Confesiones sin grabador
Puedo jurar que nunca había entrado a una cárcel. Y mucho menos con un grabador, a pesar de que él, pequeño pero bastante más valiente que yo, no pasó del chequeo previo.
Hay que dejar los documentos también, todos.
La Cárcel Central es un lugar frío, tiene muchos pasillos donde camina mucha gente, extraños y conocidos.
En la entrada del gran patio, el prófugo más buscado por pocos días en el Uruguay y la figura de rostro transformado y apliques extravagantes que estuvo en todas las tapas de los diarios y las aperturas de los informativos de televisión, me dio la mano a mí, el último de la fila de un grupo de cuatro periodistas.
«¿Empiezo yo o preguntan ustedes?», fue su consulta.
No alcanzó el tiempo para responder… empezó él.
Y dijo lo que dijo, pero anunció que habrá más para cuando vaya al Tribunal de Honor y escriba el libro en poco tiempo «con la ayuda de algún periodista amigo», según dijo.
Nos atendió durante casi una hora y media, mientras lo esperaba su familia.
Gilberto Vázquez miraba a los ojos. Hoy lo hace.
Como no lo hizo ayer, cuando también fue protagonista. *
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