Acusaciones contra el intendente de Maldonado encendieron el debate

Plenario, a lanza y fusta en Diputados

Con barras colmadas por mozos de cordel, contrincantes de López Mena, y decenas de jubilados, Federico Casaretto (Correntada Wilsonista) introdujo el primer clavo en el zapato del oficialismo. Se confesó perseguido, reclamó que se defendieran sus fueros y dijo que, al hacerlo, pensaba en todos los legisladores a quienes pudiese ocurrir lo mismo. Pasa que el intendente de Maldonado insiste en exigirle que informe dónde obtuvo un documento municipal -de todos modos público- de la investigación de una concesión de publicidad, observada por el Tribunal de Cuentas.

Casaretto, rojo como un morrón y gesticulando cual Gassman en «Nos habíamos amado tanto», hizo que los mozos y los jubilados de las barras sospechasen que, tal vez, no habían sido informados de la llegada del Apocalipsis.

Apenas el aperitivo. Enseguida, a Pablo Pérez (Liga Federal Frenteamplista) le faltó pegarle a Casaretto. Defendió al intendente De los Santos y explicó que la única preocupación era saber cómo un expediente oficial había salido del municipio. Dando golpes que casi parten su mesa, acusó al blanco de mala intención, soberbia, sufrir complejo de persecución y venir a hacer catarsis (un jubilado sordo preguntó «¿qué haga qué?»).

Jorge Orrico (Asamblea Uruguay), sin esa compostura aristocrática que se le reconoce, añadió que una cosa es que un documento sea público y otra que ande volando por ahí, sin saber quién lo ha retirado de la Intendencia. ¿O cualquiera -interrogó irónicamente- se lo puede poner debajo del brazo y llevárselo?

Ahora, en las barras, la tensión sólo podía cortarse con un serrucho. Incluso, temí un accidente vascular de algún jubilado o el desprendimiento, hacia la sala, vía cordel, de algún mozo. No pasó, menos mal.

Casaretto retrucó. En esta intervención afirmó que no se sentía, ¡estaba siendo perseguido pese a la Constitución y a sus fueros! Me vino a la mente -ojo, un instante- Bruno Gelber (que es pianista, no diputado, argentino y habla bajito; qué sé yo, me lo hizo acordar igual).

Después, como bajando de cuchillas, fusta en mano y lanza en ristre, llegó el apoyo al joven legislador: Iván Posadas (Partido Independiente), Sergio Botana (Alianza Nacional) -quien calificó la acción del intendente De los Santos como «un acto totalitario»- y Tabaré Hackenbruch (Foro Batllista).

¡Ja!, ahí estaba el contragolpe pronto. Horacio Yanes (Nuevo Espacio) confesó que no sabía con quién solidarizarse porque no entendía qué estaba pasando. Fue una ironía; de lo contrario habría que haberlo internado en el Vilardebó. Preguntó si alguien había torturado a Casaretto o qué se le había violado. (Aquí bajó desde las barras como un largo lamento todo cargado de adioses -me salió Baudelaire- pero no se supo qué alma herida lo había exhalado).

 

Del otro lado se mantenían fuerzas

Sandra Etcheverry (Alianza Nacional) apoyó a Casaretto, reveló que había corrupción en la izquierda y dijo que la iba a probar: «Â¡Vamos a traer un carrito así con denuncias»!, gritó enfervorizada, incorporando el gesto descriptivo del «así» al que se refería. Quintín Olano (Correntada Wilsonista), zarandeó su mesa aullando: «Esto es autoritarismo». Adriana Peña (independiente Partido Nacional) adujo, yendo al pasado en una contorsión de la que sólo ella es capaz, que un frenteamplista llamado Liberoff había depositado cheques públicos en su cuenta personal. Desató gritos, pataleos y gestos amenazantes, contra los que corrió en desventaja el presidente, ahora a timbrazo limpio.

Finalmente, luego que Víctor Semproni (Claveles Rojos), calmo como un Buda (¿había meditado en medio del bolonqui?), dijese que sentía vergüenza ajena por el espectáculo, Diego Cánepa (Nuevo Espacio) presentó una moción de orden que permitió terminar la batalla. Digo, esta parte del debate.

Luego se aprobó un proyecto, que pasa ahora al Senado, para que los mozos de cordel vuelvan a trabajar en Montevideo y Colonia aunque López Mena no quiera. Los beneficiados aplaudieron y huyeron, comentando lo ocurrido como si hubiesen visto «Daños colaterales».

 

Pero faltaba algo

Pablo Abdala (Herrerismo) planteó la segunda cuestión política. Aunque mencionó a los funcionarios públicos, su tema fueron los jubilados: calificó lo hecho por el gobierno de ficción, de simulacro, y lo acusó de violar promesas electorales y la historia de sus reivindicaciones. Y tuvo tiempo para contrastar los índices de la macroeconomía con la decisión de adelantar pagos al FMI y seguir sumergiendo a los pasivos.

Había llegado la hora y los blancos, con apoyo colorado, pidieron prórroga para seguir con el tema. La votación les hizo morder el polvo. Se calentaron aún más y todo concluyó entre reproches y el griterío de los viejos frustrados, arriba, que empezó bajito y fue subiendo hasta hacerse insoportable. Entre tanto, logró saberse que José Blasina (Partido Socialista) quería dar el debate como y cuando fuera, que Edgardo Ortuño puede rabiar y no se le mueve ni los lentes cuando cree que tiene razón, que Sandra Etcheverry es de frenada lenta y que el hijo del Cuqui algo heredó: ya casi se estaba en otra cosa cuando metió la reforma tributaria y faltó esto, apenas, para que recomenzara el despelote.

En la media hora final, Daniela Payssé (Asamblea Uruguay) homenajeó a Luz Ibarburu. Pese a la tristeza intrínseca, fue, precisamente, como una luz que se abrió paso entre las sombras asentadas en el augusto recinto. *

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