Hoy, familiares y amigos lo recordarán a las 11 horas en el cementerio de La Paz

Homenaje a Erro a 21 años de su muerte

En el momento del quiebre de las instituciones, Erro se encontraba en Buenos Aires. Posteriormente la dictadura argentina lo encarceló. Más tarde, luego de su liberación, marchó hacia París, donde finalmente falleció. Desde el exilio fue un activo militante por el retorno de la democracia. Una de las calles de la ciudad de La Paz, lleva su nombre.

El que sigue es un resumen del libro sobre la vida de Enrique Erro escrito por el periodista Nelson Caula.

Esta es la historia de un hombre que dos por tres aceptaba sin vacilación (probablemente esta palabra no estuviera en su vocabulario) los retos a duelo que una troupe de uniformados y ministros «le solicitaban», para este tipo de cosas solía tener el sí fácil.

Un hombre que le andaba pisando los talones a los que querían una América para los norteamericanos. Al «Imperialismo» lo tenía entre ceja y ceja. Cuestiones de soberanía eran sagradas para él, como también lo eran la corrupción y la inmoralidad en la «administración pública».

Anduvo barrenando cuanto gobierno se le puso a tiro: el batllismo decadente de Luis, «el herrerismo» de Nardone, «el cualquiercosismo» de Echegoyen y «Titito» Heber, el totalitarismo de Pacheco y el militarismo de Bordaberry. Los enfrentó con la más dura, estricta e intransigente de todas las posturas opositoras. La oligarquía local, lisa y llanamente lo odia, digo bien, todavía lo odia. El hombre no le dio respiro. Nunca.

Qué bajaba los precios de los artículos de primera necesidad como Ministro de Industrias, que más que un Ministro de Trabajo parecía ser el Presidente de una Central Sindical, que viajaba en tren desde su casita de La Paz rumbo al despacho ministerial o a su banca en el Parlamento, es parte ya del folklore nacional. Que vestía siempre igual: el mismo traje (en invierno o verano), el mismo sobretodo, los mismos zapatos; que prefería vender libros en la feria antes que jubilarse como representante nacional, también lo es. Pero poco o nada se sabe, que a los golpistas los señaló cuando aún estaban en pañales. Los tuvo a mal traer desde esas tempranas épocas, denunciando paso a paso la conspiración que un grupo de militares y civiles fueron elucubrando en más de una «buzeca» una quincena de años antes que lograran su objetivo.

En los turbulentos años previos al golpe del 73, el hombre, lejos de amilanarse siguió siendo el hombre. Fue manantial de denuncias en la defensa de los derechos humanos, en frenar escuadrones de la muerte, en subrayar la entrega. Para la Izquierda era demasiado radical.

Casi con la misma intensidad que vivió nuestro drama, sintió también el de los demás pueblos latinoamericanos como si hubiera nacido allí: Brasil, Argentina, Cuba en especial. La Patria Grande fue el más caro de sus sueños. Y no en vano latía en su pecho una desbordante pasión por «Don José».

Se granjeó muchos enemigos, obviamente. En el sesenta lo echaron del gobierno para el cual lo designó nada menos que Luis Alberto de Herrera, una vez que éste murió; dos años después, prácticamente le cerraron las puertas del Partido Nacional, que se abrían amablemente para los tecnócratas de la economía ultraneoliberal. Gracias a una de las actitudes más dignas que vivió el histórico senado del año 73, y por un pelito, no lograron expulsarlo del Palacio de Mármol. Sin embargo, desde el Poder Ejecutivo y su cenáculo de militares del Consejo Nacional de Seguridad, recién estrenado, terminaron echándolo del país. Por constantes presiones provenientes de este mismo origen se le ordenó que estuviera lejos de las provincias argentinas limítrofes con Uruguay, cosa que jamás acató. Con más de sesenta años a cuestas, después de pasar por la tortura de las cárceles de Buenos Aires, la de Ushuaia en invierno, la del Chaco en verano, y como sobrevivió, también lo echaron. En el exilio, nadie como él procuró la unidad de todos los uruguayos de la diáspora, pero no se le hizo lugar en la «Convergencia Democrática».

Con las únicas finanzas de fieles amigos, tan humildes como él, extendió las vías del ferrocarril, desde París hacia toda Europa. España, Italia, Alemania, Suecia, Noruega, Holanda, las Naciones Unidas en Ginebra, una y otra vez. Y nos quedamos cortos, imposible refrendar interminables kilómetros, México y Venezuela entre otros, con su dedo acusador en alto en cruzada contra la dictadura.

La muerte le marcó un día fecha de partida en el almanaque. El hombre bordeaba los setenta cuando comienza a convivir con una cruel enfermedad. Había mucho por hacer todavía y quedaba poco tiempo. «Me hago una transfusión y voy…» contestaba cuando le ofrecían una tribuna a mucha distancia. Soportó tremendas intervenciones quirúrgicas que le fueron diezmando el cuerpo pero nunca el espíritu. Lo costoso del tratamiento no le dejó otra alternativa que mendigar ayuda económica.

Aun en tales circunstancias, declaró que ganaba el NO en el 80  así lo testimonió la TV Española en su noticiero central previo al plebiscito y se adelantó a todos en proponer el voto en blanco en las internas del 82, a pesar de la condena de notorios izquierdistas que pregonaban el voto a los blancos. Cuestionó con extrema decisión el pacto del Club Naval.

Dedicó, los últimos minutos de su inspiración, a la juventud.

Murió más pobre de lo que siempre estuvo, a pocos días de la elección que nos devolvía la Democracia.

Y siendo Senador. Uno, de los primeros  tan solo- cinco que tuvo el Frente Amplio en su Historia.

Se trata «del Viejo Erro», «Don Enrique». Vasco-napolitano de raigambre, lo que quizás explique su carácter volcánico, según lo veía Zelmar Michelini.

Tras la muerte de Luis Batlle en 1964, a la hora de los distinciones en el Parlamento, Erro pidió la palabra y dijo: «Lo combatimos con intensidad y con profundo acento sincero, pero nuestra palabra y nuestra adhesión a todos los homenajes a su memoria tenía que exteriorizarse en esta oportunidad dolorosa, porque así lo exige una parte inmensa de pueblo, porque así lo reclama la cultura del país y porque así nosotros lo sentimos…«. En 1985 cuando llega el momento de homenajear a Erro, parlamentario de cinco legislaturas, los inmediatos seguidores de la línea iniciada por el padre del actual Presidente de la República en pleno y toda la bancada colorada, los que decían no tener ojos en la nuca y ser los enemigos del rencor, se retiran de Sala.

En más de un cruce de caminos, Wilson Ferreira Aldunate le recriminaba a su amigo Erro, el que no le hubiera aceptado la propuesta  cuatro veces formulada- de ser su candidato a la municipalidad montevideana en las elecciones del 71. «Usted hubiera sido Intendente y con esos votos yo hubiera sido Presidente«, le recriminaba con su gracejo especial Wilson. Observando los resultados de entonces, ¿alguien duda de la razón que asistía al líder nacionalista?

Don Enrique cambió la vuelta al Partido en que nació, siendo la máxima autoridad capitalina, o sea con toda la gloria e impacto, por los principios que rigieron toda su vida. Valores, al fin y al cabo. Esos que, por más que hoy escaseen, siempre es imprescindible luchar. Los mismos que ya tempranamente, por 1962, le llevaron a romper con el Partido Nacional y ser la primer figura de notorio prestigio de un partido tradicional en aliarse a socialistas y otras fuerzas de izquierda. Apenas le valió entonces, el mantener su banca.

Arrancando la década del setenta y todavía en el peor de los momentos  no como ahora que está de moda- cuando ser blanco o colorado y «abrazarse» con comunistas, socialistas y tupas significaba poco menos que ser enemigo público nÃ

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje