Baño de multitud y de responsabilidad

Ayer, el flamante presidente de los uruguayos, Tabaré Vázquez, luego de su discurso ante la Asamblea General se dio un baño de multitud como nunca antes vivió un presidente electo.

Fueron miles y miles las personas que arroparon a Vázquez con los cánticos que ya son parte de la liturgia frenteamplista. Ahora ha llegado la hora de hacer y ¡vaya si tiene para hacer Tabaré Vázquez en un Uruguay que está fracturado socialmente!

Si hoy se hiciera, entre todos los uruguayos, una encuesta sobre las ilusiones que tienen depositadas en la gestión de Vázquez, la inmensa mayoría contestaría que lo que quiere es que haya más trabajo.

Una respuesta por demás obvia, de acuerdo con la situación que se vive en este pequeño país de 176 mil kilómetros cuadrados y menos de tres millones y medio de habitantes, donde el bien más preciado es justamente poder tener un trabajo decente.

Está claro que son muchas las exigencias que debe afrontar el gobierno de Vázquez, tan amplias y grandes como el deterioro que tuvo este país a partir del año 1999, cuando a caballo de la devaluación de la moneda brasileña, el derrumbe de la economía argentina y la inacción del gobierno de Julio María Sanguinetti, comenzó también la debacle de la débil y dependiente economía uruguaya.

La crisis se profundizó en los años 2001 y 2002 con la caída de bancos, producto de malas administraciones y desfalcos varios. Se perdieron miles de puestos de trabajo, cerraron industrias enteras y el pesimismo de los uruguayos, ya de por sí una característica saliente de este pueblo, llegó a niveles históricos.

El gobierno del presidente Jorge Batlle, que había arrancado en marzo de 2000 con una gran expectativa popular, mayor que la suma de los votos que obtuvo en el balotaje de 1999, justamente contra el actual presidente Tabaré Vázquez, fue uno de los peores que recuerde la historia uruguaya. No llegó a un quiebre institucional, fogoneado por sectores vinculados al sistema financiero y denunciado inexplicablemente por el ex presidente Batlle al final de su mandato, por la acción del sistema político en su conjunto y por una oposición de izquierda que teniendo todas las posibilidades para «prender fuego a la pradera», contuvo y canalizó el descontento popular.

Un descontento popular que por cierto capitalizó la izquierda, pero que también se le puede volver en contra si no logra en los primeros meses de gobierno cambiar en algo la cascoteada vida de los uruguayos. *

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