A un año de la muerte del General del Pueblo, sus amigos y familiares lo recuerdan con respeto y alegría

"Líber Seregni fue un descubrimiento tan grande como el de una estrella en el cielo"

El dolor comenzó a recorrer a los hogares uruguayos. La institucionalidad democrática se vistió de luto y el General del Pueblo, como se le llamó durante la dictadura, fue acompañado hasta su última morada.

Una multitud se volcó a la calle, donde decenas de miles de uruguayos rindió un sereno homenaje. Ni un solo incidente empañó aquella jornada, a pesar de que civiles y militares no sentían la cercanía casi epidérmica del otro, desde hacía muchas décadas.

Toda una parte de la historia de los uruguayos quedaba atrás. Otra comenzaba a mostrar sus primeros colores, entre las ramas de los árboles del Cementerio Central.

«De mi querido general Seregni hemos recibido las banderas de la lucha por la justicia social, por la solidaridad, la libertad, por la democracia y sobre todo por la paz y el entendimiento entre todos los uruguayos», dijo Vázquez en el momento de la despedida.

A un año de su muerte, sus amigos lo recuerdan con respeto y admiración. Dos son uruguayos. La otra persona es mexicana.

 

Rosselli

Los días martes se reunía el equipo de la Presidencia del FA. El primer martes después de las elecciones de 1989, cuando Tabaré Vázquez fue electo intendente de Montevideo, se realizó una reunión de ese equipo.

«Hubo abrazos y sonrisas por el triunfo logrado», recuerda Alberto Rosselli. Pero en medio de la alegría, se escuchó la voz de Seregni: «Vamos a hablar en serio».

El silencio fue total y todas las miradas se centraron en el General, quien dijo que se abría una nueva etapa para el Frente Amplio y que «todo el equipo debía darle todo el apoyo a Tabaré Vázquez». «Hasta ahí todo bien», agrega Rosselli, pero Seregni también dijo que no iba a ser candidato a la Presidencia de la República en 1994, «aunque no estoy pensando en morirme», acotó.

«El apoyo irrestricto al compañero que ejerce la función de gobierno más importante y el hecho de saber que hay etapas en la vida que se cumplen inexorablemente, hoy tienen una singular importancia», recalcó Rosselli.

 

Halty

Julio Halty habla de la renuncia de Seregni a la presidencia del FA en 1996. «Su renuncia la discutimos ampliamente, desde la forma hasta la oportunidad de presentarla. Todos dimos nuestra opinión en las reuniones que se hicieron en Costa Azul. Yo tuve alguna diferencia con él en ese sentido, como otros compañeros. Le dije que estaba en su derecho a renunciar, pero que entendía que no debía hacerlo porque no lo consideraba oportuno. Mi opinión fue considerada, pero Seregni asumió otra postura», recuerda.

«Fue más de una reunión, un par, todas en Costa Azul. Estaban Alberto Rosselli, Ricardo Magnone y Jorge Garcerano. Cuando Seregni habló en la explanada de AFE, yo no tenía dudas de que iba a renunciar, pero en las reuniones previas no fue tan categórico como en AFE. Tenía la esperanza de que no renunciara, pero eso es otra cosa (se ríe)», dice.

«Con esto quiero decir que ante hechos que lo involucraban directamente a él, siempre pedía la opinión de quienes estábamos trabajando a su alrededor», concluye.

 

Poniatowsca

El pasado lunes, en horas de la tarde, dialogamos con la escritora mexicana Elena Poniatowsca, quien conoció a Seregni, un coronel uruguayo que fue a estudiar al Estado de Puebla.

«Seregni estuvo en Tonantzintla, en el Observatorio Astrofísico de Puebla, porque quería estar cerca de la astronomía y de los astrónomos mexicanos», recuerda la escritora. Quien tuvo una «relación muy estrecha con él, fue Guillermo Haro, mi esposo, director del observatorio, en el Instituto de Astrofísica, Optica y Electrónica de México. «Se quisieron mucho y lo admiró mucho. Por eso, cuando lo metieron a la cárcel, Haro firmó varias veces desplegados (llamamientos) a favor del General», agregó.

«Seregni caminaba mucho por Puebla, por las calles, sobre todo por Tonantzintla, que es un pueblo mexicano donde hay una iglesia muy famosa, barroca, que se llama Santa María Tonantzintla. Es muy bonita, es el barroco en manos indias», asegura la escritora.

Recuerda, a la vez, que se encontró con Seregni en México, desayunaron juntos, después de ser liberado, cuando su esposo ya había fallecido. «Me acuerdo que estaba impecablemente bien vestido, que platicamos mucho de Guillermo Haro y de sus luchas por liberarlo y sacarlo a él de la cárcel». «Después, cuando yo fui a Montevideo, él me invitó a cenar en su casa», añadió.

Sobre el significado de Seregni para la izquierda latinoamericana, dijo que «fue un gran héroe de la izquierda, un hombre muy deslumbrante por su pureza, por su nitidez, por su transparencia absoluta». «También tenía algo como de inocencia: eso se sentía en como hablaba, en como sonreía, en su fe en los demás, por su buena disposición por los demás».

Dos semanas después del triunfo del EP-FA/Nueva Mayoría, escribió en el diario La Jornada de México que para su esposo «Líber Seregni fue un descubrimiento tan grande como el de una estrella en el cielo. Trató a un hombre honrado, inteligente, culto, sensible, patriota, un ser excepcional».

Sobre su visita a nuestro país, cuando cenó con Seregni, Poniatowsca fue crudamente franca en la descripción de nuestra sociedad: «Uruguay me pareció un país de tristes y de abandonados, un país viudo inconsolable, un país de puertas y ventanas cerradas y casas clausuradas. ´Aquí ya no vive nadie´. La embarcación hacía agua. ¿Cómo iba yo a adivinar que triunfarían la inteligencia y la esperanza?», dijo.

Elena Poniatowsca es conocida en nuestro país por el libro «La noche de Tlatelolco», que relata la lucha de los estudiantes mexicanos en 1971.

 

Estoy aquí

Ese resucitar de los uruguayos que sorprendió a la escritora mexicana, la pude palpar una vez en un breve diálogo con Seregni, en una mañana de Costa Azul, cuando le pregunté si se sentía con fuerza y confiado en el futuro. Me sorprendió por el tipo de respuesta, al recurrir a la letra de una canción: «Tantas veces me mataste, tantas veces me morí, sin embargo estoy aquí resucitando», dijo.

Las últimas palabras de Tabaré Vázquez en el Cementerio Central fueron en similar dirección: «Personas como el compañero general, dirigentes como él, no se mueren, se siembran». Tres meses después la mayoría de los uruguayos provocaba el cambio, con los colores del general Seregni. En esas horas pareció escucharse: «Estoy aquí». *

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