El ministro Astori deshizo planteos de la oposición en una de las más breves interpelaciones de la historia política del Uruguay
Con votos de la mayoría, y agotados los argumentos del interpelante, se consideraron «absolutamente satisfactorias las explicaciones ofrecidas por el señor ministro, con relación a los objetivos e implementación de la Reforma Tributaria».
Al hablar del breve debate que sucedió a las exposiciones centrales del interpelante, diputado Iván Posada (Partido Independiente) y del ministro de Economía, Danilo Astori, hay que incurrir en una de esas citas groseramente obvias: «Crónica de una muerte anunciada».
Es que de este debate, como tal y a diferencia de lo que ocurre habitualmente en las interpelaciones, sólo participaron otra vez Posada y Astori y volvieron a quedar a la vista diferencias de puntaje muy notorias.
Homero y Kafka
Posada vestido de gris claro, sin despegarse tanto del marco general como cuando usa la corbata fluorescente- había quedado evidentemente molesto con lo que le pareció cierta arrogancia del ministro. Tal vez por ello decidió buscar apoyo en la literatura clásica universal, aunque empleando un inconveniente tono altisonante. Aludiendo a Homero (no Manzi, el otro, el de «La Ilíada»), dijo recordar aquello de que «a veces los dioses bajan del Olimpo y se mezclan con los demás mortales». Supongo que se la tiró con chanfle a Astori. No me pareció muy fina la alusión, pero confieso que no presté toda la atención debida porque, justo en ese momento, cosas de la vida, la diputada Adriana Peña (Correntada Wilsonista) se había descalzado y se acariciaba lenta y delicadamente el cuello de uno de sus piecitos con la planta del otro.
Dejando los textos clásicos, Posada retornó al más ríspido asunto de números y porcentajes y dijo que Astori había confesado que «no hay cálculo del impacto sectorial de la reforma»; a su juicio, eso inhibía al ministro de respaldar un cambio estructural del porte del que se estaba discutiendo. A renglón seguido, siempre con la voz excitada, alzada diría, sostuvo que «va a pagar más el que está apenas por encima de la línea de pobreza». Luego decidió recordar a Thatcher y a Reagan como líderes de la vigente tendencia mundial de ampliar las bases imponibles para los impuestos a la renta y reducir paralelamente las tasas. Aquí, en una voltereta que dejó sin aliento a más de uno incluso, creo, a Pablo Mieres, que lo seguía desde las barras-, se tiró de cabeza otra vez en textos célebres y citó a León Felipe: «La cuna del hombre la mecen los cuentos,/ los gritos de angustia del hombre los tapan los cuentos,/ (…) me han dormido con cuentos y sé todos los cuentos». En medio del estupor generalizado (hay que decir que el poema, parcialmente leído, le salió como a Catusa Silva el «Ave María»), inició la manipulación de su computadora personal y proyectó en las pantallas de la sala lo que denominó «un cuento».
Aunque yo estaba ahora más atento a la exposición, advertí dos hechos laterales conmovedores: uno, el diputado fernandino Germán Cardozo (Foro Batllista), con un porte de elegancia tipo Pancho Dotto, recorriendo sonriente la bancada periodística femenina; otro, los diputados Pablo y Washington Abdala concretando con sonriente algazara y, según propia confesión, como respuesta a la fortaleza del oficialismo- «el sublema interpartidario libanés de la oposición».
Pero pronto volví la atención a la sala, porque Posada, ya a todo color (no él, que seguía gris, sino la pantalla), explicaba la relación del concepto de cuento con la interpelación. Expuso lo que denominó «La metamorfosis». De inmediato, se entendió (y lo vivió más que como un gol a favor, como uno en contra evitado en la línea): pasó revista a declaraciones de Astori sobre el proyecto de impuesto a la renta del Frente Amplio en 1999 -cuando era el ministro designado en Economía si el candidato Tabaré Vázquez ganaba la elección-, a las que describió como absolutamente contradictorias con lo esencial del proyecto de reforma tributaria. Su idea quedó clara, más allá de su expresión estentórea: Astori decía una cosa en 1999, ahora dice otra; Astori ha sufrido una metamorfosis y ahora nos hace un cuento. «¿Cuál discurso le debemos creer, señor ministro?». A esto añadió que el proyecto actual recogía las recomendaciones del FMI que, en 2003, ni Batlle había querido aceptar. Y cerró con lo que pretendió ser una mojada de oreja: «Ministro, usted pidió propuestas. Ponga acá el proyecto de 1999, que era mejor, y el Partido Independiente se lo vota» (¿ofreció un solo voto, Iván?; no suena muy seductor que digamos).
Directos de Tyson a la mandíbula
Antes de la respuesta de Astori, ocurrió en sala un hecho entre gracioso y patético. En determinado momento, mientras todavía hablaba el interpelante, el ministro se levantó y salió de sala con pudorosa premura. Posada se sobresaltó, se indignó y vociferó exigiendo un cuarto intermedio porque no estaba dispuesto a seguir hablando sin que el interpelado lo escuchase. Cuando se iba a votar su enérgico pedido, regresó Astori, con cara de alivio. No era para menos. Había ido al baño. Es increíble, pobre hombre. ¡Che, hay que respetar al menos la necesidad de liberar la vejiga!
Nuevamente sentado junto a sus asesores Astori soportó estoicamente a su lado, en el reducido espacio físico que se le concedió al equipo económico, el volumen impactante del subsecretario Bergara- el ministro dijo con serenidad: «Señor diputado interpelante, debe creer todos los discursos que he hecho, porque siempre he obrado de buena fe. No estoy congelado en el tiempo y quiero leer los datos de la realidad, que van cambiando». Y dio un paso hacia un registro más didáctico: «Hay que bajar los decibeles (en realidad, Posada los había destruido) porque tan altos dañan los oídos y no dan la razón. Además, de tanto hablar de metamorfosis, voy a creer que ésta es una interpelación kafkiana, o que yo me estoy interpelando a mí mismo».
Con la cana cabellera imperturbable, Astori lanzó entonces la serie final de directos a la mandíbula: «No se puede comparar un impuesto, el proyecto en 1999, con una reforma. No resiste el más mínimo análisis. Seamos serios: 1996 no fue igual a 1999, ni 1999 igual a 2006. Ha habido cambios en el país y también regionales, económicos y políticos».
«Hablemos de sistema tributario apuntó a continuación y aquí se cayó la estantería-, porque si incluimos el proyecto de 1999 de un impuesto haríamos algo frankensteineano (le costó decirlo, pero se le puede perdonar, a mí no me hubiera salido). No se puede comparar un impuesto con un sistema». Y siguió comiendo tobillos: «Tenemos la obligación de leer la realidad y no proponer cosas impracticables. El pueblo uruguayo no votó en 1999 el proyecto del Frente Amplio y ahora lo hizo» (con paciencia pedagógica, recordó lo establecido sobre la reforma tributaria en el programa del partido de gobierno, comunicado a la ciudadanía antes de los comicios, y con abundantes datos adujo que el proyecto en discusión era absolutamente fiel a su origen).
Su conclusión tuvo un toque de sobrio humor y un efecto final sonoro: «¿Ustedes conocen el impuesto a la Renta de Estados Unidos y de Gran Bretaña? ¿Cómo alguien puede decir que nosotros hacemos lo mismo que Reagan y Thatcher?
Y en cuanto a las recomendaciones del FMI de 2003, simplemente no es así. No tiene nada que ver con esto, pese al recorrido kafkiano que estamos haciendo.
Y quiero anunciar, además, que hoy hemos cancelado nuestras obligaciones con el Fondo Monetario Internacional, por primera vez en cuarenta y siete años». Fue al ángulo.
A barajas
Aníbal Pereyra
(Espacio 609) pidió un cuarto intermedio de treinta minutos. Se veía venir. Al regresar, quedó plasmado un significativo acuerdo: borrar la lista de oradores e ir a las mociones finales. Evidentemente, unos cuantos habían secado las gargantas y los argumentos.
Al presentar su moción de rechazo a la reforma tributaria que alcanzó sólo 37 votos en 85-, la oposición, en la voz de Jorge Gandini (Alianza Nacional), sonó resignada.
No obstante, el diputado blanco anunció la presentación de un proyecto de ley por el cual, si finalmente hay una mayor recaudación, los dineros resultantes sólo podrán ser usados para rebajar la tasa básica del IVA hasta el 16%. «Si, como dice el gobierno agregó Gandini- hay una menor recaudación, nuestro proyecto será inocuo».
Ya se veía el telón cayendo cuando Aníbal Pereyra perpetró, para fundamentar la moción de la mayoría aprobada por 51 votos en 90- un pequeño diluvio verbal, innecesario aunque entendible por el entusiasmo que embargaba al joven diputado rochense. Astori, Bergara éste con alguna incomodidad para salir de entre las estrechas bancas-, Lorenzo y otros integrantes del equipo económico se fueron bajo un aplauso cerrado de los legisladores oficialistas.
La oposición, a pesar de todos los pesares (y de los directos a la mandíbula), y en diversas conferencias de prensa posteriores, no aceptó haber perdido. Bueno, está en su derecho.
A fin de cuentas, es cuestión de interpretación (que ya no de interpelación, claro). *
Compartí tu opinión con toda la comunidad