Y su cara siguió sonriendo

Hoy viernes 17, los liberados de los tiempos de dictadura, y de antes también, nos reuníamos para festejar el Día del Liberado en el club Atenas. No soy afecta a esos encuentros. Me revuelven muchos tiempos difíciles y me provocan un estado de desconcierto. Mucha afectividad al descubierto que me desordena. Y hoy ya está por demás desordenado mi interior. Trato de buscar el sentimiento que predomina. El lugar donde quisiera estar. Lo que quisiera hacer. La compañía de quién. La canción que escuchar. Y nada encuentro que me ayude a definir esta sensación que no puedo conocer. Me voy al rincón de la memoria donde están los gritos, las heridas del cuerpo y del alma, las confesiones de los que sufrieron y no llegaron a ver esto que hoy vi.

Y me introduzco en ese espacio, para poder refrescar sus bocas sedientas, aliviar los dolores de sus cuerpos lacerados, para contarles, lo que hoy vi. ¡Cuánto tiempo compañeras, compañeros! Pero hoy lo vimos. Iba con su sonrisa de siempre. Como cuando decía su nombre mientras destrozaba muebles y huesos. ¡Soy YO! ¿No me conocen? Y hacía hasta lo imposible para nunca más ser olvidado. Y no lo olvidamos. Y tampoco nuestros hijos, ni los hijos de nuestros hijos, lo olvidarán. Y vivió aquí en esta ciudad, Montevideo, en un domicilio conocido por todos, diciendo su nombre. YO SOY. Y su cara siguió sonriendo, desafiando a sus vecinos y a las cámaras de fotos, luego.

¿Y cómo se puede vivir, sabiendo donde está el asesino, el secuestrador, el torturador, el desaparecedor de decenas y decenas de personas? Nos preguntaban los periodistas de otros países cuando venían acá y se enteraban de lo que todos sabíamos. Era difícil explicarles. Más de una vez dudamos de que llegáramos a ver lo que hoy vimos. Y más de una vez sentimos impotencia ante la complicidad de los gobiernos, que lo único digno era llegar hasta esa sonrisa y borrarla para siempre.

Llegar a contarles, compañeras, compañeros, para que esas llagas duelan menos, para resarcir tanto tormento, que hoy lo vimos, con su sonrisa de siempre, pero que cuando la cámara quedó frente a su rostro, allí en la puerta del Juzgado de la calle Misiones, vimos que su sonrisa era, realmente, una macabra mueca de la que nunca más había podido salir.

Cuántos años esperando este momento. El era -había hecho méritos suficientes-, para ser el número uno, casi el símbolo, del terrorismo de Estado. Y luego, también, de la impunidad, de la más humillante impunidad. Por eso es tan difícil definir ese sentimiento. Porque no es cuenta personal, ni colectiva de víctimas que hoy no lo pudieron ver cuando llegó hasta la calle Misiones, sino que hemos subido un peldaño de esa escalera fundamental para la construcción de una sociedad de respeto a los derechos de las personas.

(*) Dirigente del PVP, activista por los derechos humanos. La nota fue escrita el viernes 17, día en que compareció ante dos juzgados el teniente coronel (r) José Nino Gavazzo por causas criminales del tiempo de la dictadura. *

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