El plenario tuvo de todo: no se conformó el que no quiso

Diputados aprobó, en agitada sesión, acuerdo de cooperación energética con Venezuela

Informe y un encuentro raro

Ruben Martínez Huelmo (Espacio 609) fue el informante del proyecto, de un solo artículo, que venía aprobado del Senado. Hubo cierta distracción en sala, al comienzo de su exposición, debido al elegantísimo ingreso de la diputada Beatriz Argimón. Pero Martínez Huelmo se mantuvo muy concentrado, la vista al frente (casi como un voto de castidad) y se le entendió con claridad: recordó que Uruguay le compra petróleo a Venezuela hace más de quince años, pero la diferencia son las condiciones que se plantean en este acuerdo; ahora podrá comprar hasta 48.300 barriles diarios a precio internacional pero en condiciones muy favorables, por la financiación y porque pagará parte del valor total con productos y servicios. Estas operaciones, aún incipientes, dijo el legislador oficialista, han permitido a Ancap un ahorro de cinco millones de dólares; agregó que el acuerdo permite mantener la diversidad de fuentes de abastecimiento y el desarrollo de la refinería de La Teja para crudos pesados y asfalto.

Aquí reparé en una rara circunstancia: Rosadilla y García Pintos, en la bancada colorada, no sólo ignoraban al informante sino que conversaban muy animados. ¿No se estará pasando de rosca la nueva corriente del MPP?

No tuve tiempo de analizarlo. Jaime Trobo (Herrerismo) salió como una tromba (algo obesa) y descargó un «vamos a recomendar que se vote negativamente». Y con tono estentóreo expresó que aquí no había acuerdo ni cooperación, que todo era declarativo para darle lustre a Chávez y que Venezuela sólo expresa su deseo de vendernos petróleo, sin ninguna seguridad ni en el volumen ni en el precio; esto será objeto, puntualizó, de evaluaciones posteriores y ajustes según las disponibilidades del proveedor y de las resoluciones de la OPEP.

A esta altura llegaron dos diputados del Foro Batllista: Tabaré Hackenbruch preguntando «che, ¿qué están tratando?»  saludóme muy cordialmente, lo cual alegróme no sé bien por qué- y Washington Abdala con la mano derecha vendada (¡justo la derecha, soldado!).

El divague me lo detuvo el propio Trobo, que a esa altura había metido en su gritado discurso dichos de Couriel, Gargano y Sendic prometiéndole a la gente, el año pasado, que Venezuela nos iba a vender petróleo a 43 dólares.

 

Se agita, se agita

De inmediato saltó al ruedo (es un decir, hablo de una dama muy seria) Silvana Charlone (independiente Frente Amplio), toda vestida de negro como la novia a la que el Zorro olvidó recoger, quien le enrostró a Trobo sus teatralizaciones y dramatizaciones abundosas. ¿Qué decimos cuando nos oponemos a este acuerdo?, preguntó con voz firme. Y se contestó: «a que Uruguay compre determinada cantidad de petróleo, a lo cual no está obligado y lo hará si lo necesita, y a que Venezuela no nos obligue a nada y nos ofrezca buenas condiciones». Luego la traicionó el fervor: me pareció que dijo «todos los países tienen acuerdos con la OLP», en lugar de la OPEP, pero puedo haber oído mal (en todo caso no importa; Arafat está tan duro que no va a patalear). Insistió en que hay necesidad del acuerdo porque Uruguay pagará parte en productos y servicios, pero, aclaró, ni esto es novedoso. Y concluyó con un tiro directo a puerta, con la potencia de aquel Hohberg inolvidable: «Hay lógicas de la oposición que no se comprenden, porque esto a quienes más compromete hacia adelante es a nosotros, que vamos a seguir siendo gobierno» (¡tomá pa’vos y tu tía Gregoria!).

Quizás por su condición de mujer -no olvidemos que aún vive y lucha el noble patriarcado- salieron a apoyarla Fernando Longo (Liga Federal Frenteamplista) y Juan José Bentancor (Vertiente Artiguista, hoy más parecido a Portos que a Athos). Ambos arrancaron igual: «Voy a ser breve» (yo me encomendé a las barbas de Osama).

Pero lo fueron, bastante: Longo dijo que con todo convenio hay problemas y trajo a colación el incumplimiento de Argentina con el suministro de gas a Uruguay; y Bentancor ratificó que lo esencial está en la financiación y el ahorro que serán posibles.

Yo me dije: ya está. ¡Soy un ingenuo! Mirá si Trobo se iba a borrar así nomás (él, que se agarró a piñas con un Machiñena de dos metros): reiteró las promesas de Gargano y Sendic, calificó de panfleto el acuerdo y se enzarzó con Charlone, que tampoco se negó a bailar otra, sobre quién, cómo y cuándo teatralizaba más. (Lástima que los periodistas estamos fuera, pero qué buen momento para convocar a Taco Larreta).

 

Gritos y más encuentros raros

Daniel Peña (Alianza Nacional) gritó -realmente grita como si le incomodase algo en un lugar inapropiado, no sé- que «esto no nos asegura ningún suministro, corriente exportadora nacional ni financiación». Y más: «Nos están haciendo un cuento, ¡si la balanza comercial favorece a Venezuela!». De ahí, con el mismo entusiasmo que Julio Ribas aúlla «Â¡segunda pelota!», pasó al endeudamiento que crece a través de Ancap, al Bandes que no es cooperativa y a los pagos adelantados al FMI.

Le contestó Enrique Pintado (Asamblea Uruguay), con otro estilo: sereno, reflexivo y mirando constantemente a un lado y otro, como si dudara de que alguien lo estuviese escuchando. Preguntó si la culpa de lo ocurrido con Cofac era del Frente Amplio y si la crisis de 2002 no había existido, y declaró que el ahorro generado por el adelantamiento de pagos de la deuda externa irá a la educación.

Peña contragolpeó por un lateral, arrancando pedazos de césped, con una refutación: «Ese ahorro se invertirá en la compra de un avión para el Presidente».

Cuando la bancada oficialista se levantaba al unísono a punto de putear -algún grito aislado se oyó- Carlos González Alvarez (Alianza Nacional) metió baza con una alusión casi metafísica: «Tengo miedo que detrás del acuerdo haya algo». Y terminó con una confesión de Martín Fierro: «Cuando no entiendo, desconfío». Ya venía Diego Cánepa (Nuevo Espacio), cuando volví a ver a Rosadilla, esta vez en la bancada blanca, de nuevo hablando con gran animación. (¡Pare la mano, Ratón, que el Ñato se va a volver loco!). En fin, Cánepa también dijo «voy a ser breve» pero no cumplió; leyó parte del acuerdo, se enojó urbanamente con Trobo «y algunas de sus calificaciones» y redundó sobre los beneficios que Uruguay va a obtener. De pronto, me distraje. Es que ahí cerquita, en la primera bancada blanca a mi derecha, adelante, Daniela Payssé (Asamblea Uruguay) y Beatriz Argimón (Correntada Wilsonista) estaban meta darle a la sin hueso. Ah, ¿no es sólo cosa de Rosadilla?

 

La última calentura

Los votos estaban, pero el oficialismo, ya sabiendo que la oposición no votaba, no se decidía a hacerlos valer.

La última calentura  es decir, el último motivo para enfrascarse otra vez en un ríspido debate- se las produjo Pablo Abdala (Herrerismo). Si bien usó un tono moderado -estilo Colegio de los Maristas- fue incisivo como un dolor de muelas. Argumentó que lo único que tenía a la vista eran los pagos adelantados al FMI, la postergación del aumento de sueldos a los públicos y la mayor fragilidad y dependencia energética a la que llevará este acuerdo a Uruguay. Luego tocó el nervio ciático de unos cuantos al decir: «Se nos viene otro mazazo, el aumento de los combustibles». Y terminó exigiendo que todo el país fuera consultado por el acuerdo: «¿Preguntaron al PIT-CNT, por ejemplo?».

Héctor Tajam (Espacio 609), hablando como cuando Clint Eastwood, con una Magnun 357, decía «perdiste», miró hacia donde estaba Abdala y espetó: «Se ha
hablado de muchas cosas, pero aquí hay un sesgo ideológico claro en contra de la nueva integración latinoamericana». ¿Consultas?, dijo: «Siempre hemos consultado, no nos hablen de eso. Le tienen miedo a que los discursos se vayan corporizando, a que las cosas cada vez vayan mejor».

Terrible. Digo, la exposición fue clara, sólida, pero el destinatario, Abdala, había hecho la de Pentrelli: «Toco y me voy». O sea, se había ido. Pero, bueno, lo de Tajam quedó en actas. A esta altura los oficialistas se peleaban por hablar y parecía que divagaban, al punto que Argimón, ya sin Payssé al lado, se calzó los lentes y leyó algo (por el tiempo transcurrido debe haber sido, de un saque, «Cien años de soledad»).

Alguien me avivó: «Están buscando los cincuenta votos». Parece que algunos habían ido al baño. (Y bueno, che, son seres humanos ¿no?).

Al final, cuando Carlos Gamou (Espacio 609) estaba estirando cual Humberto de Vargas en «Desafío al corazón», regresaron los ausentes y el Acuerdo de Cooperación Energética con Venezuela fue aprobado por 52 votos en 64 y anoche mismo pasó al Poder Ejecutivo.

(Viéndote estirar, Carlitos, en serio ¿no pensaste en la tele? Si te animás, hacemos la remake uruguaya de «Kojak»; si no querés el chupetín, no importa). *

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