Una ráfaga de solemnidad, respeto y cariño pasó por Diputados

Enrique Iglesias: "No es a mí, es un homenaje a la educación de este país"

Lo primero que quiero decir es que, al fin, una de mis incursiones en el plenario de la Cámara de Diputados concluyó en una suerte de éxtasis, totalmente inesperado para un modesto escribidor como yo, que, entre otras distracciones en que suelo caer, tal vez por la edad, equivoqué la hora de comienzo y llegué tarde.

Pero vayamos a lo bueno. Esa sensación tan placentera que disfruté, al menos por un rato, tuvo dos causas. Una, la presencia del ex canciller uruguayo y ex presidente del BID Enrique Iglesias, quien convocó a una cantidad inusual de legisladores, a varios invitados especiales, a mucho público, silencioso y conmovido, y generó un ámbito tan emotivo como solemne y lleno de afecto. La segunda causa es un tanto más vulgar, tal vez trivial para quienes exhiben una sensibilidad diferente a la mía: la sesión fue inteligentemente breve.

Iglesias fue invitado porque la Cámara de Representantes deseaba homenajear tanto a su persona, querida y respetada como pocas, como a su trayectoria pública y a todo lo que, desde distintas responsabilidades, hizo hasta ahora por Uruguay y probablemente seguirá haciendo.

 

Los discursos

Como siempre, la oratoria se repartió por partidos políticos. Así hablaron, en un orden que, si hubiera que buscarle otra explicación que el sorteo, sería como sacar la lotería en Birmania, Jaime Trobo por el Partido Nacional, Alfredo Asti por el Frente Amplio, Washington Abdala por el Partido Colorado (qué curioso, este señor legislador habla siempre) e Iván Posadas por el Partido Independiente. Como llegué tarde  ya lo confesé  justo no escuché estos discursos. A riesgo de que alguien me tilde de irrespetuoso, cosa totalmente alejada de mi prístina intención, creo que no me perdí nada relevante. En general, cualquier periodista con un poco de experiencia es capaz de calcular, no digo palabra por palabra pero ahí nomás, lo que los señores diputados pueden decir en ocasiones como ésta y más tratándose de una figura tan notoria como Enrique Iglesias.

 

El discurso

Cuando habló Iglesias, ah, caramba, fue otra cosa. Aunque él no se lo haya propuesto, su brevísima oratoria entró inexorablemente en el mundo de las comparaciones: fue una pieza contundente de precisión de ideas, claridad de exposición, síntesis y emotividad suficiente como para quedar, como quedó todo el mundo, aplaudiendo de pie para que siguiera.

Don Enrique recordó su condición de inmigrante que llegó a estas tierras de la mano de su padre para salir de la pobreza como tantos, y dijo que aquí se hizo uruguayo por el barrio (lo primero que nombró ¡y si tendrá razón!), por la educación y por los valores de solidaridad y amor por la libertad y la paz que encontró entre nosotros.

Por eso reconoció enseguida la gran deuda que siente con todos, porque fue este humilde Uruguay el que le permitió el acceso a tantas y tan variadas responsabilidades dentro y fuera de fronteras.

Luego nos llevó a recordar que la comunidad internacional está hoy analizando con extraordinaria preocupación el problema de las migraciones, o sea cómo tratar con humanidad y respeto por los derechos humanos la situación de más de 200 millones de personas.

Aquí, el hijo de inmigrantes, inmigrante él mismo, tuvo otro gesto de grandeza: dijo que este homenaje que se le tributaba debía ser para el Uruguay, para su historia y sobre todo para su educación en valores de tolerancia en la diversidad, libertad y solidaridad, que fueron la razón por la que hoy se sienta el más orgulloso de los orientales.

Finalmente precisó: «Tenemos un pasado corto y un futuro largo por conquistar».

Y al analizar la sociedad latinoamericana, acribillada por lo mediático y por la expansión del individualismo consumista que va devorando culturas e identidades, convocó a seguir educando en los viejos valores. «No somos grandes por la economía ni por el territorio», añadió, «pero sí por la fidelidad a las identidades y valores fundamentales».

Su cierre conmovió a todos: «Este es un homenaje a la educación de este país y, sobre todo, al perenne mensaje vareliano». Ovación de pie, todos, que se extendió al momento en que el presidente del plenario le entregó un presente.

Siguieron los saludos de rigor y todos se fueron retirando, incluyendo a Sanguinetti, a Heber, a Nin Novoa, a Gonzalo Aguirre, a Sergio Abreu y a otros invitados que, cosa que supongo accidental, estaban entreverados como en casa de remate. *

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