Pleno respaldo al ministro Díaz tras una maratónica interpelación en Diputados
Epítetos contundentes, vocablos filosos, adjetivos explosivos y una inexorable y gozosa inclinación a la redundancia. Entre ese oleaje, el ministro, cuyo rostro expuso una cierta energía al comienzo y terminó semejando el de un sufriente misionero, persuadido de su evangelización pero angustiado por la verbosa incomprensión circundante. Compensó su cansancio con muchos vasos de leche (menos mal que dejaron de tirarla).
En el debate, el interpelante Germán Cardoso (Foro Batllista) calificó de asombroso que «los paladines de la ética, la moral y la transparencia digan que está bien que una funcionaria disponga de dineros públicos en beneficio de su concubino», aludiendo a que la Jefa de Policía de Maldonado habría pagado «horas ciudadanas» fondos que aporta la Intendencia- a su compañero, un comisario de Interpol. Siguió con las donaciones privadas a la policía, acerca de las cuales denunció que no hay control, y con las fugas de la cárcel de Las Rosas; relató que un día los reclusos jugaban al fútbol fuera del establecimiento; uno tiró la pelota lejos (estilo Olveira), hizo como que iba a buscarla (estilo Capria) y no volvió. Luego leyó un artículo del senador Saravia, del Frente Amplio, hablando de «la inseguridad creciente», y dijo que era «lapidario». Al finalizar, algo le jugó en contra (como Arévalo Ríos a Bella Vista): «Me van a obligar a ir a la justicia por la corrupción que no aceptan corregir».
El griterío sarcástico que estalló en la bancada oficialista, con variedad tonal y ajustada armonía, tal vez le haya hecho interrogarse sobre su advertencia. Empeñoso, se sobrepuso y metió un estridente «Â¡no se me contestó nada, hoy se le han caído unas cuantas banderas al oficialismo!».
Pausado, con el subsecretario Faroppa siempre firme a su lado como un blandengue (gordo), el ministro contestó que «como en el fútbol, también en esto hay dos relatos de un partido». Primero, fue didáctico: «si hay banderas caídas lo dirá el pueblo en su momento»; segundo, fue categórico: «este gobierno y esta fuerza política no bajan ninguna bandera y mucho menos la de la lucha contra la corrupción»; tercero, explicó que el comisario Cazús, fue incorporado a las «Horas ciudadanas», servicio policial de apoyo a la población, «por necesidad funcional»; cuarto, admitió que seguirá vigilando todo lo que se hace «con lupa», aunque precisó que «no hay ningún gato encerrado».
Aquí me distraje por dos detalles: la presencia de una legisladora que confundí con la hermana de Celia Cruz y me informaron que se llama Ana Cardozo y es suplente de Roberto Conde (Partido Socialista); y Javier Salsamendi (Espacio 609) apareció creo que por primera vez- con un traje estilo Cuenca aceitunado, aunque sin llegar al tono militar.
Sube la temperatura
Cardoso no estaba dispuesto a bajar los cañones. Volvió, con artillería gruesa, a «los pagos indebidos» que recibiría el concubino de la jefa y a las donaciones no controladas. Cuando no se había disipado el humo del bombardeo, leyó un texto crítico sobre la seguridad en el país y, al final, reveló que su autor era Esteban Valenti, un hombre de la izquierda: «¿Qué le parece, ministro? Pide mano dura y admite lo que usted niega». Y trató de pegar donde más duele: «La última encuesta de opinión pública le da al doctor Díaz una aceptación de 15 por ciento».
Tras beberse otra leche, el ministro, refiriéndose a la opinión de Valenti, aclaró que son puntos de vista: «Todos estamos de acuerdo en que la seguridad es un problema y todos queremos resolverlo. Pero no es cierto que vivamos en el peor de los escenarios. En América Latina estamos en uno de los primeros lugares en seguridad».
En cuanto a su aceptación pública, prudencia: «Soy uno más en el gobierno. Me muevo por convicciones, principios y experiencia. Tengo la conciencia tranquila y seguiré trabajando con responsabilidad».
Y se entreveró la cosa. Cardoso volvió al ya famoso concubino, a las donaciones y a Las Rosas; Víctor Semproni (Claveles Rojos), que emergió desde el fondo de su banca donde parecía acurrucado, exigió poner orden; José Carlos Cardoso (Herrerismo), por fortuna esta vez vestido en sobrios tonos de azul, aulló ya que debió empinarse, para concluir su idea, sobre el griterío de la bancada oficialista- contra la teoría del gobierno «de las conspiraciones»; Nelson Rodríguez (Correntada Wilsonista) empezó con un sorprendente «yo esperaba que el ministro se calentara un poco más con lo que pasa en Maldonado» y concluyó que «Díaz no puede contestar lo que se le antoja».
¡Para qué! Daisy Tourné (Partido Socialista), enfervorizada, casi amenazante, con ademanes de teatro clásico, trancó con tacos en ristre: «Una interpelación es un hito importante en la vida del Parlamento. Pensé que iban a demostrar que estamos en un caos y terminamos con el concubino, supuestas declaraciones infelices de la Jefa de Policía y la camioneta gris que maneja no sé quién». Y luego de arrasar al paso varios tobillos, se paró firme: «El ministro contestó todo lo que le preguntaron». El herrerista Cardoso gritó tanto y tan fuerte que se temió que hubiese sufrido algún ataque viral desconocido; lejos de apiadarse, Tourné prosiguió exaltadísima: «Â¡No escuché una sola propuesta constructiva! También para ser oposición, como fui yo, hay que estar a la altura de las cosas. ¡Y para ser pícaro hay que saber también¡».
Concubinos y canilla libre
Daniel García Pintos (Lista 15) arrancó con un acto de fe: «Tenemos la esperanza de que esto sirva para cambiar el rumbo». Enseguida mostró las cartas: «Maldonado está mucho peor ahora que hace dos, cinco, diez años.
Pensé que al llegar la izquierda al gobierno iba a cambiar su discurso de preocuparse más por los delincuentes que por las víctimas, pero ¡maldición¡ no pasó». (La interjección le fue tolerada porque la usó con pudor). Tras eso se sumergió en la ironía: «Hay una mala distribución del ingreso (refiriéndose al monto de lo robado) porque de casi 190 millones de pesos sólo se ha recuperado un 10 por ciento». Y, ya en quinta y en bajada: «Hay canilla libre para los robos, para las rapiñas, para los copamientos».
Jorge Orrico (Asamblea Uruguay), que de tan caliente se despeinó y dejó de lado parte de su elegancia, expuso una esclarecedora defensa del concubinato, diciendo que había sido practicado por Artigas, por varios legisladores y por él mismo en algún momento de su vida (¡ah, las confesiones, Jorgito!).
Luego, el caos
Federico Casaretto (Correntada Wilsonista) calificó de «panfletaria» la intervención de Tourné (que ni se enteró porque había salido); Pablo Pérez (Alianza Progresista) se la tomó con los diputados de la oposición por su departamento, Maldonado, y con dichos de Sanguinetti y Lacalle presuntamente dirigidos a perjudicar al gobierno. Colorados y blancos rabiaron y vociferaron, se oyeron timbrazos de la Mesa y Pérez puso fin a su exposición golpeando la mesa como una tumbadora: «Â¡Estos son hechos!»; Washington Abdala (Foro Batllista) propuso que se salga del recinto y se le pregunte a la gente qué piensa, mostró una foto de la jefa de Policía posando en «Para ti» e instó al ministro a resolver el tema esta noche «porque a ella le va a faltar sensibilidad para irse sola»; Javier Salsamendi (Espacio 609), a toda velocidad, extrañamente encrespado, dijo sentir que «esto se está usando como campaña electoral y el debate se ha desnaturalizado»; y Enrique Pintado (Asamblea Uruguay) aceptó la realidad: «Esta interpelación está jugando los descuentos y podrÃ
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