El padre, la madre, los nenes, el perro, y la historia reciente
«Se van, hoy no ven televisión», fue la orden, muy semejante a las dadas cuando la pareja se dispone a ver una película erótica o pornográfica. Esto ocurrió el sábado, poco antes de las 14.00 horas, minutos antes de que el Canal 5 transmitiera la primera clase televisiva para profesores de historia y maestros, sobre la historia reciente.
El hombre y su mujer se sentaron frente a la pantalla tomados de las manos, sintiendo que un extraño temblor les recorría por el cuerpo. Incluso el perro, asustado como sus amos, se colocó entre las piernas de la señora, apenas moviendo las orejas y con un ojo abierto. Dos por tres, emitía un chillido lastimoso, casi cobarde.
Nunca sabremos a qué imagen le temía el perro, pero si sabemos que aquella pareja esperaba que en la pantalla aparecieran un monstruo con cara de José Stalin o de bandera del FA.
En cambio surgió un hombre sencillo, no producido, tomado con cámara fija, entrado en años, presentado como el vicepresidente del Codicen y llamado José Pedro Barrán.
«Mirá bien, a ver si detrás no hay una hoz y martillo o la estrella tupamara», le dijo el amo de la casa, a la pobre mujercita que temblaba mucho más que el perro, aunque no aullaba. La mujer miró con atención, pero no distinguía nada en el fondo, porque no había nada.
Barrán, el de la sensibilidad de la historia, mostró que podía transformarse en cualquier cosa, menos en un dictador que se llevara por delante a profesores y alumnos.
«No te distraigas gritó el macho porque en cualquier momento nos cuelan una consigna, porque eso lo aprendieron de Antonio Gramsci y además controlá la puerta porque en cualquier momento caen los muchachos y esto no quiero que lo vean».
El perro, bien mandado, entendió el mensaje y se trasladó hasta la puerta levantando las orejas, la cola y «rugiendo» casi como un león, a pesar de que su altura no era más de 25 centímetros.
Cuando apareció el profesor José Rilla, se escuchó en el living: «Este es el más peligroso», dijo el dueño de casa. En ese mismo momento, en El País me contaron toda la redacción se volcaba sobre el televisor poniendo cada colega un grabador para registrar todos los dichos, en tanto que Gonzalo Aguirre le sacaba punta hasta a la birome.
«No privarnos de la preciosa posibilidad de establecer varias interpretaciones de un mismo hecho, sobre todo cuando estamos frente a jóvenes, a niños. No privarnos de la posibilidad de ofrecer múltiples perspectivas», propuso Rilla.
«Para aquellos que tienen una vocación por la simpleza, por el esquematismo, les diría que tengo malas noticias (porque) las cosas son más complicadas. ¿Por qué las vamos a hacer sencillas si son más complicadas, si tienen una gran diversidad? Busquemos las mejores versiones de cada uno de estos hechos», agregó el historiador.
Sobre próximos encuentros, Rilla dijo que no va a restringir a la vida política el estudio de la historia reciente, pero ya adelantó que se va a referir a «los pasados que no pasan, los pasados tan dramáticos, tan duros, que no pasan: los genocidios, las dictaduras más contemporáneas, las guerras (que) forman parte de esta historia violenta que ha tenido el siglo XX», subrayó.
En ese mismo momento que se escuchaban las palabras de Rilla sonó el teléfono en la solemne casa, cuyas paredes están adornadas de viejas fotos de familia. El señor levantó el tubo y escuchó la voz de uno de sus hijos: «Papá, estamos en lo de Alicia y escuchamos a un profesor de historia que es un lujo, después te cuento». El perro salió corriendo, por miedo a que lo dejaran retratado de una patada contra la pared. *
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