo esto contrario al proyecto bonaerense.
Dominación carismática
Pero, agrega Errandonea, «lo que no se puede decir de Artigas es que haya sido el constructor o que haya tenido alguna dimensión democrática radical, porque –en definitiva– él ejercía una dominación carismática».
Explicó a su vez que quien ejerce una dominación carismática o un liderazgo carismático en definitiva es una dominación en la que hay un individuo rodeado de seguidores que siguen a ese líder en función de sus condiciones extraordinarias.
«No era una autoridad democrática, era una autoridad carismática», sostiene el sociólogo. Había en Artigas un conductor, un líder, agregó, con mucha experiencia, con dotes naturales y que ganó una batalla fundamental, la de Las Piedras el 18 de mayo de 1811; y si bien perdió más batallas de las que ganó, esa es la que se recuerda.
Como autoridad carismática que era, señala Errandonea, no estaba estatuyendo las instituciones democráticas, sino que conducía un proceso revolucionario en contra de España, de los portugueses y en contra del proyecto de Buenos Aires.
Abrió todos los frentes de lucha casi al mismo tiempo. Era muy difícil que una gesta de esta naturaleza tuviera éxito. La otra gran imagen que tenemos hoy de Artigas, reafirmó finalmente Fernando Errandonea, «es el mal llamado éxodo del pueblo oriental, cuando lo siguen hacendados, gauchos, hombres libres, presbíteros, curanderos, negros, analfabetos y hombres cultivados. Eso es lo que consigue nuclear en 1811. Pero en 1820, después del pacto de Avalos, se va para Paraguay acompañado de una especie de guardia personal que no era ya de 11 o 12 mil hombres, sino apenas unos cientos. Esto es porque era un líder carismático, que tenía seguidores.
Artigas sufre grandes derrotas en lo militar y también en lo político, porque sus alianzas se fueron deteriorando, quedando prácticamente solo en 1820. «Es un héroe derrotado al que nuestro imaginario
colectivo festeja y celebra», finalizó expresando el sociólogo.
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