Laguarda: El desafío de la izquierda es lograr la "igualdad en libertad" desde el gobierno
–Usted se definió como marxista, ¿cuál es el alcance de su postura?
–Ser marxista es adoptar un método de interpretación de la realidad, un marco referencial para leer los hechos de la historia y la sociedad. Esto quiere decir que muchos de los conceptos que Marx describió hace 150 años pueden ser válidos y otros no. Por ejemplo, aquella idea de la concentración del capital, bueno, la historia demostró que fue así.
Pero no ocurrió así con su idea de la simplificación de la sociedad en un número reducido de burgueses y una inmensa multitud de proletarios. Hoy en día las sociedades son fragmentadas dispersas, plurales, complejas. Los conceptos de plusvalía y alienación también son válidos. Sin embargo el concepto de dictadura del proletariado (aunque Marx lo desarrolla sólo en tres párrafos) no nos parece compartible. Nosotros reafirmamos la democracia y no queremos ningún tipo de dictadura.
–¿Y la definición de que la lucha de clases es el motor de la historia?
–Las clases sociales existen y naturalmente el conflicto entre ellas también. De manera que es una perspectiva para leer la historia. Para la totalidad hay que buscar otros marcos referenciales, otros enfoques. Incluso a Freud. Diría que hay que estar abiertos a todas las corrientes sociológicas para entender a la sociedad humana.
–¿Lenin?
–A Lenin lo hemos criticado duramente. Pensamos que alguna idea suya puede haber tenido valor a principio de siglo, por ejemplo, la descripción del imperialismo. Pero nos parece que la concepción de la dictadura del proletariado y el partido único fueron el germen de lo que luego va a implantar Stalin.
–También se manifestó como un revolucionario.
–La revolución alude a la aspiración de cambios a largo plazo, a la utopía final, al proyecto histórico en tanto es un modelo de sociedad distinta de la que conocemos. Esos procesos son largos, llevarán muchos años y generaciones.
El capitalismo llevó 600 años para implantarse. Construir esa sociedad socialista, para nosotros que hemos elegido la vía democrática electoral como la fundamental, va a implicar sucesivos apoyos electorales, con la posiblidad de que un día la ciudadanía diga que no, y venga la derecha a gobernar.
También es revolucionaria toda idea distinta a la dominante. Por ejemplo, hoy en día bajo la hegemonía neoliberal se pregona la preponderancia de la economía de mercado sobre la política y la democracia. La ideología neoliberal rechaza a texto expreso la construcción deliberada del futuro, es decir que los hombres decidan «queremos que la sociedad vaya en tal dirección». Nosotros reivindicamos a la democracia y la política, y decimos que en el ejercicio de la democracia los hombres pueden tomar opciones para orientar la marcha de sociedades en una dirección diferente a la que marca el automatismo del mercado.
La «tasa tobin» que se quiere implantar para poner un impuesto a los capitales financieros que circulan por el mundo (más allá de determinado monto) para aplicar ese fondo a combatir la pobreza, es una idea revolucionaria.
–Las experiencias de izquierdas en el poder ¿registran autoritarismo o simple administración del modelo vigente?
–Cierto, y es parte del debate del siglo que empieza. La izquierda cuando ha gobernado ha caído en el autoritarismo o administrado el régimen anterior sin cambiarlo. Si en aras de implantar la igualdad se liquida la libertad y se instaura un régimen de partido único, sucede que la burocracia del partido y del Estado termina explotando a la sociedad en su beneficio. Se pierde la igualdad y se reproduce el sistema de clases sociales. Primero se pierde la libertad y luego la igualdad. El gran desafío para las izquierdas es como construir la igualdad en libertad. Decimos que el socialismo es la síntesis de la igualdad y la libertad. Entonces se trata de construir otra izquierda participativa y autogestionaria, donde la descentralización y la difusión del poder a todos los niveles sea el principio. El poder no puede estar concentrado en la cúpula del Estado sino difundido en toda la sociedad. Dentro de ese proceso de construcción de una izquierda autogestionaria y participativa los trabajadores deben tener un espacio, entonces habrá que pensar en formas institucionales que también los incluya.
–El socialismo, ¿es la eliminación de la explotación del hombre por el hombre, como afirmaba Marx?
–Ese es el horizonte, la terminación de la explotación del hombre por el hombre, que puede concluir en diferentes formas de propiedad, la autogestionada y también la privada. Es un proceso de larga data que implicará un cambio en la mentalidad de la gente y que por definición no termina nunca. El socialismo es un proceso, no un modelo terminado y definitivo.
–¿La globalización es favorable para ello?
–La globalización es expresión de un grado de desarrollo de las fuerzas productivas, que en la actualidad está signado por el capital financiero internacional y su ideología el neoliberalismo. Sus valores son los de la competencia, el individualismo y el narcisismo más crudo. Se trata, entonces, de orientar la globalización hacia otros valores, otros principios, con otras fuerzas sociales e intereses detrás.
–¿Qué opina sobre la actualidad nacional?
–Asistimos desde hace muchos años a la aplicación del proyecto neoliberal. El supone el desmantelamiento del Estado, el predominio del mercado, del capital financiero, y la preponderancia de los valores de la competencia, la eficiencia, en detrimento de aspectos sustantivos del humanismo, por ejemplo, la solidaridad. Estuve 15 días fuera del país, al volver encontré a la gente con un grado de angustia mayor. En lo que va del año hay 40 mil desempleados más, a razón de 200 por día.
El que no la ha sufrido todavía tiene un terrible temor de que lo alcance. El empresario tiene temor de fundirse y el trabajador de perder su empleo. En ese terrible contexto la izquierda tiene una primer tarea: plantearle a la gente que hay alternativa.
–En su criterio, ¿cuáles son las salidas para una realidad que el EP-FA ha definido como de «emergencia social y productiva»?
–Plantearía un acuerdo social donde los tres actores (empresarios, trabajadores y Estado) acuerden los sacrificios de cada uno. Hay que considerar una reducción del gasto público en determinadas áreas y de repente el incremento en otras; un cambio en la política impositiva; buscar financiamiento externo, ya mediante endeudamiento o por movilización de las reservas. Hay muchas herramientas económicas a utilizar. Lo peor es la resignación y pensar que nada se puede hacer.
–¿Una vuelta al «Estado de bienestar»?
–Planteamos una vuelta a Keynes. El neoliberalismo opta por abroquelar y rigidizar todas las variables macroeconómicas, nosotros entendemos necesario movilizar alguna de ellas para buscar otro equilibrio. No podemos limitarnos a esperar a 2004 y ser ahora apuntadores críticos de lo que sucede, porque la gente está sufriendo mucho, está desesperanzada y angustiada. Si podemos contribuir a mejorar su situación tenemos el deber de hacerlo. Ahora bien, como me resisto al dogma neoliberal, creo que hay que mejorar y también quiero pensar que no es inevitable que el gobierno mantenga su rumbo, que el Parlamento mantenga el acatamiento a mayorías preestablecidas y que la movilización de la gente y la acción política del FA no puedan contribuir a un cambio.
–¿Le preocupa la posibilidad de reacciones espontáneas, como en otros países de la región?
–La izquierda debe encuadrar y canalizar la protesta dentro de l
os cauces democráticos y la convivencia social. Con esto quiero decir que debemos evitar todo tipo de estallido social. El riesgo de esto aumenta si los actores políticos, y la izquierda fundamentalmente, no son capaces de ponerle cabeza a la situación, racionalidad. La protesta dentro de los parámetros democráticos es legítima, no creemos en la validez de estallidos sociales que pondrían en riesgo la estabilidad democrática. En definitiva estos estallidos favorecen a la derecha. En Argentina terminaron con los participantes votando a Menem.
–En Europa se repiten huelgas aquí llamadas salvajes y frecuentemente los productores agrícolas tiran sus mercaderías en las carreteras, sin embargo, las democracias no tambalean.
–La democracia es conflicto. Tenemos claro que somos oposición. La gente votó en noviembre entre Batlle y Vázquez, los que votamos a este último tenemos la obligación de defender ese proyecto. Una oposición que no se limita a ser testigo sino que hace propuestas. El consenso sería una aspiración ideal, hasta tanto no se logre, el disenso debe manifestarse. La sociedad tiende cada vez más a ser una sociedad de exclusión. Uruguay era inclusivo, el país de las cercanías como lo definía Real de Azúa, hoy nos encontramos con culturas distintas. La gente más favorecida económicamente vive en determinados barrios, se viste de determinada manera, va a determinados colegios, accede a determinados sistemas para resolver sus necesidades. La gente de la pobreza está en otro lado.
–El plenario del FA discutirá el balance de las elecciones, ¿como percibió la derrota de noviembre?
–Tres aspectos deben haber pesado en el balotaje, para que el EP no alcanzara la Presidencia de la República. En primer lugar, errores e insuficiencias nuestras. En segundo lugar, manejos tramposos del adversario y la manipulación de los canales de televisión. En tercer lugar, creo que todavía no llegamos a la acumulación suficiente de fuerzas sociales como para pegar un salto cualitativo en la vida del país y así consolidar una nueva mayoría que derrote a la derecha. La capacidad de crecimiento de la izquierda y articulación de mayorías sociales no fue suficiente en noviembre. Esto quiere decir que la capacidad para poder diseñar un proyecto y conseguir la adhesión de sectores sociales muy dispares, es el gran desafío de la izquierda. Por último, agregaría incorporar las capas intelectuales y profesionales que no tienen una relación tan clara con el Estado y que se vinculan a través del mercado. Esos a los cuales la izquierda no llega por una visión estatista.
–¿No está afectada también la relación con los intelectuales?
–El vínculo con la intelectualidad tiene que volver a ser fluido. Creo que la mayoría vota la izquierda, pero no tiene un contacto permanente con nosotros, donde ellos nutran nuestra reflexión como sucedía antes. Se trata de dar espacio, para que intelectuales y profesionales se sientan escuchados y participen.
Otro campo de preocupación es el movimiento sindical que tiene un conjunto de debilidades fruto de cambios en la sociedad y la cultura.
Creo que la relación debe ser de articulación y de diálogo, no de correa de transmisión ni en un sentido ni en el otro. Por ejemplo, con el referéndum contra la Ley de Urgencia pensamos que eso no acumula. La instancia electoral está saturada luego de un año y medio de elecciones, y el eje del combate debe ser la ley presupuestal.
Compartí tu opinión con toda la comunidad