ALVARO RICO (HISTORIADOR)

"Si hoy se volviera a reafirmar la impunidad, sería una derrota del optimismo que renació"

–¿Por qué un libro, por qué volver a conmemorar un nuevo aniversario del golpe de Estado y de la huelga general? ¿Por qué, en una perspectiva de futuro?

–Porque este tipo de libros o de investigaciones son como el presente de la historia. Son aquellos hechos que efectivamente acontecieron en nuestro pasado reciente, pero por sus continuidades con el hoy, por la falta de resolución de muchos de los temas que quedaron pendientes, por la memoria de sus protagonistas, por el olvido del Estado, por el no reconocimiento democrático, por la violación de los derechos humanos, siguen estando en el presente y siguen condicionándonos en el sistema político y en la forma de convivencia de los uruguayos.

El volumen del libro tiene que ver, por un lado, con la magnitud de aquel acontecimiento histórico. Muchas veces las reconstrucciones históricas en la posdictadura, por la vía de reconstruir la historia de los partidos políticos (en el caso de la izquierda la casi exclusiva reconstrucción de la historia del MLN), han dejado de lado el componente social de la historia reciente de nuestro país. Este libro intenta reposicionar la historia social en el presente de los uruguayos, con un ejemplo paradigmático: la resistencia obrero y popular al golpe de Estado y la instalación de la dictadura en nuestro país.

La magnitud de ese hecho social quedó invisibilizada, quedó ocultada por otras urgencias, inclusive urgencias de otros protagonistas. Los dirigentes sindicales, como los dirigentes políticos, la sociedad en su conjunto, no volvieron a discutir estos hechos que sucedieron. Invisibilizada también por un discurso político de la impunidad, que centró las causas de la dictadura en otros argumentos, en otros actores, en otros acontecimientos. El libro intenta volver a recomponer la relación entre la fábrica, el barrio, la parroquia, la relación entre el dirigente sindical, el militante, el ama de casa, el pequeño comerciante, el estudiante universitario. Intenta volver a poner la atención sobre el cómo se construyó un poder popular desde mediados de los años 50 hasta el golpe de Estado de 1973, justamente a través de un entramado que buscaba estos relacionamientos entre la sociedad, la política y las organizaciones, entre los vecinos y entre los dirigentes.

Se analiza también los métodos de la resistencia, las movilizaciones, las ocupaciones. Cuál fue el ingenio popular en la superación de las dificultades, que en aquel contexto de huelga general se presentaron.

–El movimiento sindical, la CNT, tenía previsto desde la década del 60 convocar a una huelga general con ocupación de los lugares de trabajo si había un quiebre institucional. Y eso ocurrió el mismo 27 de junio. ¿Ha escuchado si esa resolución sigue estando vigente dentro de las definiciones del PIT-CNT?

–No es una discusión que forme parte de la dirigencia sindical de hoy, según la información que poseo. Fue sí una discusión que el movimiento obrero uruguayo empezó a dar en 1964, cuando el golpe de Estado en Brasil que derrocó a Joao Goulart. En el Uruguay posdictadura no ha habido una reactualización de esa resolución.

La sociedad uruguaya vislumbra la posibilidad de acercarse a la verdad. En estos últimos días han existido pulseadas entre la «verdad» y la «impunidad». ¿Qué puede pasar si esta vez, bajo un gobierno de izquierda, se vuelve a detener el acercamiento a la verdad?

–Sería un nuevo traumatismo para la sociedad uruguaya, que se alegró, festejó y apoyó masivamente, desde el punto de vista electoral, un cambio.

Alegría y festejo que contó con la participación de amplios sectores juveniles. Si hoy se volviera a reafirmar la impunidad, sería una derrota de esa decisión democrático electoral, sería una derrota de ese optimismo que renació en octubre y sería una derrota de las expectativas que se generaron en torno a que Uruguay, en materia de derechos humanos, en materia de verdad y de justicia, puede ser distinto a lo que han impreso los cuatro gobiernos de los partidos tradicionales, desde 1985 hasta 2005.

La impunidad ha significado una relación de convivencia entre los uruguayos, donde nadie asume su responsabilidad porque el Estado no se hace cargo de nada. En esta pulseada de hoy nos estamos jugando algo más que el juzgamiento, que de por sí es muy importante, de los autores materiales de las violaciones de los derechos humanos. Estaríamos ante la posibilidad de que el Estado y la política recuperen su relación con la ética, a que el Estado recupere su moral republicana, a que la Justicia se reafirme como poder independiente, a que la sociedad uruguaya reciba la verdad sobre los responsables de aquellos trágicos hechos. *

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