No alcanza con las buenas intenciones
El Plan de Emergencia –su puesta en marcha– ha sido definido como «el buque insignia» del programa de gobierno de la nueva administración. Apunta, es obvio señalarlo, a enfrentar uno de los males más agudos de la sociedad, herencia maldita si las hay, de regímenes y políticos que no pueden hacerse los distraídos a la hora de identificar responsabilidades en la catástrofe social en que se sumió el país.
El desastre está como dato crudo de la realidad. Y en igual medida existe una determinación política de hacer frente y superar esa realidad.
Pues bien, ¿qué tenemos medio año después de hacerse pública la creación del grupo de trabajo y varios meses después de haber sido creado el correspondiente ministerio?
La respuesta es una pero con dos caras. Una de las caras nos muestra un aspecto positivo y estimulante: se ha cumplido con lo prometido, se ha trabajado para llegar a las familias y a los ciudadanos que viven en la indigencia. La segunda, es una cara desagradable y preocupante: el gobierno, el ministerio en cuestión, ha denotado una notoria dificultad, que roza en la ineptitud, para concretar lo propuesto.
No interesan, más allá de que corresponde escucharlas, las excusas. Por suerte en Uruguay no hay tsunamis que sí podrían justificar la lentitud, cuando no el estancamiento, en los procesos de incorporación de ciudadanos al Plan.
La condición de pobreza extrema de decenas de miles de hogares de uruguayos es una cuestión de Estado, no de tal o cual ministerio, y mucho menos de un gobernante en particular. Por momentos parece que la ministra Arismendi se plantea el desafío como algo personal y se comunica con la opinión pública como si estuviera en juego su capacidad intelectual e integridad.
No va a ser ella quien juzgue si actuó bien o mal.
Lo único que debe garantizar es cumplir con lo prometido, y en la medida en que lo logre a no dudar que encontrará la conformidad de la ciudadanía.
El asunto del gobierno, de la eficiencia en la gestión, del cumplimiento de los objetivos y metas no sólo es un tema de carga horaria, una cuestión meramente cuantitativa. También incide, y mucho, la calidad del trabajo, la capacidad de articular esfuerzos de otros, la sensibilidad para escuchar otras visiones.
En las últimas horas, junto con el recrudecimiento de las protestas –no viene al caso interpretar si son genuinas o inducidas– han surgido voces como las del dirigente de los trabajadores de Adolfo Bertoni, dirigente del BPS, que proponen visiones racionales y modernas para resolver en tiempo y forma esta lacerante realidad.
Cuando las dificultades arrecian, sin abandonar las responsabilidades siempre parece prudente y sensato saber escuchar y reconocer con humildad los errores o carencias.
La soberbia fue un rasgo de muchos ex gobernantes de ese Uruguay que ya la mayoría quiere dejar atrás. Ojalá la nueva generación de autoridades no pierda la memoria y no equivoque el rumbo del buque que se puso a andar. *
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