Hora cero del difícil tránsito de los mitos a la historia

Habrá llegado entonces la hora tan esperada por generaciones y generaciones de uruguayos que hoy dan el puntapié inicial a la construcción de una sociedad justa de ciudadanos no sólo libres, sino también más iguales que antes.

Es la hora de probar las verdades y la ética de la izquierda uruguaya. Es la hora de Tabaré, un piloto de tormentas que sólo podrá llevar a buen puerto al escorado navío de la Nación uruguaya, si logra compatibilizar la cultura de la resistencia del formidable pueblo oriental con la cultura de gobierno que inevitablemente le corresponde rehacer y ponerla en marcha.

Ha probado ser un astuto político de acción con ideas y pragmatismo, superando tanto el vicio del político tradicional de acción sin ideas como el pecado intelectual de las ideas sin la acción.

Hasta ahora ha buscado más la verdad que la aprobación, la esencia más que la conformidad, el honor más que la condecoración, el servicio más que el oropel y el gobierno público más que el poder personal.

Asume hoy en andas de un pueblo esperanzado, en olor de multitudes, y sin embargo, aun sonando en los oídos colectivos las fanfarrias de la obertura, se dejan oír los pero, los quizás y las dudas en sectores refractarios al cambio o inconformes porque todo cambio les parece poco y nada les viene bien.

Desde quienes afirman que poco se puede hacer para santificar el cambio social, pasando por los que informan sobre las arcas vacías que impiden alcanzar los recursos para modificar la desigualdad en aumento, siguiendo por los que pontifican que a «este país no lo arregla nadie» se hace presente la vieja escuela uruguaya del escepticismo.

Ya están impacientes y aún no comenzó la travesía. Ignoran que la historia es de digestión lenta.

No saben aún, que el primer cambio que habrá que llevar a acabo es darle valor de esencia y no de epidermis a la organización democrática de nuestras vidas, que hoy giran sin sentido rodeadas por un mar de iniquidades que alejan de la felicidad y de una vida digna a por lo menos un tercio de nuestra población.

Si se organizan los asuntos económicos democráticamente habremos avanzado en engordar no sólo la enflaquecida democracia uruguaya sino también el averiado desarrollo económico.

Le toca ahora a Tabaré y a la izquierda uruguaya, asumir el rol del caminante. La existencia no les permite fijarse en una sola y única posibilidad del vivir o como diría Ortega y Gasset, del desvivir. Al contrario, están obligados a la dolorosa y traumática operación moral de intentar cambiar el país.

La revolución que hoy la izquierda uruguaya llevará a cabo no sepultará en nuestro país al sistema económico que hoy rige en el mundo globalizado, penetrando incluso a Naciones de definición socialista.

Ignoran que la historia es de digestión lenta

La revolución productiva de Tabaré Vázquez y del 51% de los uruguayos que la votaron, no expropiará los medios de producción sino que se basará en el desarrollismo nacional distribucionista dentro del capitalismo dependiente periférico, con las armas de la participación popular, la solidaridad social, la equidad distributiva y la honradez administrativa, jugando el Estado un rol activo al servicio de las grandes mayorías y de los sectores más postergados de la población.

Eso y nada más. Eso y nada menos.

Para ello deberá atenuar la lógica implacable de la ganancia sin cortapisas, multiplicador voraz de la pobreza; deberá limitar el divorcio entre la solidaridad y la eficencia; deberá subordinar el demopoder a la demodistribución; deberá procurar para el pueblo mayor igualdad en los beneficios y menor desigualdad en las pérdidas; deberá relativizar el desmantelamiento suicida del sector público; deberá mitigar la colonización desenfrenada del Estado por intereses particulares; deberá frenar a quienes abogan por las políticas a largo plazo mientras se dedican a las ganancias a corto plazo; deberá rescatar el vocablo decencia sancionando la insolente corrupción de no pocos; deberá ponerle un límite al monopolio del conocimiento, a la falta de democratización de la técnica y a la oligopolización de la información; deberá intentar evitar la paradoja de la desaparición del trabajo en la sociedad del trabajo; deberá no confundir la política con la economía, los ideales con las ideologías y la ética con el cálculo, y finalmente deberá trabajar para liberar a la política del desprestigio en que se encuentra esta actividad de servicio, que es la más noble del ser humano, convertida hasta hoy en un torneo de elites por prebendas y parcelas de poder usadas en beneficio personal o sectorial.

Aproximarse a estos objetivos cambiará la democracia uruguaya.

Para lograrlo habrá que elegir entre el radicalismo verbal que no conduce a nada y la acción política serena y hasta moderada -no le temamos a esa palabra- que realice cosas muy radicales, que lleguen hasta la raíz de la vida social.

El grito de los desaparecidos aun resuena en la conciencia desgarrada de la sociedad

Sin las vendettas miserables de unos contra otros pero sacándose los tapones de los oídos para escuchar el grito de los desaparecidos que aún resuenan en la conciencia desgarrada de una sociedad que exige enterrar a sus muertos y escuchar el acto de contrición de sus miserables sicarios.

El adversario histórico que se opone a este proyecto, el fundamentalismo neoliberal, aún impregna los poros de la vieja sociedad que no se resigna a morir.

Va a intentar debilitar al Estado que desde hoy pasa a ser administrado por la izquierda, como en el pasado decía debilitar al Estado administrado por la derecha, mientras lo utilizaba como aliado y lo quería fuerte para contener la protesta social ante sus desmanes.

Ante la sociedad de ciudadanos iguales que propone la izquierda se opone la idea neoliberal de que la desigualdad es buena para el crecimiento económico y que sólo el crecimiento producirá finalmente la igualdad. Ponen como ejemplo a Chile, cuando hoy ya no pueden ocultar que el 20% de los ingresos más altos recibió en la época del neoliberalismo pinochetista 18 veces más ingresos que el 20% de los ingresos más bajos. Creen en la naturalidad de los mercados cuando probado está en cuánto país se estudia el origen de éstos, que los mercados son construidos por los centros de poder político y económico. Y además saben que no se trata de eliminar el mercado. Se trata de construirlo democráticamente. Se trata de utilizar los mercados en lugar de permitir que los mercados nos utilicen. Se trata de que los mercados no sean usados para aumentar las desigualdades. Se trata de bajar la tasa de desigualdad. Porque la distribución del ingreso es una cuestión de poder social y la igualdad siempre depende de la acción democrática. Los poderosos sectores del neoliberalismo, que no está en retirada ni mucho menos, ya matrizaron en el tejido social la idea de «la insensatez del control de capitales y del control del comercio exterior».

¿Acaso ignoran que el control de capitales es el pilar de las políticas de desarrollo de países de gran crecimiento económico como Japón, Suecia, Corea del Sur, por mencionar sólo a algunos de ellos?

La crisis mexicana del 94 y la asiática del 97 se debió en gran medida a la falta de control de capitales inestables, capitales de corto plazo y de escasa transferencia neta de fondos.

Obvio es que Uruguay necesita inversiones frescas y urgentes. Pero no cualquier inversión. El «cuanto más mejor» del neoliberalismo es una panacea falsa. Los capitales especulativos y su fuga y fugacidad son un remedio peor que la enfermedad.

Dudo mu
cho que Tabaré y su solvente ministro de Economía, Danilo Astori, ignoren una política de apoyo a los capitales de largo plazo, desestimulando los capitales especulativos y cortoplacistas.

Por otra parte el gobierno del cambio tampoco deberá temerle a un cierto control del comercio exterior. Una estrategia democrática de desarrollo a favor de la industria nacional no puede ser ajena al gobierno progresista.

En el fondo, las tesis neoliberales esconden en los pliegues de su retórica el apoyo indisimulado al privilegio y a la desigualdad.

Sólo la acción democrática será capaz o no de limitar y debilitar las formas de privilegio y poder tradicionales que operan tanto a través del mercado como del sistema político hoy derrotado.

«El mejor gobierno es el que menos gobierna»

Con Tabaré y la izquierda en el gobierno, estos sectores ya están desenterrando la vieja tesis neoliberal que habían escondido por conveniencia durante los últimos 20 años de gobiernos conservadores afirmando que «el mejor gobierno es el que menos gobierna».

No conformes con el uruguaycidio que perpetraron se oponen a las políticas sociales, a los subsidios, a los impuestos progresivos, a la protección sindical y a los programa de bienestar social, salud, educación entre otros. Hasta la educación, «el pan del alma» es saboteado por estos depredadores de la materia y del espíritu.

Afirman sin rubor que las políticas redistributivas perjudican a los pobres debido a sus efectos en la reducción del crecimiento.

Los pobres no ahorran y los ricos sí y la tasa de ahorro es la que determina la tasa de crecimiento; más ingresos a los pobres que consumen y no ahorran va contra el desarrollo económico.

Tal la tesis demencial de estos terroristas de la economía, que con su criterio de máxima desigualdad, máximo desarrollo, habría que concentrar toda la riqueza del mundo en una sola persona para lograr el máximo desarrollo, que a su vez eliminaría la desigualdad, tal como han ironizado connotados economistas.

Explicar, persuadir, internalizar en la conciencia popular, la injusticia de estas ideas que vienen siendo aplicadas en nuestro cuerpo social desde el régimen de facto, sin detenerse con la recuperación democrática, es una de las grandes tareas del gobierno progresista.

Y no será fácil. Pero es condición necesaria, aunque no suficiente. La suficiente es cuando la sociedad civil rodee al gobierno progresista y oponga la fuerza cívica ciudadana a las ideas de la dominación, hoy heridas, pero no moribundas.

Faltan 1.700 días para que el pueblo uruguayo sea nuevamente convocado a las urnas para aprobar o rechazar las realizaciones ejecutadas por las fuerzas del cambio.

No hay tiempo que perder.

Estas serán logradas si se produce la alianza de las organizaciones políticas progresistas con las organizaciones de la sociedad civil para incidir decisivamente en la acción estatal, formando parte del funcionamiento democrático.

El tren que lleva a la estación Democracia debe ubicar primero al furgón de la sociedad civil, demandante y tesonera, clave del éxito de la revolución productiva con equidad. Porque la democracia es de quien la trabaja. Y hoy la contradicción principal pasa por neoliberalismo o democracia.

El conflicto está planteado. No simulemos que no existe. De lo que se trata es de resolverlo a favor del pueblo uruguayo, ignorado en sus derechos sociales durante décadas y décadas.

La crítica como cirugía de la historia es la mejor cura de todos los males que acechan a la nueva sociedad

En lo que a nosotros respecta, el diario LA REPUBLICA, 1410 AM LIBRE y TV LIBRE, nos ubicamos en la vereda de la sociedad civil. Apoyaremos con todas nuestras fuerzas el proceso de cambio prometido con realismo político, asumiendo la defensa de la sociedad civil, como el tábano que mantiene despierto al noble bruto, sin poner palos mezquinos en la rueda, sin zancadillas, pero sin callar lo que no debe ser callado.

Nuestras palabras no serán elegantes, pero sí serán sinceras y honestas. Las palabras elegantes en general no son sinceras y las sinceras no son elegantes, pero sí son de nuestra preferencia.

Mucho peleamos durante 45 años de periodismo comprometido para que este día llegara. Ahora que llegó no permitiremos que se frustre. El pueblo cuenta con un dirigente excepcional. El mismo dirigente que pidió, que rogó a su pueblo, que no lo dejara sólo en la histórica tarea y que le señalaran tanto la conformidad como la inconformidad, esta última aún más necesaria para no detenerse en el camino.

La crítica como cirugía de la historia, cuando con honestidad se desarrolla, es la mejor cura de todos los males que acechan a la nueva sociedad a punto de alumbrar, cuyos dolores de parto son una mezcla de dolor y felicidad compartida.

Creemos en todo esto, que nos llevó la mayor parte de nuestra vida. Y como dijimos hace 5 años, la historia nos ha enseñado que en última instancia, gobernar es hacer creer.

El pueblo uruguayo eligió a Tabaré para poder volver a creer.

Yo también creo. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje