El gobierno gobierna, pero el Frente es una fuerza política que no hace política
Sería exagerado decir que en este año que culmina se produjo un divorcio entre el gobierno de izquierda y la fuerza política de izquierda, pero nadie puede dudar de que las dos partes duermen en cuartos separados, aunque coman en la misma mesa.
A la vez surgió una zona intermedia, la de los legisladores, que osciló permanentemente entre la fuerza política y el gobierno. El debate sobre el Tratado de Inversiones con Estados Unidos es un buen ejemplo de ello, donde terminó primando la atracción del gobierno.
Esta realidad muestra en principio a dos patas firmes, el gobierno y la estructura política, y una que oscila que es el cuerpo de legisladores. También existen ocho satélites abandonados en el espacio, que son los intendentes progresistas que no están integrados a ningún ámbito más o menos estable de reflexión y análisis colectivo. Sólo, cada tanto, reciben alguna vista de algún ministro, pero nada más. En el Plenario Nacional del FA no tienen voto.
Entre los viejos problemas agravados está la contradictoria relación entre los sectores políticos (la coalición) y los Comités de Base (el movimiento). Hay momentos en que la coalición y el movimiento no desafinan y hay momentos en que cada uno va por su lado. Hoy los delegados de las bases y los dirigentes sectoriales no logran interpretar una misma nota al unísono y esto es así porque aquellos sectores que tuvieron más votos, no siempre tienen más militantes. Agravado esto porque la militancia del MPP, incluida su dirección, no va al mismo ritmo ni con la misma cultura política que José Mujica y Eleuterio Fernández Huidobro. El Partido Comunista es quien más pesa en esa estructura de base, lo que quedó demostrado cuando se hizo la elección de los ediles locales.
El análisis del Tratado de Inversiones con Estados Unidos hizo crujir no sólo las relaciones entre el FA y el gobierno, sino también la relación estructura de base y estructura partidaria.
El año que se fue
El gobierno que construyó el doctor Tabaré Vázquez, cuyo prestigio como gobernante articulador es creciente, ha tenido la característica de contener en su seno a los principales líderes sectoriales (entre ellos los que recibieron más votos), con la excepción de Enrique Rubio (VA) y Rafael Michelini (NE) que quedaron fuera del gabinete.
Vázquez supo crear un grupo compacto, trabajador, cuyos integrantes se han ido reconociendo mutuamente. Un grupo que actuó con serenidad y responsabilidad en momentos difíciles, impidiendo que las contradicciones internas provocaran fugas, como pudo ocurrir cuando Danilo Astori y Reinaldo Gargano, por razones y en momentos distintos, amenazaron con sus renuncias.
Esos dirigentes que hoy son ministros, que poseen una fuerte personalidad, que son hábiles en el manejo de las palabras y en el arte de la política, no solo quedaron fuera de la conducción real de sus sectores políticos y del FA, sino que fueron elaborando toda una nueva cultura política que en la mayoría de los casos no se derramó sobre el núcleo duro de la militancia y de los nuevos dirigentes emergentes.
«Este es un gobierno serio, que gobierna», escribió hace poco Esteban Valenti en Caras y Caretas. A ese justo punto de vista se le podría complementar: «Esta es una fuerza política que no hace política». Sobre esto lo hechos cantan. Durante los 10 meses del gobierno de Tabaré Vázquez, el Frente Amplio no tuvo una expresión pública clara en defensa de los actos del Poder Ejecutivo, actitud que si asumió su presidente Jorge Brovetto y otros dirigentes.
Como fuerza política no montó una campaña política en defensa de la instalación de las papeleras, tampoco promovió las virtudes de la política en materia de derechos humanos, de los convenios colectivos, de los consejos de salarios, de la política carcelaria, del sistema nacional de salud, por solo nombrar algunos. La política la tuvo que hacer el gobierno y además comunicó mal, según el propio Tabaré Vázquez.
Los dirigentes emergentes fueron pocos y no permanentes, por ello no lograron un espacio sistemático en los medios de comunicación. Fue así que las reuniones de la Mesa Política no tuvieron voceros claramente definidos, con la excepción de su presidente Jorge Brovetto.
El Frente Amplio, como institución de la democracia, tampoco aprovechó ese tiempo para mejorar su infraestructura. Sigue estando muy lejos de ser un partido moderno que integre los avances tecnológicos a su cotidianidad, a pesar de que sus ingresos monetarios deberían ser los mejores en sus 34 años de vida, por el solo hecho de que los gobernantes nacionales y departamentales, así como los parlamentarios, aportan financieramente a la fuerza política.
Tampoco supo construir instancias comunes de reflexión. No se conoció un solo seminario, mesa redonda o sala de debates, que fuera promovido por el Frente Amplio. Esta fuerza política que hoy está en el gobierno, que es vista con simpatía en el mundo progresista por su experiencia unitaria, no supo o no quiso invitar a ningún dirigente político latinoamericano o europeo para intercambiar ideas en nuestro país. Tampoco se invitó a los siempre sospechosos intelectuales que pueden decir cosas políticamente incorrectas.
En el plano de lo afectivo, lo que tiene que ver con el desarrollo de la mística, también exhibió su crisis. Recién una semana antes del pasado 31 de octubre, al cumplirse el primer año de la primera victoria electoral de la izquierda a escala nacional, se anunció un acto que finalmente se hizo en la puerta del Hotel Presidente y que resultó pequeño, para el significado de la fecha.
Un buen momento del Frente Amplio fue en octubre, cuando se realizaron en Montevideo elecciones internas para designar los ediles locales. En esta consulta participaron 20.047 adherentes, mientras que en el año 2000 lo hicieron 15. 685 frenteamplistas, un 22% más que hace cinco años.
El mejor momento fue en noviembre cuando la dirigencia resolvió que había llegado la hora de construir una sola fuerza política del progresismo. Fue así que perdió varios apellidos y pasó a llamarse solamente Frente Amplio, lo que permitió el ingreso de todos los sectores que no eran frenteamplistas a la Mesa Política.
Con ese paso se pensó que los problemas de dirección iban a solucionarse, pero a nivel de la estructura de base no se produjo ningún cambio, por el contrario, los dirigentes de base se abroquelaron, transformándose en la llave de una interna muy pareja.
La inesperada disidencia del PCU en el Senado, a la hora de votar el Tratado de Inversiones con Estados Unidos, llevó a que Enrique Rubio se expidiera sobre el hecho, pero también por el tema de fondo: » Que se baje la temperatura para hacer un intercambio y ver cómo se da la conducción de la fuerza política desde ahora en el futuro, porque corremos el riesgo de que se produzca un divorcio entre el gobierno y la bancada parlamentaria por un lado y las estructuras de la fuerza política por otro», dijo.
El FA culmina el año con su democracia interna herida, porque el estatuto saltó en pedazos a la hora de asumir una postura única de la bancada de legisladores sobre el Tratado de Inversiones con Estados Unidos. Las bases sostuvieron que se debía posponer el tratamiento del tratado en el parlamento, hasta que se expidiera el Plenario Nacional. Los legisladores argumentaron que al no expedirse la Mesa Política, ellos podían hacerlo. Lo cierto es que surgió una doble interpretación estatutaria, que pone en peligro el futuro acatamiento a las reglas de juego.
El año que se viene
En el año que comienza todos estos problemas estar
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