El ex embajador Ferreira argumentó que se trató de un acto "ilegal e inconstitucional"

Silverstein fue condecorado con un galardón que no existe en el Uruguay

El pasado 2 de diciembre, el presidente Jorge Batlle condecoró al embajador de Estados Unidos, Martin J. Silverstein, con la «Medalla de la República Oriental del Uruguay». Cinco días después, Batlle hizo lo propio con sus connacionales Terrence J. Checki (vicepresidente Ejecutivo y Titular del grupo de asuntos internacionales y mercados emergentes de la Reserva Federal de Nueva York) y William J. McDonough (presidente y jefe ejecutivo de la Compañía Pública). En todos los casos, el gobierno justificó que las distinciones conferidas significaban un reconocimiento del Uruguay al papel jugado por estas personas durante la crisis de 2002.

Ferreira, actual director del Banco de Seguros del Estado, afirmó que Uruguay «es claro que no tiene condecoración: si no tiene condecoración, no se puede condecorar, y si se condecora, se hace sin ningún sustento legal».

Además, recordó que el artículo 85 de la Constitución, numeral 13 establece que «solo compete al Poder Legislativo conceder honores públicos a figuras extranjeras». «Es decir, que no solo no hay una ley, sino que no podría haberla porque sería inconstitucional; el Poder Ejecutivo no puede hacerlo por decreto porque hubiera necesitado una ley en cada caso», agregó.

Por otro lado, dijo que «en Uruguay no hay con qué condecorar porque nuestro país no tiene condecoración». Recordó que esta circunstancia no significa «ni una omisión u olvido, sino por decisión expresa a lo largo de toda su tradición, que a diferencia de otros países prohíbe y evita toda distinción honorífica. Esto forma parte de una visión de austeridad y de sencillez republicana que hacen a la identidad nacional».

Ferreira señaló además que en el «único momento histórico que hubo condecoración en el país fue durante la dictadura» lo cual generó, dijo, «el rechazo total de la sociedad». Al respecto, dijo que Mario Benedetti «escribió una poesía memorable que se llamaba ‘Si estaremos curados de espanto y sin embargo’ que hacía referencia a cómo la dictadura había violado la tradición nacional al otorgar condecoraciones». Recordó que estas distinciones fueron para «la poetisa Juana de Ibarbourou, quien la devolvió después de recibir una carta de Wilson desde el exilio, episodio que la dictadura siempre se encargó de ocultar» y «otra para Augusto Pinochet».

A la salida de la dictadura, el Parlamento democrático derogó esa distinción. «En 1992, hubo un intento del Poder Ejecutivo de crear una condecoración llamada Medalla de la República que fue rechazada por el Parlamento y fue sustituida por una ley que establecía una medalla de tipo recordatorio, equivalente a la entrega de las llaves de la ciudad por la autoridad municipal. A pesar de que no era una condecoración fui el único voto en contra en la Cámara de Diputados. El miembro informante, mi viejo compañero de exilio y futuro ministro del Interior, José Díaz, se encargó de aclarar que informaba a favor en el entendido de que se trataba de obsequio, un recuerdo, pero en ningún caso una condecoración. En ese entendido lo aprobó la Cámara de Diputados y el 18 de agosto de 1992, el Senado lo aprobó por una mayoría muy pequeña y dividido en dos grupos: los que entendían que esto se podía interpretar como una condecoración y votaron en contra, y los que decían que claramente no había manera que se creyera que era una medalla y votaron a favor».

En las actas de la sesión, varios legisladores dejaron constancia que no se votaba la creación de una condecoración. «Por tanto, no entiendo qué es lo que le dieron a Silverstein. ¡Cómo lo pueden condecorar si no hay condecoración!», agregó.

«Como lo dijo el doctor Carlos Cassina, instaurar una condecoración en el país implicaría la violación y la modificación de una de las tradiciones más arraigadas en nuestro país, acerca de no otorgar condecoraciones a personalidades extranjeras», agregó Ferreira.

También opinó que «sería buena cosa» que el Parlamento tomara cartas en el asunto y votara alguna norma interpretativa.

Por otro lado, dijo que un país que «no condecoró a personalidades mundiales de la talla del general De Gaulle por mantenerse fiel a su tradición; yo digo, entre De Gaulle y el embajador Silverstein hay un camino muy largo que recorrer. Además, es desagradable ante los extranjeros, son sorprendidos en su buena fe, porque se les da un galardón que no existe». *

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