Vega (FA) invitó a pelear a Abdala (FB), luego que éste lo llamó "atrevido"

El Plenario fue un claro y áspero reflejo de diferencias por la guerra en Medio Oriente

El texto aprobado, tras un ríspido debate que tuvo desde aspectos graciosos a «te espero a la salida», dice lo siguiente:

«Ante la dramática situación que se vive en la región fronteriza entre Israel y el Líbano, que ha costado centenares de vidas inocentes, la Cámara de Representantes declara:

«Primero: que insta a las partes en conflicto a un inmediato cese al fuego a fin de evitar más derramamiento de sangre.

«Segundo: que condena los actos de violencia y todo tipo de extremismo que contrarían el derecho internacional y la soberanía de los estados y la paz en la región.

«Tercero: que apoya las iniciativas para el inicio de conversaciones de paz, a fin de estabilizar la zona, bajo la égida de la ONU, cómo único camino para instalar la plena vigencia del derecho internacional, la soberanía de los Estados y la paz de la región.

«Cuarto: que manifiesta su condena a todo bombardeo a poblaciones civiles de ambas partes, tales como los efectuados recientemente en la aldea Caná del Líbano, que originó 57 víctimas, entre ellas 37 niños inocentes, y en la localidad israelí de Haifa».

Esta declaración fue aprobada por 38 votos en 59, habiéndose abstenido nada menos que la bancada del MPP del Frente Amplio.

Como se sabe, esta declaración, originariamente, no incluía el punto Cuarto y el punto Tres llegaba hasta «…Organización de las Naciones Unidas». Así se había presentado, durante la sesión anterior, con la unanimidad de la Comisión de Asuntos Internacionales de Diputados.

El resto del texto  exquisitamente, aditivos- originaron el más extenso, áspero y confuso debate del que yo tenga memoria.

 

Todo parecía venir bien…

Al comenzar, Daniel Peña (Alianza Nacional), miembro informante, sorprendió como Damiani: pidió un cuarto intermedio. Argumento simple: estaba persuadido de que con alguna mínima corrección al texto se lograría el consenso que fue imposible la semana anterior. Deseo aclarar que, más allá de sus nobles intenciones, Peña habló tan alto que el micrófono tembló y pareció prosternarse frente a él.

Reanudada la sesión, se advirtió  lo hizo hasta algún diputado que había echado una siestita  que el consenso estaba más lejos que antes.

Carlos Enciso (Correntada Wilsonista) salió al cruce como la Carrozzo y reclamó respeto por el esfuerzo del Partido Nacional para alcanzar un acuerdo. Luego, sin necesidad, porque él mismo admitió que los medios los detallan a diario, repasó los acontecimientos que exigen la declaración y llegó a decir, quizás traicionado por la emoción, «hemos hurgado en los esfuerzos…», licencia literaria, más que política, que no alcancé a descifrar. Tampoco lo hicieron otros quienes, haciendo un gran barullo, obligaron al presidente Cardozo a cerrar la batahola con su habitual firmeza.

Al cabo, Víctor Semproni (Claveles Rojos) expresó solidaridad con Enciso, aclarando que, de todos modos, tenía que agregar algo a lo ya agregado (¡). Y leyó el texto del oficialismo, con el añadido al artículo Tercero y el agregado de un artículo Cuarto que, entonces, no incluía la parte de «…y en la localidad israelí de Haifa». (Enciso quedó más desubicado que Figueredo en el Louvre).

Fue en este preciso momento que la confusión se metió como sanguijuela en los legisladores y usurpó sus espíritus; varios se asemejaron a unos personajes de aquella película protagonizada por Angélica Houston y Raúl Julia.

Peña retocó su grito pelado y convocó al camino de la paz y al camino de defender el derecho internacional para justificar su opinión de que lo importante era declarar el rechazo a la guerra y no otra cosa.

Manipulando con cierta torpeza unos documentos  sigue con problemas en su mano derecha, nada menos  Washington Abdala (Foro Batllista) criticó a la ONU por su pasividad y descubrió que Hezbolá es un grupo terrorista además de un partido político votado por los palestinos. Luego, esforzándose por sacar de la declaración la referencia a Caná, que le parecía la «personalización» de una guerra que mata inocentes en los dos lados, recordó a Hitler, al holocausto y a la para él «lógica sensibilidad de Israel»; enseguida subió la apuesta y espetó a la sala, con gestualidad de teatro clásico británico: «Yo, con Hezbolá, nada; yo, con el presidente de Irán, nada; yo sé dónde estoy y dónde quiero estar». Y sentenció, con adustez facial: «Hay una veta antisemita increíble que anda por ahí».

 

Se generaliza el lío

Como impulsado por un resorte, aunque en tono amistoso, emergió Enrique Pintado (Asamblea Uruguay) diciéndole a Abdala que ahora entendía por qué estaban en partidos diferentes y recordándole que, de su argumentación, se había escapado «los centros de poder mundial que resuelven todo, por acción u omisión». De inmediato, tal vez abrumado por la energía invertida al inicio, hizo amainar el viento de su reacción, aclaró que acá no había antisemitas y recordó que tenía amigos en Israel y que cuando hay ataques allí, temblaba.

Pero  ah, tololo, no se había extinguido su aliento épico  declamó que en esta guerra «hay desproporciones entre una fuerza y otra» y que hasta a los amigos hay que decirles la verdad cuando están equivocados. Remató con una condena moral a todas las muertes y repitió que la declaración «no tiene una dirección ideológica determinada».

Cómo habrá valorado el oficialismo su discurso que, apenas finalizado, hubo palabras de apoyo, aplausos aislados y palmaditas para Pintado, que sonrió complacido como si mirara a la Amsterdam.

Ahí pidió la bolada Daniel García Pintos (Lista 15). Su exposición me cubrió de gozo: no se calentó, no arremetió contra nadie y alabó las argumentaciones de Abdala y Pintado. Y me cubrió de dudas: dijo que esto no va a cambiar, que por qué no se habla de Irak, que detrás de todo está el petróleo y el fanatismo religioso y que se van a seguir matando. «Está bien que el Parlamento se ocupe de esto, pero ¿podrán detener a Irán?», se interrogó mirando a todos con sonrisa traviesa. Y sin hesitar: «¿Cuánto demorará en llegar todo esto al Sur?». (¿Por qué mis dudas? Metió tanta cosa en el balde, sin apelar a ningún documento como Abdala, que no sé si las domina o hizo un curso en Ilven). Obviamente, dijo que no votaba los aditivos.

Pablo Abdala (Herrerismo) expresó que, a su juicio, como descendiente de libaneses, la Cámara había estado bien, aunque la declaración «incurre en lugares comunes inevitables» y «todos tenemos derecho de hacer aportes». Puntualizó que nadie puede decir que esta es una guerra justa, ni que no sea contra el Líbano, aludió a la responsabilidad de Estados Unidos y adelantó que se sumaría a la declaración con los benditos aditivos.

Qué remanso. Pero reapareció Abdala, el colorado, que dio garrote a Siria, opinó que a ningún otro país a Israel le han dicho que «hay que aniquilarlo» y que la única esperanza son las generaciones que vienen, de un lado y otro (si quedan vivas, aunque esto lo digo yo).

Y vino el contragolpe feroz. Alvaro Vega (Espacio 609) saltó al ruedo con una confesión que me estremeció (imaginando lo por venir): «Mis compañeros no tenían ganas de que yo hablara, pero lo voy a hacer a título personal». Y metió el puntazo: «Lo que se dice acá se dice para que repercuta acá mismo, en las comunidades que tienen poderío».

El soldado Abdala  lentes empañados de furia, voz registro Pavarotti, ademán amenazante- gritó: «Â¡No sea atrevido, no se lo vo
y a permitir, eso es discriminatorio! ¡Usted es un atrevido!».

Vega, con estilo más tipo Nicolino Locche, le aclaró que si quería «lo hablamos afuera». Y siguió acusando: «Si se habla de desaparecidos acá, tenemos ojos en la nuca, somos vengativos, pero distinguidos líderes políticos no pierden oportunidad de acompañar a Israel en su recuerdo del holocausto».

«Â¡Como Tabaré Vázquez!», se oyó gritar a Abdala, el blanco, lo que gestó lo mejor de parte de Vega: «Â¡Ahora tengo a los dos Abdala en estéreo!». Mientras las carcajadas se acallaban lentamente, alcanzó a meter otro puntazo: «¿Qué? ¿Somos pacifistas? Si miro la historia no lo fuimos. Las calles de Montevideo están llenas de nombres de gente que limpió a unos cuantos».

Gritos, pataleos, risas y Cardozo a timbrazo limpio. Pero el telón todavía estaba arriba.

 

La votación

Caos al cierre. Jaime Trobo (Herrerismo) confesó que había llegado tarde porque estaba en otros asuntos  no explicó si políticos  y dijo que no hubiera querido este debate, que «nos convoca la concepción ética que Uruguay tiene de cualquier guerra y no quién tiene la razón», y que no había mejor cosa que votar la declaración original.

Luego hubo una interminable lista de oradores que poco aportaron; en cierto momento apareció un nuevo texto que ya no incluía solamente los aditivos iniciales, incluidos por el oficialismo, sino el último  »…y en la localidad israelí de Haifa»- propuesto por blancos y colorados para que hubiese una suerte de empate simbólico.

Cuarto intermedio para coordinar. Fue tan parecido a la Fiesta de la Patria Gaucha que después se votó tres veces, tres textos distintos, para que, al final, fuera aprobada, sin los votos del MPP, la declaración descrita al comienzo. *

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