"Si no rendí más al país es porque no tuve condiciones para hacerlo"
–Dicen que la vida con la perspectiva de los años, aparece como demasiado breve. Con 82 años y más de cuatro décadas de legislador ¿qué visión de esa historia propia tiene? ¿Cómo la sintetiza?
–En concreto creo que a los 16 años, cuando ingresé a la vida política elegí un duro oficio: este es el duro oficio ya que al político se le mira constantemente en sus actitudes, se analizan sus actitudes y cada uno saca de ahí sus conclusiones, pero lo hace con derecho porque es el elector, la base de la democracia.
Creo haber cumplido una larga etapa. He hecho lo que está a mi alcance hacer, si no he rendido más al país es porque no tuve las condiciones para hacerlo. Yo creo haber servido al país, y a mi departamento donde me inicié, Rocha. Fui edil, luego integrante del ejecutivo colegiado, y en 1963 fui electo diputado. En 1966 me eligieron senador, y en 1971 integré la fórmula con Wilson y fui senador. Después comenzó la larga noche de la dictadura. El directorio disuelto delegó en tres personas la dirección del Partido Nacional: Dardo Ortiz, Mario Heber y quien habla. Encaramos la resistencia como se podía, en medio de las mayores dificultades. Nos reuníamos donde podíamos, como podíamos y naturalmente muchas veces fuimos a dormir a las comisarías, algo que todo ciudadano debe tener por honor: el haber sido reprimido en defensa de las libertades. Restablecida la democracia fui electo nuevamente senador y así hasta el pasado 15 de febrero, en que abandoné el Palacio Legislativo por voluntad propia, en tanto ya había decidido no ser candidato.
–Algunas conclusiones de tanto tiempo tendrá.
Tengo la sensación de que pude haber servido mejor al país. No tuve quizás las mayorías necesarias, mi sector solamente tuvo una fuerte bancada en las elecciones del ’90, con 14 diputados y 3 senadores. Tengo la satisfacción de haber pasado 40 años en el Parlamento sin haber hecho un solo enemigo. Yo no tengo enemigos: adversarios políticos sí, montones; y debates políticos duros, también. Pero siempre en un ambiente de respeto: ese es el libre juego de la democracia. Tengo también el placer de poder señalar que sólo un régimen como este, permite a un hombre de la humilde condición como yo soy, hijo de trabajadores, el haber llegado a tener el inmenso honor de ser representante del pueblo, el mayor honor que puede tener un ciudadano en democracia.
–Existe una versión generalizada de dos parlamentos diferenciados profundamente: los anteriores y los posteriores a la dictadura, con franca supremacía cualitativa de los primeros. Usted vivió ambos ¿hay tal diferencia?
–Si hay alguna gran diferencia es que el Parlamento anterior a la dictadura vivió episodios dramáticos. Vivió un régimen de medidas prontas de seguridad, levantándolas un día, y amaneciendo al siguiente con la reimplantación de las medidas: una falta de respeto al Parlamento, que sólo aquel régimen autoritario podía tener. La antesala de la dictadura fue tremenda, y ver cómo se encaraba, cómo se trataba de evitar aquello fue terrible.
El episodio del desafuero de Erro fue también demoledor. Así las cosas, después de restablecida la democracia hubo un ambiente más sereno: dificultades, discusiones, enfrentamientos, pero en un ambiente mucho más sereno, que aquel en el que todos teníamos los nervios de punta.
Es que vimos venir la dictadura, y buscábamos la forma de evitarlo. Por supuesto no sabíamos que era imposible hacerlo, porque había toda una gran confabulación, con un presidente de la República que no era demócrata y que se entendía perfectamente con los golpistas. Eso en la faz histórica. En la faz humana, puedo decir que he conocido muy buenos legisladores antes y después de la dictadura. Recuerdo a Zelmar Michelini, de una oratoria brillante, con una facilidad de palabra extraordinaria y una conceptualización muy profunda. A Wilson Ferreira, seguramente de los más grandes parlamentarios que haya tenido el país. A Amílcar Vasconcellos. A Rodney Arismendi, con quien uno discrepaba pero que tenía de las convicciones más firmes que he conocido. Hugo Batalla, referente ineludible.
Y seguramente esté cometiendo injusticias, por no nombrar ahora a más. Pero debo reconocer que también he visto de los otros. Es decir, aquel que no tiene una vocación muy profunda o no tiene un concepto muy claro de la función de servicio social del desafío de ser legislador.
En síntesis, puede haber diferencias; pero el Parlamento es siempre el que está en la mira de la población: si la gente tiene un problema, ese, de repente, no está en el ámbito del Parlamento resolverlo, pero allí va la gente, porque es la manifestación más clara que tiene de la representación, el reflejo de la opinión pública.
–Más allá, existe una visión de que los temas actuales que enfoca el Parlamento son más baladíes que otrora.
–Es una visión equivocada. En esta última legislatura debimos tomar decisiones muy importantes. Piense en la creación de la figura del fideicomiso; el problema de la crisis bancaria, donde hubo que votar leyes de apuro; situaciones de gran trascendencia, como la situación de Ancap; los caminos de la política exterior. Asimismo, el ciudadano debería tener claro que una de las principales misiones del Parlamento es controlar al que tiene la fuerza, al Ejecutivo, y creo que esa misión se ha cumplido. La eficacia de un Parlamento no se mide por el número de leyes, sino por la calidad de las mismas.
–Amén de los altibajos parlamentarios, usted ha sido testigo privilegiado de otros grandes altibajos: los del Partido Nacional.
–El Partido Nacional, mientras el Frente Amplio veía dispersados sus dirigentes y militantes en el exterior, tenía buena parte de su dirigencia en el país.
Y la referencia para los blancos era la figura de Wilson: todo eso contribuyó a que con el retorno de la democracia se tuviera una buena votación, más allá de que la fórmula fuera Zumarán-Aguirre, ya que la elegida por la convención estaba proscripta. Como Wilson no podía participar, yo renuncié.
La fórmula carecía de la misma mística, más allá de que actuaron a conciencia y luego demostraron ser excelentes legisladores
–Me refiero a tiempos más actuales, cuando algunos dirigentes dicen incluso que hay ya «otro» Partido Nacional.
–Creo que quieren decir que el Partido se ha renovado generacionalmente. Esa, es la cosa distinta. En lo demás, el Partido tiene una historia muy rica. Acá, hay una trayectoria histórica que ningún blanco niega, con triunfos estelares como la elección del 58, o la presencia triunfal de Wilson arrasando con toda la vieja dirigencia y viejos conceptos encontrando un camino nuevo.
Yo creo que el Partido sigue siendo el mismo, pero recibe la savia nueva que se integra a la directiva, sustituyéndonos a nosotros los viejos que tenemos que dejar lugar.
–En ese contexto ¿cómo ve el futuro del Partido Nacional, y también el del país en general?
–Al Partido Nacional lo veo bien, en tanto ha tenido una de las votaciones más importantes de su historia, de las más significativas. De manera que lo veo bien.
A Uruguay, lo veo asistiendo a una renovación trascendente, en tanto se trata de una fuerza nueva que nunca estuvo en el poder. Y que llega al poder mediante elecciones libres, con un triunfo indiscutido e indiscutible, que todos, más allá de nuestras ideas, debemos aceptar como legítimo. Y desear, aunque no sea el gobierno de nuestro partido, que a ese gobierno le vaya muy bien, porque si le va
bien al gobierno, le va bien al país. Y lo que todo político sano debe desear, más allá de toda revancha personal o partidaria, es el bien del país: ese es el gran objetivo y hacia él hay que caminar. *
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