En el último acto cada una de las 15 listas sólo convocó de promedio a 333 adherentes

El FA elige nueva dirección, esperando revertir la apatía de su cuerpo militante

En el último acto que se realizó el pasado 31 de octubre con motivo de cumplirse el segundo año de su triunfo en las elecciones nacionales, hubo unas 5.000 personas, que si las distribuimos en las 15 listas tenemos que promedialmente cada sector llevó al acto a 333,33 personas. Si además le quitamos a cada una de las listas los 100 militantes de «hierro», esos que se matan por estar en las listas (hubo un militante que pidió que su nombre lo escribiera en una lista con una lapicera), tenemos que el plus que llevó cada sector al acto, fue de 233 personas. Número que puede ser menor, si tenemos en cuenta que muchos frenteamplistas que estuvieron en el acto, no responden a ningún sector. Estamos, entonces, ante todo un récord, una verdadera muestra de la poca convocatoria que tiene la mayor fuerza política del país. Esto es lo que se busca superar el 12 de noviembre, con las elecciones internas.

Participación y movilización que si se logra va a reafirmar la democracia del FA, la propia democracia nacional y va a fortalecer al primer gobierno de cambio que avanza bajo fuego cruzado de la oposición y los sectores empresariales más conservadores.

 

Antecedentes

En 2002 el Frente Amplio realizó elecciones internas iguales a las que se realizarán el próximo 12 de noviembre (no previstas en la Constitución de la República, pero sí en el estatuto partidario).

Eran tiempos de la crisis financiera, del país de la fractura social drástica y que se iba por la banquina, lo que favoreció a que casi 220 mil personas se volcaran a las urnas como forma de castigar al presidente Jorge Batlle y de adherirse a una esperanza.

Ahora la situación es otra. El país crece, se desarrolla, tiene estabilidad financiera, mejora la distribución de la riqueza, se avanza en el conocimiento de la historia reciente, se procesan cambios que se visualizan lentamente.

A la vez el gobierno se «chupó» a los mejores dirigentes políticos, vaciando a la fuerza política de mujeres y hombres con experiencia en las cuestiones de la política. No hubo ni renovación de nombres, ni renovación generacional.

El 2 de marzo de 2005 no comenzó esta crisis militante, porque la campaña electoral de 2004 tampoco se caracterizó por la participación masiva sistemática. Hubo momentos que fue tan chata como un plato.

Las recientes elecciones de los consejos vecinales volvieron a mostrar la apatía de la sociedad uruguaya o las cambiantes formas de relacionamiento de los uruguayos con el ejercicio de sus derechos cívicos. Votaron 70 mil ciudadanos, un número menor al de hace dos años. Si esta cifra se repitiera en el interior del país, tendríamos una participación de 140 mil ciudadanos, monto menor a las elecciones internas del FA en el año 2002 (mucho menor si no olvidamos que en los consejos también votan ciudadanos de otros partidos).

El próximo 12 de noviembre el Frente Amplio, para empardar el número de votantes del 2002, tendría que duplicar lo logrado en las elecciones de los consejos vecinales (voto real en Montevideo, más voto virtual en el Interior), de hace muy pocos días. Para ello tiene algunas ventajas: las elecciones internas son más atractivas que ir a votar a vecinos desconocidos, y a la vez presenta la posibilidad de responder con el voto a la ofensiva crítica de los partidos tradicionales. Estos dos factores no son poca cosa.

Tiene, a la vez, tres palos en la rueda: primero que la campaña electoral comenzó de hecho este fin de semana  es muy poco tiempo- y segundo que no van como candidatos el vicepresidente de la República, los ocho intendentes, así como una veintena de caudillos del Interior. Todo un impedimento estatutario que deja fuerza de concurso a quienes fueron candidatos comunes en 2004. Un verdadero disparate.

El tercer factor negativo, el más grave, es que no han aparecido dirigentes con suficiente agilidad para hacer el resumen político ante cada batalla, tema o problema. Resumen que muchas veces no se puede ni se debe hacer desde el gobierno porque tiene otros códigos, otras responsabilidades y otras condicionantes, sino que es debería hacerse desde el FA. La dirigencia de izquierda aparece como confiada en que el descrédito de Julio María Sanguinetti y Luis Alberto Lacalle es suficiente para dejarles el espacio y la iniciativa de la reflexión política. Esto ha llevado a que el votante de izquierda no tenga dirigentes con quien reflexionar  por lo menos a distancia-, para después actuar si lo considera necesario.

 

El día después

Por encima del resultado electoral, favorezca a quien favorezca, todos los frenteamplistas tienen el desafío de construir una nueva fuerza política para los próximos 15 años.

Si después de estas elecciones no hay un mayor compromiso de los sectores con el Frente Amplio como un todo, lo que pasa por destinar insumos humanos a los organismos de dirección, intermedios y de base, los comicios habrán servido de poco.

Si a la vez, no hay un planificado recambio generacional que permita bajar la edad promedio de la dirigencia a 45 años de edad en los próximos cinco años (el asunto no es tirar todos los días un viejo por la ventana ni dejarle a los jóvenes todas las responsabilidades), se irá necesariamente a una crisis mucho más aguda.

Si no se destinan energías físicas e intelecto para modernizar la fuerza política, desde su infraestructura hasta el análisis de la realidad nacional y mundial, se estaría ante más de lo mismo.

Si después del 12 de noviembre la dirigencia no se mira al espejo y no se da cuenta que en muchos casos está agotado el modelo sectorial actual, que hoy hay muchas más coincidencias horizontales que verticales entre los dirigentes, se va a seguir posponiendo la renovación y la actualización de la izquierda.

El Frente Amplio, estructurado en base a quince listas y más de veinte grupos, permite que las experiencias comunes lleguen poco o nunca a las instancias de decisión.

Hoy la fuerza política se parece a un laberinto pleno de recorridos sin salida, que obliga a esfuerzos sobrehumanos para lograr decidir sobre algo, por eso el poder interno se traslada al Poder Ejecutivo y al parlamento, a los intendentes y a los ediles departamentales.

Una vez atendidas estas sugerencias (se aceptan otras), recién se podrá considerar quien debe de ser el presidente del FA, asunto que tendrá que discutirlo con responsabilidad y grandeza, debido a su importancia.

Claro que si se quiere seguir teniendo «aparatos y aparatitos» para conseguir algún cargo parlamentario o zonas de poder (podercitos) para negociar tal o cual aspecto (también cargos), se puede seguir así porque la izquierda con todos estos problemas sobre sus espaldas igual gana, aunque no cambie nada. *

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