"Vadearás el Viento, Historias del Uruguay de Todos"

Juan Raúl Ferreira presenta su nuevo libro

El nuevo libro de Juan Raúl Ferreira es una historia de la idiosincrasia y las tradiciones de tolerancia del Uruguay. Contiene anécdotas contemporáneas y episodios históricos. Con lenguaje e ilustraciones ligeras, de fácil lectura. El libro cuenta cómo en los momentos difíciles los uruguayos siempre supieron superar sus diferencias y cómo los grandes enfrentamientos nunca fueron obstáculo para la construcción de amistades entrañables entre sus protagonistas.

Lo que sigue es el prólogo del nuevo libro de Juan Raúl Ferreira.

«Muy joven, desde mi banca del Senado, interrumpí a un gran adversario, don Pedro W. Cersósimo. Argumenté contra lo que él venía sosteniendo y me equivoqué al citar una cifra. Leí mal. Como si me hubiera comido un cero. Antes de retomar la palabra, Cersósimo me envió una esquela: «Cuidado, Juan, leíste mal…». Me corregí y retomó la palabra aquel senador, mi adversario, un señor. Rebatió duramente lo que yo sostenía, pero disimuló mi error. Ni siquiera hizo referencia al mismo. Con el tiempo tuve la suerte de ser el puente para que Wilson y Cersósimo superaran diferencias del pasado y naciera entre ellos una entrañable amistad.

Eran cosas usuales en el Uruguay en el que nos criamos. Un país que muchos jóvenes no vivieron. A ellos me he propuesto contarles cosas de este país que nos vio crecer. Este libro es un esfuerzo en esa dirección. Como lo son las reuniones, algunas grandes, otras chicas o medianas, que estoy haciendo a lo largo y a lo ancho del país hablando de estas cosas. Son el capital político más importante que tenemos los uruguayos. A veces no lo cultivamos. Otras lo ignoramos por completo. Hay casos en que lo vamos dejando a la vera del camino. En todo caso, creo que no lo valoramos suficientemente. Estos relatos no son otra cosa que la historia de las tradiciones y la cultura política del país.

He descubierto en muchas de estas charlas, debo decir, que los jóvenes que van a escucharnos terminan enseñándonos más de lo que aprenden. Porque Uruguay no es un país de rupturas y continuidades, pero sí de cambios. Si es bueno que ellos conozcan el Uruguay que cuento en estas páginas, no es menos importante que los que lo vivimos entendamos mejor a los que no, comprendamos sus necesidades, sensibilidades, frustraciones y sueños. Es, en el fondo, el mismo Uruguay visto de distinta manera. Es el país al que todos nos debemos.

Este, el del este libro, es el Uruguay que me tocó vivir en tiempos de alegría y de infortunio, pero que siempre permitió que salieran a flote valores morales y espirituales que son la esencia de nuestra personalidad nacional. He sentido la responsabilidad de compartir este repertorio de anécdotas. Sin ir más lejos, la pasajera disputa parlamentaria que he relatado al inicio hizo que ese mismo día, sentado en aquella banca, recordara episodios que habían ocurrido en aquel mismo recinto. Muchos de ellos protagonizados por grandes personajes de nuestra vida política. Algunos los viví de niño primero y de joven después, desde las barras del Parlamento. Otros desde el hemiciclo como secretario de mi padre primero y como legislador después. Al recordarlos, comencé a redescubrir el valor que tenían. Había episodios tristes, otros alegres. Algunos esperanzadores, otros frustrantes. Todos tenían como común denominador el conjunto de valores que dieron a nuestra vida política un sentido de trascendencia. Una dimensión que a veces uno extraña. No con nostalgia, sino con deseos de recuperarla. Códigos no escritos, gestos de grandeza, de tolerancia, y actos de arrojo cívico. Mientras pensaba en ello, sentía que la vida me había dado el privilegio de ser testigo algunas veces y protagonista otras de hechos que hoy son parte de la historia de este país. Todos ellos permiten concluir que en Uruguay los grandes enfrentamientos sólo se explican como antesala a los grandes reencuentros.

Los episodios que me propongo contar en este libro, así como las anécdotas que afloran en los encuentros con jóvenes a los que me he referido, no siempre transcurrieron tras los mármoles del Palacio de las Leyes. Ocurrieron también en las calles de Montevideo, en fábricas o casas de familia, al aire libre, en nuestra campaña o en tierras lejanas de la Patria Chica. En tiempos de libertad o durante la oscura noche de la dictadura. Sus protagonistas son hombres y mujeres de todo tipo. Políticos, profesionales, trabajadores, gauchos, mandatarios extranjeros, laicos y clérigos. Desde el brazo uniformado que se interpuso en el camino de mi padre la noche del golpe de Estado no para apresarlo sino para ayudarlo, hasta la amistad personal forjada con los grandes estadistas del siglo pasado en Europa y en América. Son historias de asesinatos de amigos entrañables dentro y fuera de fronteras. Son cuentos de esperanzas renacidas tras el triunfo del ‘No’ en el plebiscito de 1980 y las expectativas posteriores a las internas del 82.

La mayoría de los cuentos de exilio han sido escritos en mi anterior libro, Con la patria en la valija. Quedaba mucho por contar. Fundamentalmente cómo se relacionaba ese exilio con la lucha dentro del país. Y también los cuentos del regreso, la prisión, la liberación de Wilson, la Explanada, la transición, el nacimiento de la recuperada democracia. Los encuentros y desencuentros del exilio y del desexilio uruguayo. El recuento de las lágrimas de tantos años junto a Wilson y tantos otros después de su muerte. Algunas de ellas de tristeza, otras de alegría, muchas de emoción. Algo de ello está contenido en la selección de este libro, otra parte queda por escribirse. Mientras tanto se revivirán periódicamente en los fogones y encuentros en el interior de país y en los barrios de Montevideo. Algunas anécdotas vividas, otras escuchadas aunque sentidas con igual intensidad. Una mañana de verano Wilson se sentaba al borde del lecho de enfermo de Maneco Flores Mora. A pocos metros, dos jóvenes senadores recién electos, sus hijos, presenciaban dos horas de relatos, discusiones, abrazos, sonrisas y miradas cómplices. Manolo y yo estábamos siendo testigos de lo mejor de Uruguay.

Por cierto, el propio Manolo me contó hace poco un hecho muy revelador. Estaba reunido con un grupo de estudiantes. Contaba algunos episodios en torno a un hecho trágico en el que, debo decir, su padre y él escribieron una de las páginas de mayor dignidad en la historia del periodismo nacional: la muerte de Vladimir Roslik. Una de las estudiantes le interrumpió: «¿Cómo se escribe?». A veces olvidamos que los jóvenes de hoy no vivieron aquel tiempo. Muchos de los que votaron por primera vez en esta elección no eran nacidos cuando mataron a Roslik. Veamos: los votantes de dieciocho años vinieron al mundo seis años después que la dictadura perdió su propio plebiscito, trece años después del golpe de Estado de 1973.

Algunas historias que hoy escribo las viví. Otras las oí. Todas ellas son elocuentes sobre la idiosincrasia nacional. Recuerdo, por ejemplo, una que me contó Ignacio Posadas. Cuando recién asumió como ministro se dirigía a una reunión con el presidente Lacalle en la residencia de Suárez. Ignacio sucedió como ministro a Enrique Braga, pero ya desde el inicio del gobierno venía desempeñándose como senador. Por lo que aquella no era su primera visita a Suárez. Era sí, la primera como ministro. La limusina de vidrios ahumados era conducida por Barrios, un viejo chofer del ministerio. En vez de temas de Estado, el flamante jefe del equipo económico pensaba en su nuevo chofer. Había sido chofer del ministro desde los tiempos de Végh Garzón, el padre de Végh Villegas. Cambiaban ministros, gobiernos y aun regímenes políticos, y Barrios segu

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