Sin incidentes, cuatro ex jefes del Ejército fueron escrachados
Fernán Amado, ex comandante en jefe del Ejército, esperó en la misma calle, de brazos cruzados, la llegada de los manifestantes, y con gesto adusto, afirmó: «No me voy a disfrazar ni ocultar debajo de la cama; estoy frente a la gente dando la cara.» El ex militar agregó que tiene absoluta tranquilidad de conciencia. Enfatizó que el Ejército como institución, «ha cumplido con su obligación; lo demás son cosas que se deberán probar, y rendiremos cuentas como corresponde ante quien sea.»
El ex presidente de facto, y ex comandante en jefe del Ejército Gregorio Alvarez recibió a las 18.00 horas a los activistas con un alto dispositivo de seguridad que incluyó medio centenar de policías, un coche bomba y un fuerte vallado. Los esperó en la terraza de su domicilio, flanqueado por dos personas, y entre ellas, observaba desde lo alto, las manifestaciones de rechazo de los manifestantes. Se lo acusó de ser culpable de asesinatos, torturas y desapariciones, y se lo quiere «juzgado por el pueblo.»
En la tarde de ayer, y sin que ocurriera ningún tipo de acto de violencia, se llevó a cabo la «Caravana de la Justicia», en la que unas 500 personas escracharon a cuatro ex militares relacionados con violaciones a los derechos humanos durante la dictadura.
Los destinatarios de estos «escraches» fueron 4 de los 10 ex comandantes en jefe del Ejército firmantes de la carta dirigida a los poderes públicos del Estado, en la que se hicieron cargo de los actos de servicio del personal subalterno.
La caravana visitó cerca de las 16.00 horas, el domicilio del ex comandante Santiago Pomoli, sito en J. Vázquez Ledezma 3011 apartamento 902, frente al Parque de Villa Biarritz. Luego se dirigió a Juan Benito Blanco 3270 para manifestar frente al domilicio del ex militar Juan Modesto Rebollo, y unos metros más adelante, en J.B. Blanco 3339, los manifestantes fueron por Fernán Amado. Finalmente, a las 18.00 horas, culminó la caravana «de la Justicia» en el domicilio del ex presidente de facto Gregorio Alvarez, al costado de la residencia del embajador de los Estados Unidos en el Parque Batlle.
A pesar de las bajas temperaturas y una llovizna discontinua, unas 500 personas respondieron al llamado de la organización Plenaria Memoria y Justicia, para hacer visible ante la opinión pública a los militares que durante la dictadura tuvieron alguna responsabilidad en actos de violación a los derechos humanos. Los cuatro ómnibus contratados no fueron suficientes para trasladar a las personas. Varios efectuaron el recorrido en coches y motos. La mayoría de ellos pertenecía a los denominados sectores radicales de izquierda.
En su marcha, que dio inicio a las 15.30 horas, se reinvindicó, a través de los cánticos, la anulación de la ley de impunidad, «a pesar de que el Frente Amplio y el presidente Vázquez no lo quieran». Los manifestantes gritaban «cárcel a los torturadores». Los vehículos, que partieron desde el obelisco, se detuvieron en 21 de Setiembre y Ellauri, frente a un local de McDonald’s. Los manifestantes prosiguieron la marcha a pie, cantando: «alerta los vecinos, al lado de su casa hay un milico asesino». Llegaron frente al domicilio de ex comandante Santiago Pomoli. La activista Irma Leites leyó un «prontuario» de este ex militar, haciendo referencia a que los mandos militares siempre manifestaron que ellos nunca se equivocaron. Dijo que Pomoli fue comandante en jefe desde el año desde 2003 a 2005, aclaró que fue un «torturador permanente para mantener el silencio y la impunidad de las Fuerzas Armadas. Su hermano, torturador, era su jefe.» Al final de la oratoria, fue grafiteada sobre la vereda una imagen de una mujer ensangrentada con un signo de interrogación.
En el domicilio de Rebollo, los manifestantes gritaban constantemente «Â¡asesino!, ¡asesino!». En la proclama se dijo que el ex militar estuvo envuelto en la desaparición del químico chileno, Eugenio Berríos, y que ahora está gozando «de su impunidad».
A una cuadra de diferencia se encuentra la casa del ex comandante en jefe Fernán Amado. «Ellos viven cerca para protegerse», dijo Irma Leites. Para sorpresa de la multitud, el militar retirado los esperaba frente a su domicilio, en el edificio Don Juan. No tenía vallado alguno ni protección policial. Sólo tres metros de distancia separaba a escrachantes y escrachado. De brazos cruzados, y acompañado por su hijo y un amigo militar, el ex jefe castrense desafiaba a los enardecidos activistas. A pesar de los insultos, y de algún escupitajo, los manifestantes se autocontrolaron y evitaron la generación de algún acto de violencia.
Amado declaró: «Me hice responsable de las cosas que han sucedido en el Ejército en lo que a mí corresponde. Me hice responsable por una herencia institucional que creí que debía afrontar por haber sido comandante en jefe del Ejército». Aclaró que no tiene nada que ocultar, por lo cual no debía esconder la cara. *
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