Documento firmado por militantes de la izquierda expone los desafíos del cambio
Seguidamente reproducimos íntegro del documento. He aquí su texto:
«Los tiempos han cambiado, nosotros hemos cambiado y en el Uruguay se ha producido el cambio más importante de toda su historia política independiente: luego de 174 años de dominio de los dos partidos tradicionales los uruguayos elegimos un gobierno de izquierda.
Este documento no es sólo la continuación de una reflexión. Son un conjunto de opiniones en un nuevo momento, ante nuevas tareas y viejos problemas, con la presencia de nuevos protagonistas. Pretende tener un rasgo común con anteriores experiencias, pues apunta a no institucionalizar el pensamiento, no confinarlo en los límites de lo aceptable y lo aceptado, y estimula a arriesgarnos a la renovación permanente.
Hace algunos años esa ruptura de los límites pasaba fundamentalmente por un documento que cruzara transversalmente diversos partidos de izquierda, hoy ya no alcanza, es necesario atravesar un espectro político y social considerablemente más amplio; su principal valor debe estar en sus contenidos.
¿Es hoy necesaria la renovación de la izquierda, o ya se ha producido y debemos cosechar sus frutos?
La renovación no es una meta, es un estado permanente, es una actitud, es una visión crítica no sólo de la realidad sino de la propia izquierda. Sin la renovación permanente de la propia izquierda, de sus ideas y de sus proyectos, no habrá renovación y cambio en el país y en la sociedad. La renovación es en sí inalcanzable, es una meta que siempre se ubica un poco más allá. En tanto el mundo cambia a nuestro alrededor, el desafío de la renovación se articula entre dos extremos: el de la permanencia de los auténticos principios, de las apuestas utópicas, de la sensibilidad por la justicia, de los compromisos históricos con los trabajadores y los más desposeídos-, y el del cambio, para adaptarnos siempre, de la forma más eficaz a los nuevos requerimientos, a las nuevas oportunidades, a las nuevas fuerzas que se orientan en la misma dirección o que se oponen tenazmente a la nuestra. La renovación es una necesidad, en un mundo en que el cambio continuamente ocurre y se acelera, la renovación es también un principio: uno de esos principios que, llevado a la práctica, asegura que realmente seguimos siendo de izquierda.
¿Cuál es la renovación que hoy requiere la izquierda, las fuerzas del cambio?
Ahora que la izquierda ocupa posiciones fundamentales en el gobierno, en el Estado y tiene desde hace mucho un papel relevante en la sociedad civil, en la intelectualidad y en la cultura uruguaya, la renovación y la crítica asumen un nuevo papel y una exigencia de mayor importancia y profundidad.
El mayor peligro que afrontamos es el fracaso, es la incapacidad de cumplir con la propuesta y los proyectos que le formulamos a la sociedad uruguaya, es integrarnos al fracaso nacional que azota nuestro país desde hace muchos años. Esa responsabilidad es intransferible y los fracasos no tendrán justificación posible.
Están dadas todas las condiciones para gobernar bien, para comenzar un avance serio y firme hacia el desarrollo, hacia el crecimiento con justicia social, invirtiendo la tendencia a la fractura y la disgregación social. Están dadas las condiciones políticas, sociales, regionales e internacionales.
No será una tarea fácil, pues tanto la situación económica y social del país es comprometida y grave, como las bases del poder tradicional, de sus instrumentos en la economía, en el Estado, en la comunicación, en la cultura dominante son poderosos y tienen sólidas y profundas raíces. Si no lográramos ir más allá de simplemente retocar ese poder, administrarlo, dotarlo de algunas sensibilidades sociales básicas, ello constituiría un fracaso.
Los adversarios del cambio, derrotados en las urnas tienen experiencia, y capacidad y controlan una buena parte de los resortes fundamentales del poder para seguir combatiendo su batalla. No estamos solamente frente a una disputa de carácter político o de ideas, en última instancia lo que está en juego es la distribución de las riquezas, el control de los centros del poder económico, social y cultural.
El equilibrio extremadamente exigente entre el manejo de la economía y de las finanzas, sus limitaciones, sus complejas relaciones de dependencia nacional, regional e internacional por un lado y la necesidad de un auténtico proyecto de desarrollo y de cambios profundos y estructurales es una de las cuestiones centrales, dominantes de la actual situación.
No será un equilibrio fácil, el que hay que elaborar, entre las exigencias de una sociedad con grandes carencias, con grandes necesidades y con exigencias de cambio y de nuevos horizontes elegidos y votados el 31 de octubre por un lado y las tensiones impuestas por la necesidad de preservar los equilibrios económicos y financieros por el otro.
Si la izquierda queda atrapada en esa única tensión, si no es capaz de superarla con ideas, con audacia, con proyectos, con el protagonismo de la sociedad organizada y con prioridades claras, seremos cronistas de una nueva y dolorosa derrota. Y lo será aunque algunos números cierren, algunos guarismos mejoren y algunas de las más insultantes opacidades del Estado cambien.
La crisis social, institucional, moral y cívica es tan profunda que algunos cambios serán importantes y visibles. Pero no suficientes.
Una campaña electoral de una fuerza política se basa esencialmente en un conjunto de promesas en la gestión del gobierno y del Estado. A veces se presenta concentrada en un corto e intenso período y otras se desarrolla como una acción y una elaboración permanentes. Para el progresismo y para la izquierda, las promesas definen su propia identidad.
¿Cuál ha sido la principal promesa formulada a la sociedad uruguaya?
La primera gran promesa, la que nos da identidad fundacional es la de un país más justo, libre, fraterno y solidario. Entendiendo la justicia, la fraternidad y la libertad como valores indivisibles, que se combinan y se confunden. Cada vez que la izquierda en su larga historia sacrificó alguno de estos pilares no sólo fracasó estrepitosamente, sino que se alejó de sí misma y de sus valores.
En estos términos se presenta otra de las grandes tensiones: la que se da entre nuestros principios y nuestra identidad de una parte y las exigencias prácticas y concretas de la política por la otra. Cuando se tiene la responsabilidad de gobernar, esa tensión es ineludible y es más fuerte que en ninguna otra situación.
Es fácil entender y detallar en el Uruguay de hoy como se ponen en práctica en lo inmediato estos grandes valores civilizatorios, la libertad, la justicia y la fraternidad. Mucho más complejo es asegurar su continuidad, aumentar su profundidad y establecer las bases políticas y sociales de ese largo y difícil camino. No hay modelos. Son las metas a mediano y largo plazo las que estamos obligados a discutir con toda la sociedad al tiempo que vamos construyendo las bases de su permanencia y profundización. En otras palabras: estamos ante una lucha por el futuro. No se trata solamente de solucionar algunos problemas, de aliviar las situaciones más dramáticas, de comenzar un camino hacia el desarrollo; antes bien, se trata de al mismo tiempo- edificar los cimientos de la libertad, la justicia y la solidaridad que garantizarán su creciente concreción en el futuro.
Esa es otra de las grandes promesas: mirar lejos, pensar con una visión estratégica, y elaborar política y teóricamente en consecuencia. El país está en crisis por la aplicación de políticas equivocadas, por los malos gobiernos que las ejecutaron y por la carenc
ia absoluta de una visión estratégica.
La historia nacional es un buen ejemplo de que los pilares de nuestro propio desarrollo, los saltos y las mejores realizaciones se dieron precisamente cuando hubo capacidad de mirar más allá de las contingencia, de mirar lejos y bien y fortalecer la democracia.
El mercado como planificador, distribuidor de recursos y prioridades y como regulador de los tiempos políticos e históricos se demostró un gran fracaso. Tampoco el Estado como monopolizador de toda la vida de una sociedad, de su economía, su cultura, se demostró exitoso. Pero reducir el debate y la creación teórica y política a esta alternativa entre mercado y Estado es amputarnos espacios fundamentales de creación y de lucha.
Hay un gran espacio y una gran necesidad de elaboración de alternativas, partiendo de un aspecto básico: definir adecuadamente el objetivo. Y nosotros reafirmamos que el objetivo debe ser la tendencia y la concreción de niveles de igualdad de oportunidades, de reducción drástica de las enormes desigualdades en el espacio global y al interior de cada sociedad. Un mundo y una sociedad donde el factor principal sea el ser humano y no las cosas y su propiedad, donde el valor primordial sea la solidaridad y no el afán de lucro. Ese es el sentido final de la utopía y, a la vez, el motivo fundante de nuestra acción.
La renovación de la izquierda supone asumir la tensión entre la contingencia de la historia entendida como la ausencia de cualquier determinismo y la necesidad de construir nuevos rumbos, de no resignarnos a este sistema global de dominación que se basa en la explotación del ser humano, que se expresa en un conjunto de mecanismos regresivos de distribución que aseguran de una u otra forma la constante transferencia de bienes y riquezas desde las economías pobres a las ricas en el ámbito global- y de los pobres a los ricos, en el espacio nacional. De ese modo han nacido y de esa suerte se reproducen las grandes y crecientes desigualdades sociales y nacionales.
No podemos ni queremos poner límite al cambio, acostumbrarnos y someternos a las fronteras ideales y materiales de este sistema, dejarnos atrapar por una dominación cultural e ideológica en la que ciertas categorías, ciertas formas de convivencia social, ciertas formas de dominación y los valores culturales que las sustentan aparecen casi como imposiciones geológicas o divinas.
La renovación de la izquierda así como asume su historia, su pasado, y sus proyectos con profundo espíritu crítico, aplica éste al análisis del sistema dominante y sus injusticias sus atropellos a la dignidad humana, su explotación descontrolada de la naturaleza.
La izquierda tiene múltiples vertientes, nosotros nos sumamos a quienes creen que no podemos y sobre todo no debemos limitarnos a retocar el sistema, a humanizarlo en algunos de sus rasgos más agresivos e injustos o arrancarle algún espacio de libertad. Hay que cambiarlo.
La injusticia, la alienación, las libertades limitadas, la dominación imperial no son deformaciones del sistema, son su condición básica y esencial.
Existe un vasto movimiento político, social, cultural a nivel de todo el mundo que hoy discute y enfrenta esta modalidad de globalización sin alma y sin humanidad. Ese portentoso movimiento como en cada uno de nuestros países afronta ahora el reto de construir propuestas, ideas, proyectos realmente alternativos o desgastarse simplemente en la protesta.
El sistema no se cambia con la crítica, sino con alternativas, con construcciones ideales, económicas y políticas diferentes. Tenemos una historia, una tradición y referencias pero hay que crear, arriesgarse, tener propuestas para este tiempo nuevo. Estamos en déficit.
La izquierda uruguaya tiene acumuladas grandes deudas. Racionalmente sentimos y asumimos que las mujeres han sido discriminadas y lo siguen siendo. Discriminadas en múltiples formas, pero sobre todo en la participación en el poder. Pero no hemos encontrado los caminos para reparar esta situación.
Y no se trata de reparar una injusticia más, se trata de que no es posible concebir un país de justicia y libertad para todos -mujeres y hombres- un país de crecimiento y desarrollo hasta que no incorporemos las sensibilidades, las capacidades, la fuerza de todos, y muy especialmente de las mujeres.
La lucha contra la discriminación en cualquiera de sus formas, pero en particular todas las formas de veladas, encubiertas o explícitas de postergación y discriminación de los derechos de los afrouruguayos, es parte de esas deudas de la sociedad uruguaya.
Esta primera y fundamental etapa del cambio afronta tareas ineludibles en relación al desarrollo, a la transparencia, a la verdad y la reparación de la memoria de las épocas oscuras de la dictadura, la honestidad y el combate frontal contra la corrupción; reclama normas claras para todos y la aplicación prioritaria de políticas sociales que involucren los derechos básicos: la alimentación, la salud, la educación, la vivienda. La síntesis de todo se expresará en restituir al trabajo su valor económico, social y moral como piedra fundamental del país libre, justo y solidario a que aspiramos.
El trabajo -en esta nueva época donde el conocimiento, la inteligencia, la capacidad de innovación, las nuevas tecnologías son el factor determinante del progreso y el desarrollo- está ligado íntimamente con la educación y el desarrollo de la inteligencia. Por lo tanto, el destino nacional depende como nunca de la inversión prioritaria en esta actividad. La educación no es una herramienta para incorporarse a la producción, es un derecho fundamental de todos y cada uno de los seres humanos y, para nuestro país en su historia y en su identidad es el fundamento y el sustento más fuerte de sus valores democráticos y de su propio futuro como Nación.
Construir una comunidad del trabajo pasa necesariamente en esta primera etapa por contar con empresas y empresarios que no sean un mecanismo de transferencia de la renta parasitaria, sino que arriesguen, que generen oportunidades de ocupación, que incorporen tecnologías, que sean capaces de abrir mercados, que asuman como propio un proyecto de país nuevo y diferente: justo, solidario, creador. Una de las principales patologías del país ha consistido precisamente en la deformación a través del sistema de créditos y de un largo historial de prebendas clientelísticas, no sólo del sistema financiero sino de importantes sectores empresarios y aún de actividades clave de nuestra economía.
Se requiere desde el inicio una institucionalidad más democrática, más ciudadana y participativa, descentralizando el poder en serio y profundamente, suplantando las corporaciones del poder por el protagonismo de los actores sociales y en particular de la sociedad civil. El control del Estado debe ser ejercido por los órganos competentes, pero también por los ciudadanos.
No será una tarea indolora, afectará grandes y pequeños intereses, golpeará a las cadenas y trenzas de complicidades explícitas e implícitas con las diversas formas de la ineficiencia, del uso y abuso del Estado, del clientelismo y de la pérdida de compromiso de los servidores públicos. Trenzas, cadenas y vicios de antigua data que atan y oprimen a toda la sociedad.
Los cambios tendrán niveles y profundidades diferentes, pero no pueden circunscribirse al gobierno central; comprometen necesariamente a muchas instituciones, al Parlamento, a la Universidad, las intendencias, la educación, la salud en sus diversos niveles, las propias organizaciones sociales y civiles. Un proyecto de país diverso requiere una institucionalidad distinta, esencialmente más de
mocrática, más participativa, libre de la corrupción, del clientelismo, del abuso, la ventaja innoble y la prebenda.
Se debe combatir en forma permanente la batalla por la democratización de la información, por la más plena libertad de los ciudadanos de acceder a una información plural, múltiple, que abra espacios a la sensibilidad y la capacidad de sus profesionales. Pero en el centro del sistema, siempre y fundamentalmente el ciudadano libre, que sólo lo será plenamente si tiene acceso irrestricto a la información. La libertad de información y la transparencia se complementan en este terreno con la educación universal, creciente, continua: sólo un ciudadano plenamente consciente, adecuadamente educado, podrá tener acceso útil con capacidad crítica y comprensión- a la información que constituye la sustancia última de su capacidad de elegir, es decir, de su libertad.
No estamos hablando de un sector económico y cultural muy importante sino de uno de los factores determinantes en los procesos de transformación y democratización de una sociedad y del vehículo principal de la globalización.
Nuestra construcción nacional debe integrarse a la región, no sólo en el plano comercial o económico sino en todos los terrenos de la vida social y política, en un estado de tensión necesaria entre nuestros objetivos nacionales y nuestra identidad, y la conjunción imprescindible que nos habilite a participar en el escenario global también como parte de un sujeto colectivo: más fuerte, con una voz más enérgica, con un perfil apto para dialogar de igual a igual con los grandes poderes del mundo.
Las propias organizaciones políticas, el Frente, sus estructuras, sus formas de participación, de comunicación, de relacionarse con la sociedad y con el Estado deben cambiar. Corresponden a otra época y a otros problemas. Incluso a otros estados de ánimo. No es sólo porque la izquierda cumplió un ciclo y ganó las elecciones. Tiene raíces y tensiones mucho más profundas. Hay que asumir que hoy las estructuras políticas que nos trajeron hasta aquí ya no son capaces de incorporar y darle protagonismo a todos los ciudadanos que lo reclaman. Es una batalla de ideas, de métodos y de medios.
Una renovación en las estructuras y las formas de la política implica necesariamente también la renovación generacional. Nadie regala nada, pero la izquierda debe incluir en sus métodos, en sus contenidos y sus formas las oportunidades para los jóvenes. También en la renovación del poder.
Otra renovación refiere a las prácticas sociales y su relación con la política. La capacidad propositiva de la izquierda nunca ha sido un problema exclusivamente teórico sino de praxis. Existen múltiples conocimientos acumulados en la sociedad civil y experiencias procesadas por organizaciones no gubernamentales, religiosas, del voluntariado y otras. El predominio de un paradigma tecnocrático ha impedido el acceso de los aprendizajes colectivos a la esfera de lo público. Un desafío que tenemos por delante es restaurar el vínculo entre estos conocimientos, experiencias y discursos vivos y activos en el seno de la sociedad con la política institucional, pues son decisivos para alcanzar la renovación de esta última.
Todos estos cambios son la primera etapa. Fundamental. ¿Y después? ¿Estamos preparados? ¿O dentro de cinco años la batalla se reducirá a la disputa de los nombres?
Si nuestro pensamiento se institucionaliza, si nuestra acción acepta desde ya todas las limitaciones y renuncia a las tensiones el cambio será limitado y de alcance breve.
El éxito de esta nueva etapa depende de la acción del gobierno progresista, de nuestros legisladores, de las intendencias que conquistemos, pero depende también y en altísimo grado de todos nosotros, del clima intelectual, político que se genere, de la creatividad y audacia en construir espacios de participación y debate, de nuestra capacidad para liberar las enormes fuerzas que alientan en lo profundo de la sociedad uruguaya. Son esas fuerzas las únicas capaces de llevar a la práctica los grandes cambios que ambicionamos, consolidarlos y otorgarles permanencia.
No queremos sólo realidades, queremos promesas. Queremos construirlas para luego hacerlas a su vez realidad y fundar sobre ésta, nuevas promesas.
Las descripciones no nos alcanzan, queremos proyectos; los proyectos no nos alcanzan, queremos verlos realizados.
Cambiemos. También nosotros. Cambiemos para cambiar. *
Firmas:
Selva Andreoli
César Barreto
Pepín Bonilla
Yamandú Costa
Gloria Demasi
Adolfo Drescher
Margarita Percovich
Eduardo Pereira
Julio Pérez
Gustavo Pérez
Milton Ramírez
Juan José Ramos
Alvaro Rico
Romero Rodríguez
Esteban Valenti
Laura Yánez «
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