Eduardo Platero: "Este gobierno se olvidó de embarrarse los zapatos"
Ha quedado la impresión, al menos en la opinión pública, de que a usted «lo fueron a buscar», porque se entendía imprescindible su presencia luego de cómo quedó Adeom tras el último y durísimo conflicto con la Intendencia. ¿Es así?
–No. Creo que sí hay, entre muchos compañeros municipales, una fuerte identificación de Adeom conmigo. Pero hay que tener en cuenta que desde 1994, en que me fui, hasta 2005, cuando fueron las elecciones, la Intendencia renovó la mitad de su personal. Es decir que de los siete mil y pico de municipales hay cuatro mil que no me conocían. Tampoco creo que yo fuera la única solución. Sí creo que se necesitaba un cierto orden, una cierta centralidad en torno de una figura, porque las cosas estaban muy repartidas. Aclaro, de todos modos, que yo no tuve la mayoría absoluta. Hay opiniones variadas, siempre ha sido así.
–Sin embargo, a raíz de la última huelga grande, había en la opinión pública, insisto en esto, un cierto descrédito hacia Adeom, producto de las características muy duras que adquirió el conflicto con las autoridades municipales. Además, históricamente Adeom había sido un gremio de cierto porte que trasladaba su imagen más allá del palacio de ladrillo.
–Prestamos servicios muy disímiles a la población, somos un gremio numeroso, estamos en el centro del país, veníamos de ganar la huelga del 89, es decir que siempre fuimos muy visibles. Esto es así desde 1960, cuando yo recién entré. La huelga del 60 fue una de las más escandalosas de la época: el ejército en la calle, compañeros procesados y presos, en fin. Hay algunos sindicatos que no tienen mecha, caso de UTE. Si tuvieran que hacer algo grande significaría bajar la palanca y con eso una emergencia nacional.
Hay gremios que tenemos mecha corta, que al poco tiempo de movilizarnos, por nuestro tamaño y el tipo de servicio que prestamos, creamos una situación. Y hay gremios que tienen mecha más larga, cuya acción afecta al patrón y no afecta realmente al país.
Por una influencia mayor
–Pero precisamente esa mecha mediana que usted adjudica a Adeom, de todas maneras, visto en otra perspectiva, puede convertir a los municipales, fuera de su ámbito, en un gremio de peso específico que, por ejemplo, influya a nivel de una central obrera, en este caso el PIT-CNT.
–Hemos integrado la dirección de la CNT y del PIT-CNT. Yo soy el último dirigente activo de los que estábamos en la CNT cuando la huelga general.
–La pregunta iba relacionada, Platero, a si también la presencia suya, un gremialista reconocido como un conductor pragmático y experiente, puede contribuir para que Adeom recupere, a nivel de todo el movimiento obrero, una predominancia que tal vez antes tuvo y ahora ha perdido.
–Le aclaro: nadie de afuera me pidió que volviera, sobre todo de los cuadros políticos, porque yo soy un viejo militante frenteamplista, pero hoy soy una máscara suelta, que sigue con sus viejos amores por el partido pero fuera de él. Yo conocí a Ehrlich después de las elecciones. Nadie me lo pidió, salvo un grupo de compañeros.
–Está bien, pero puede ser una idea dentro de la cabeza de Platero proyectar al gremio a la recuperación de espacios que tuvo.
–Ah, eso sí. Yo veía a mi gremio muy golpeado y golpeándose inútilmente. Había entrado en una especie de callejón sin salida porque obedecía a la idea de que hay que luchar contra las injusticias, sin darse cuenta de que eso no es hacer lo que otro quiere sino tratar de vencer al otro. En realidad, esto ya no me preocupa tanto, es todo muy verbal ahora. En el 71, cuando ponían aquella canción de Yupanqui «meta bala, meta bala», era cierto que había alguien que pensaba que tenía que meter bala. En el 85 también vivimos alguna situación de ese infantilismo de «aquel es un carnero, éste es un traidor» y eso era para siempre, y que el patrón es el poder y no otra cosa. Ahora mucha gente se ha sindicalizado, pero no tiene experiencia sindical. Entonces se dan conflictos como estos de ahora, que empiezan por la cabeza, empiezan por la ocupación. Yo creo que no hemos dimensionado bien la convocatoria a los consejos de salarios. Los sindicatos que actuaron en los consejos aumentaron su afiliación en cuarenta o cincuenta mil trabajadores y no todos tienen experiencia y sienten lo que yo sentí en el 60: uno descubre la injusticia y quiere luchar contra toda la injusticia y no por el salario o por alguna otra cosa. Entonces: creo que mi presencia puede servir para acostumbrar un poco al gremio a que una cosa es luchar y vencer, consigna cargada de voluntarismo, y otra es la que yo quiero usar, que es luchar para vencer. La cosa es que uno elige la causa con el corazón, pero la tiene que defender con la cabeza, si no la mejor de las causas puede arruinarse.
–Se me ocurre ahora una pregunta que no quiero que la vea como una picardía: ¿Ehrlich es igual que Arana?
–No, no. Y yo he luchado contra esa tendencia de «es más de lo mismo». Porque una cosa es el que queda debiendo un diecinueve o veinte por ciento y otra el que llega y dice «yo les reconozco una deuda de un dieciséis y medio y voy a ver cómo se las pago». Además, Ehrlich todavía está consolidando su equipo, no está formado y eso, a veces, nos crea dificultades. Pero todos los gobiernos municipales, desde Tabaré para acá, han sido distintos y si no aprendemos a ver los matices estamos perdidos.
Los nudos de la izquierda
–Platero, permítame llevarlo a otro terreno en el cual, seguramente, usted tiene opiniones muy definidas. Hoy se puede observar, sobre todo como reacción de la clase trabajadora, cierta incomodidad con otros compañeros de ruta que asumen cargos de gobierno. ¿Este es uno de los grandes nudos que debe desatar la izquierda para gobernar mejor?
–Yo creo que la izquierda peca por no haber discutido nunca su experiencia de gobierno. Yo, por ejemplo, fui dirigente sindical del lugar donde la izquierda empezó a gobernar. Tuve como intendente al hombre que finalmente fue Presidente. Nunca tuve una discusión evaluatoria seria. Nadie me llamó para intercambiar experiencia. La izquierda ha demostrado una gran incapacidad para hacer autocrítica en serio, que no es comerle la cabeza a nadie. Aunque esto ha sido una incapacidad no sólo de la izquierda sino de los otros gobiernos que hemos tenido. Es una especie de omnipotencia y se cree que, porque están en un cargo de gobierno, las saben todas y todo el mundo les tiene que hacer caso. Y tienen la óptica de que todo lo demás está a su servicio, sobre todo si es del mismo pelo. Juan Castillo hizo una definición muy buena: nosotros somos independientes pero no indiferentes. Arismendi decía: «No somos indiferentes al gobierno del estado burgués». Y, sí, no era lo mismo el gobierno de Gestido que el de Pacheco, el de Bordaberry, la dictadura o la salida con Sanguinetti. Si uno no percibe las diferencias corre el peligro de no ver la película hasta el final. Las cosas no son así. El pensamiento radical –no radical por la profundidad del programa, sino por el todo ya– tiene dos problemas: ve todo en blanco y negro y lo ve en cuadraditos, diapositivas, no ve la película fluyendo. Los caminos son diversos, la meta estratégica es lo que hay que tener en cuenta. Volviendo atrás, me parece legítimo que figuras del movimiento sindical ocupen cargos de gobierno. Si éste es un gobierno popular, lo lógico es que saque del movimiento obrero figuras para su equipo. Y es lógico que esas figuras cambien de óptica.
–Entonces, ¿cÃ
³mo ve Platero el papel del movimiento obrero en un gobierno de izquierda, con el cual evidentemente hay afinidades importantes?
–En primer lugar, como vi mis relaciones políticas siempre y como aprendí con Idilio Pereira a ver las cosas acá. Idilio era del Comité Central del Partido Comunista, que en aquel momento era muy fuerte y también había contradicciones acerca de cómo debía ser la conducción gremial. El partido estaba creando esa gran construcción que fue la CNT, que más allá de lo que articuló Héctor Rodríguez, o lo que hicieron los anarcos como Gatti y otros, tenía un gran pegamento que era el Partido Comunista, con una dirección estratégica que venía del 55. Entonces, acá, después del 60, que fue cuando los comunistas tomaron la mayoría del gremio y la conducción, me acuerdo que se empezó a tomar medidas de lucha, cosa que le preocupaba al compañero Bruera, que era una gran cabeza política pero que no sabía bien cómo estábamos, y era edil. Nosotros tomábamos medidas y Bruera nos llamaba a ver qué pasaba. Idilio me iba a buscar a casa, y durante las cuadras que caminábamos me iba diciendo: «Usted no afloje, Platero. Yo me tengo que callar la boca porque soy del Comité Central, pero usted no me vaya a aflojar». Aprendí una cosa que apliqué y aplico rigurosamente: si uno tiene una pertenencia política, y yo la tengo porque soy frenteamplista, puede hacer acuerdos respecto de la meta estratégica, pero después dejame dirigir a mí, dame libertad absoluta en el campo operativo. Ese es el tema: acuerdos tácticos, acuerdos estratégicos a largo plazo, compartir las metas, pero el movimiento sindical es una cosa y el gobierno o el partido son otra. Incluso yo sostengo, contra una tesis cada vez más extendida de ver al PIT-CNT como una central, y por lo tanto como un organismo de dirección general, que no estamos maduros para ello y eso exige una discusión que todavía no se ha dado. Los sindicatos independientes deciden reunirse, está bien, pero guardando siempre su libertad de decisión. El movimiento sindical lo va a discutir en el próximo congreso, pero lamentablemente el Frente Amplio no lo va a discutir, no se lo ha planteado aunque ambos deberíamos acordar estas cosas. Y ambos deberíamos ser conscientes de que no se puede ser indiferente a las formas del Estado burgués, porque a pesar de que el Frente es un movimiento con fuerte entonación popular, estamos en un gobierno burgués, progresista pero burgués y que está atado a una serie de compromisos que van más allá del propio gobierno.
–O sea que la clase obrera todavía no va al paraíso
–La clase obrera está pasando por feroces problemas. El gran fantasma es la desocupación, no el salario, aunque el salario es la variable primera que el patrón usa, no va a ajustar lo suyo, claro. En fin. Pero me acuerdo cuando, el 25 de agosto del 73, Bolentini proclamó solemnemente que todos los sindicatos estábamos disueltos y que había una reglamentación sindical, le dimos la paliza del siglo: en cuatro meses afiliamos más trabajadores que los que tenía la CNT antes. Es un ejemplo típico de cómo uno puede creer en la propaganda que hace y engañarse respecto del mundo en que vive. Creo que no debemos emborracharnos de eslóganes, que debemos actuar con prudencia, apoyando lo que resulta positivo, exigiendo en aquellos aspectos en que vemos que el gobierno tiene dificultades y no calentándonos. Para dar un ejemplo concreto: creo que ni el gobierno ni nosotros hicimos una valoración justa de lo que fueron los consejos de salarios. El gobierno porque se apresuró en mandar la otra ley, la del fuero sindical, y nosotros porque nos enganchamos con la del fuero sindical y no nos dimos cuenta de que la convocatoria de los consejos había producido dos efectos: el primero, incorporar a casi cien mil trabajadores al movimiento obrero organizado, y el segundo, obligar a los dirigentes sindicales a salir del sopor en que estaban y conocer la realidad de su gremio ahora, que no es la de hace diez años o la del 60. Y como esto, algunas cosas más. Por ejemplo, estoy desilusionado, o caliente, de que el gobierno encare como gran problema de la habitación el salvar al Banco Hipotecario y no a los cien mil deudores que no le podemos pagar. Me acuerdo que Luis Batlle, cuando se votó la primera prórroga de la ley de alquileres, que los congelaba, lo fueron a consultar y preguntó: «¿Pero quiénes son más, los inquilinos o los propietarios?» Le contestaron: «Los inquilinos». Y él dijo: «¿Entonces de qué me vienen a hablar?». Yo le veo a este gobierno un realismo, que no dejo de respetar, acerca de las condiciones internacionales, porque si Tabaré se parara encima de alguna tribuna y dijera «no le vamos a pagar a este ni a aquel», yo no le voy a creer, porque o paga o muere. Pero no lo veo diciendo «voy a resolver los problemas que puedo resolver». Me da la impresión, para usar una expresión de la calle, de que este gobierno se olvidó de embarrarse los zapatos.
El gobierno y el futuro
–Tomando en cuenta esa masiva afiliación recibida ahora por el movimiento obrero, gente sin experiencia sindical, aparece ante mí otra pregunta. Ese ha sido una suerte de proceso de acumulación y lo añado a otras consideraciones suyas, para preguntarle si el Frente no llegó al gobierno, con una histórica mayoría absoluta, también por un proceso de acumulación que obviamente no es selectivo y metió adentro una cantidad de cosas que a lo mejor no encajan.
–Sobre todo metió adentro mucha inexperiencia. Lo que decía el pachequista Alberto Iglesias me dolía en lo más profundo porque me pegaba en el lugar donde duele: «Yo a mis hombres los saco de la economía real, ustedes los sacan de las facultades». Y si bien esto no resta mérito a los compañeros de esa procedencia, yo digo que, antes de que Tabaré ganara la Intendencia, nosotros éramos los únicos que habíamos manejado poder, en el sentido de que poder son límites, nunca es absoluto y uno debe saber que más allá del poder teórico que tiene está el poder práctico de lo que puede realmente hacer. Los únicos que habíamos manejado poder éramos nosotros, los dirigentes sindicales. Los demás estaban en áreas donde se debía tomar algunas decisiones, pero era otro tipo de cargos, no eran ejecutivos. Y creo, además, que tres gobiernos departamentales le dieron una base al gobierno nacional que se está pagando, en ese gobierno y en el gobierno municipal, porque se chupó mucha gente.
–O sea que el gobierno necesitaría algún período más para terminar de estabilizarse, si es que le entiendo bien.
–El gobierno necesita, que también se necesita acá, un poco de tranquilidad para pensar y los problemas son tantos. Me acuerdo cuando Azucena Berruti era mi compañera, fue también mi abogada defensora, y me decía: «Ay, Platero, lo urgente no me deja pensar en lo importante». Y es así. El gobierno es decidir, decidir y decidir, pero por otro lado luchar contra la inercia. El ideal del gobernante es el arrimador de las bochas: tirás la bocha y vas atrás, siguiéndola, a ver si llega o no llega. Porque a veces se tira la bocha, se piensa que va a llegar y queda corta o queda larga. Es decir, la malla de la burocracia, o los huecos que deja –porque no es cierto que todos los aspectos de un gobierno están cubiertos por la distribución de tareas de los ministerios– a veces acorralan o dejan muerta una buena iniciativa. Ahí falta reflexión, pero ya no sería tanto para este gobierno pero sí para el que viene. Yo soy de los que creen que el Frente vuelve a ganar porque los partidos históricos no tienen figuras de recambio.
Es más, creo que el viejo régimen perdió el favor de los pueblos en América Latina y no lo va a recuperar. Es el fin de la política neoliberal. El problema es cómo se construyen las políticas nuevas.
Son procesos de educación de las masas, que están interferidos por el gran fenómeno global de la pérdida de las subculturas dentro de esa inmensa máquina de tragar y procesar gente que es la televisión.
Si no estás en la televisión no existís, sólo existe lo que muestra la televisión. La civilización de la imagen ha sustituido a la civilización de la palabra, de la organización, de la militancia, del compromiso y de las subculturas. Ese es para mí uno de los grandes problemas hacia el futuro. *
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