Se mezcló la misión de paz con la inseguridad y "un chancho en la bajada"

Diputados aprobó envío de más tropas a Haití generando un debate tan erizado como confuso

García Pintos (Lista 15) comunicó que el proyecto llegaba con la unanimidad de la Comisión de Defensa de Diputados y el apoyo del Poder Ejecutivo. Se posó en la sala una suerte de serena satisfacción.

Luego, García Pintos dijo que viajarían ciento sesenta hombres para componer en Haití un batallón de infantería de dos compañías de combate independientes con trescientos cincuenta integrantes. Con voz firme, tersa, casi, casi de un Roberto Jones, leyendo un extenso documento, destacó que siempre votaría estas misiones porque ayudan a resolver problemas de naciones sumidas en dramáticas situaciones, aunque precisó que esta vez no hay militares de Estados Unidos, la Unión Europea ni Canadá, desde donde sólo saldrá ayuda financiera. Pero no se contuvo (no es una de las características de su personalidad) y fue más allá: desarrolló, aunque a partir de experiencias contadas por quienes han vivido allí, la historia de los últimos decenios de Haití, y recordó a los Duvalier, con alusión a Papá Doc, al vudú y a las mil y una formas de colaborar, incluidas plantas de potabilización de agua y el financiamiento de grupos de ciudadanos «que quieren cambiar las cosas».

No sé si fue esto último, o la extensión –realmente agotadora– de su alocución, pero a la sala la recorrió de pronto un repentino dolor de nervio ciático. Y arrancó la batahola.

 

Un ping pong de aquellos

Jorge Menéndez (Partido Socialista) ratificó que la Comisión de Defensa había votado unánimemente el proyecto, pero, enseguida, puso poco menos que el grito en el cielo porque su concepto de la historia de Haití y de la situación actual difería drásticamente del enfoque de García Pintos.

Y, claro, sacó a luz al Papá Doc –a su juicio el legislador colorado lo había mencionado casi con admiración– y a la supuesta importancia del vudú y a los ciudadanos que esperan recibir ayuda para cambiar las cosas en Haití.

En este momento, cosa de los plenarios, Eduardo Brenta, Gonzalo Mujica y Edgardo Ortuño conversaban animadamente a pocos metros. Supongo que buscaban coordinar algo, no sé qué (y confío en que el vudú no tuviera nada que ver).

Empero, García Pintos, directamente aludido, pasó por encima del murmullo y agarró la lanza: él había mencionado a los Duvalier, lo que no significaba que extrañara a Papá Doc; él había mencionado la práctica del vudú como un hecho cultural esencial en Haití, pero, por favor, nadie podía confundirlo con un practicante (lo único que te faltaba Daniel, después del «Palo y palo»).

Lilián Kechichián (Alianza Progresista), que en una de esas domina la historia contemporánea y yo lo ignoro, aclaró que el presidente Aristide había sido echado por un golpe de Estado financiado por Estados Unidos y no por «una destitución», como sugirió García Pintos. Y se puso al borde de un ataque de nervios con la idea de que la ONU financiara a grupos de ciudadanos «bien dispuestos» para arreglar la situación en Haití

 

Se extiende la polémica

Javier García (Alianza Nacional), en ancas de ese estilo suyo tan compuesto, ¿de colegio católico?, hizo otro tipo de historia y precisó que había ocurrido un cambio en el gobierno de Haití que motivó al Frente Amplio a apoyar estas misiones, las cuales, antes, siempre rechazó. Aclaró que los militares uruguayos cumplirán funciones policiales y esto le dio pie (se había entusiasmado un poco aunque sin perder esa gentileza que, según decía mi abuela, «es de muchacho bien») para recordar que el senador Larrañaga propuso que el Ejército uruguayo colaborara en tareas de seguridad aquí, apoyando a la Policía, y fue virtualmente destratado por representantes del Poder Ejecutivo. Detalló que Larrañaga habló entonces de crear un marco jurídico que, en circunstancias específicas, permitiera a las Fuerzas Armadas mayor participación en la lucha contra el delito y que varios le espetaron un «que se informe mejor».

Silvana Charlone (independiente, Frente Amplio) argumentó que los contextos de Haití y Uruguay son diferentes. En Haití no hay Policía, no hay Poder Judicial, no hay institucionalidad. Nada que ver con Uruguay. Y casi declamó: «Se están introduciendo elementos para un debate interesante pero posterior, como el de la defensa nacional». Después recordó que el subsecretario de Defensa había admitido, como hipótesis considerable, ceder las vacantes de su cartera al Ministerio del Interior.

A continuación se instaló cierta confusión. Pablo Alvarez (Espacio 609) pidió la lectura de un artículo del reglamento, con la intención de probar que algunos estaban fuera de lugar; el presidente de la Mesa -entonces Pablo Pérez (Espacio 609) porque, tal vez, para el herrerista Cardozo todo esto había sido demasiado y se fue- le hizo el gusto pero nada cambió, como en Peñarol; reapareció García y emergió mi amigo, el voluminoso David Dotti (Alianza Nacional) para dejar constancia de que los militares hasta habían podado árboles para las intendencias y ¿por qué no? podían echar una mano en la recolección de residuos. Aquí, la cosa pareció precipitarse a un barril de fondo negro y profundo (y sin siquiera vino adentro).

 

El chancho en la bajada

Luis Gallo (Asamblea Uruguay), médico igual que García, con voz algo cansina y gestos escasos que trajeron a mi memoria al último Charles Bronson, le reprochó a su colega haber introducido un tema político que no correspondía. (Confieso que, a esta altura, eso fue para mí otro acertijo). Gallo recordó a García que Larrañaga, cuando dijo lo que dijo sobre militares apoyando a policías en tareas de seguridad, lo había dicho como quien «larga un chancho en la bajada».

La expresión conmovió a la sala  hubo legisladores que se atoraron con el mate porque, de puro distraídos, desconfiaron que se estuviera hablando del «Show del mediodía»-, y Gallo puntualizó que eso se lo había contado el propio García.

Y, bueno, tenía que pasar. García, algo desacomodado (ni la corbata ni la postura, quizás un mayor enrojecimiento de las mejillas), levantó ligeramente su amable voz para decir que con él no había problemas, porque lo que decía en privado lo mantenía en público (pareció un «cortá pa’la salida», aunque con actitud de monaguillo). Y terminó admitiendo que Larrañaga hizo aquel ya famoso planteo como simple senador  es decir, apelando a la picardía política- y no como presidente del directorio blanco.

Después hablaron Jorge Menéndez (Partido Socialista), quien lamentó el curso que había tomado el debate; José Luis Cardozo (Herrerismo), quien explicó que «no seremos Haití pero en materia de seguridad ahí andamos» y repitió cual consigna: «policías no tenemos suficientes, ¡pero militares sí!»; García Pintos se había ido de sala a recargar pilas (supongo que alcalinas), quien discrepó con los blancos, dijo que apelar a militares para tareas de seguridad ha de ser en situaciones de emergencia y arengó: «Â¡Demos a la Policía lo que necesita y órdenes claras y se arregla el problema!».

A continuación, cuando (al menos yo) se dudaba sobre qué se estaba tratando, Nora Castro (Espacio 609) nos trasladó a un ámbito más elevado, donde pareció mezclar aspectos pedagógicos, históricos y hasta semióticos: dijo de hacer una autocrítica, informó que desde Heráclito la contradicción humana siempre ha estado presente y terminó acordando con el herrerista Cardozo acerca de la necesidad de un debate en profundidad sobre este tema (¡¿cuál, por Dios?¡)
pero más adelante. Luego, hablando de nuevo de los haitianos y señalando con el índice erecto el cuadro que representa la Cruzada Libertadora casi gritó: «¿Acaso para ser patriota hay que ser alfabetizado?». Enseguida, ay, qué alivio, agregó que no estaba en campaña por la analfabetización sino aclarando que los problemas de Haití no se resuelven con misiones de paz.

 

Gran jugada de Kojak

Con todo el mundo agotado, un gran ausentismo y bastante desorientación, la Mesa propuso tratar el punto siguiente del orden del día. Entonces, Carlos Gamou (Espacio 609), más parecido a Kojak que nunca, pidió un cuarto intermedio de… ¡dos minutos! para coordinar ideas.

Cuando el timbre de la Mesa indicó que ese histórico cuarto intermedio  digno del Libro de Récord de Guinness tanto como Sánchez Padilla- había concluido, no hubo más que levantar la sesión por la hora.

¡Grande, Carlitos! Y eso que hablás poco y pausado…*

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